... En contra de otras voces críticas tengo la opinión de que la adaptación al sistema de Bolonia ofrece una excelente oportunidad, al menos para replantear la formación de los graduados y hacerla más acorde con la realidad laboral y económica del país...
Jueves, 12-03-09
A nadie se le oculta que la Universidad española, con las lógicas diferencias entre instituciones, es un bien manifiestamente mejorable. No puede negarse su papel decisivo en la democratización de la sociedad y en la formación de profesionales que el país necesita. Pero no debemos levitar en la contemplación inane de esas bondades olvidando las insuficiencias que limitan su capacidad.
El cambio me parece necesario y en contra de otras voces críticas tengo la opinión de que la adaptación al sistema de Bolonia ofrece una excelente oportunidad, al menos para replantear la formación de los graduados y hacerla más acorde con la realidad laboral y económica del país.
Precisamente a este punto me quiero referir aquí mediante la reflexión sobre dos interrogantes decisivos: ¿Qué elementos introduce Bolonia para modernizar y mejorar la calidad de nuestras Universidades? Y ¿Qué obstáculos se oponen al logro de esos objetivos?
Permítanme desgranarlos a través de un sexteto de posibilidades y un estrambote final.
La primera posibilidad es la de establecer nuevos productos educativos derivados de los existentes, o completamente nuevos que, en cualquier caso, permitan una mejor adecuación de las titulaciones a las necesidades del mercado y de una sociedad basada en el conocimiento. La sustitución de un catálogo rígido de títulos por un registro abierto y dinámico permitirá una mayor oferta de productos diferenciados. Ahora bien, la oportunidad del cambio en los currícula puede verse entorpecida por los intereses corporativos de una parte del profesorado o sus representantes o por los afanes controlistas de los colegios profesionales. He dicho en otra ocasión que los Departamentos Universitarios no pueden pretender incorporar a los planes de estudio todo lo que saben sus profesores y prescindir de todo lo que ignoran. Las nuevas titulaciones corren un serio peligro de fracaso si los departamentos, las Juntas de Facultados o Escuelas o las Conferencias que reúnen a sus decanos y directores, pretenden hipertrofiar un diseño que va a exigir sacrificios y renuncias ante una duración de los estudios más reducida que los anteriores (cuatro años para la mayoría de los títulos). La necesidad de incorporar nuevas y menos materias constituye, en algunos casos, un motivo de descalificación de Bolonia anclado en el convencimiento de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Y un peligro similar se deriva de la actitud de algunos colegios profesionales que tratan de encorsetar estructuras y contenidos mermando, corporativamente, la flexibilidad que ofrece Bolonia.
La segunda es la oportunidad de incorporar a las titulaciones algo más que contenidos. Es fundamental ofrecer materias relevantes y actualizadas, pero no lo es menos ofrecer destrezas, herramientas, valores, capacidades que van a completar la formación de los estudiantes y favorecer su empleabilidad. Así lo hacen las grandes universidades internacionales donde todos los grados, además de sus propios contenidos, tienen módulos de gestión, de humanidades, deontología profesional, sin olvidar la apuesta por la enseñanza de «skills» básicas como los idiomas y las nuevas tecnologías. Y no podemos olvidar que es esencial ofrecer a los alumnos los utensilios que les permitan afrontar dos de las grandes apuestas del moderno ciclo formativo: la innovación y el emprendedurismo . El desafío aquí es la propia formación de una parte del profesorado que nunca ha enseñado esas cosas ni tiene intención de hacerlo.
La tercera oportunidad es un cambio en los métodos de enseñanza. La lección magistral del «Nos, la Cátedra» es el único método conocido y juzgado solvente por muchos profesores. Pero Bolonia lleva ese procedimiento al baúl de los recuerdos. La introducción de un nuevo sistema de créditos (ECTS) diversifica las formas de enseñar y las de aprender a través de una dosificada combinación en la que se entremezclan nuevas maneras de «dar las clases», más interactivas , la intensificación de los procedimiento para seguir la trayectoria y el rendimientos escolar (tutorías, seminarios, prácticas internas o externas) y el propio trabajo del alumno que debe «aprender a aprender». Y una vez más la costumbre y a veces la fe ciega en determinadas formas de transmitir el conocimiento puede lastrar la introducción de métodos cuya eficacia no admite contestación.
La cuarta oportunidad es la decidida apuesta de Bolonia y su marco de aplicación, el Espacio Europeo de Educación Superior, por la movilidad, la de estudiantes y profesores. Para los primeros ,el Programa Erasmus-Sócrates ya venía enmascarando esta posibilidad que ahora se sitúa en el frontispicio de los intereses bolonios. Pero la movilidad de nuestros estudiantes admite mayores cotas de participación y además es corta en el tiempo y la distancia. Quizás porque es cara y debería de estar financiada mejor.
La quinta conveniencia se basa en el confesado empeño por internacionalizar más las Universidades. La internacionalización se nutre no sólo de esa beneficiosa movilidad de docentes y discentes, sino de acuerdos básicos entre Instituciones educativas de países y continentes diferentes para el establecimiento de estudios compartidos o programas de investigación conjuntos. La internacionalización debe desbordar las propias fronteras de Bolonia si queremos que tenga el alcance conveniente en un mundo cada vez más global. Por ello y para que una de sus posibilidades más claras, la venida de estudiantes de otros continentes a nuestras Universidades pueda ser factible, es preciso favorecer los caminos para esa llegada, al menos de dos formas: flexibilizando los sistemas de acceso y modificando la cicatera política de visados para estudiantes extranjeros. No sería justo si no reconociéramos proyectos oficiales en esa dirección, pero es necesario acelerar los trámites.
La sexta oportunidad enlaza con el mayor énfasis en la formación práctica de los estudiantes, lo cual tendrá que favorecer una positiva intensificación de las relaciones Universidad-Empresa.
Aquí reside uno de los motivos de la contestación de los grupos de estudiantes anti-Bolonia que no me parece que tengan razón. Sí la tienen cuando manifiestan que han participado poco en el proceso . Pero carecen de ella cuando descalifican el modelo con argumentos antiempresariales y censuran una presunta mercantilización de la Universidad que no se ha producido en ningún país bolonio . Muchos defendemos una mayor sintonía entre Universidades y Empresas porque son múltiples las ayudas que ésta puede prestar a instituciones siempre menesterosas de financiación.
Y permítanme, tras el soneto, el estrambote final. Se nutre de versos que proclaman la bondad de Bolonia para ayudar a la transformación que la Universidad española necesita. Es un buen instrumento, pero para ello es preciso corregir la falta de marketing de tres ministerios que no han sido capaces de vender bien el producto; aliviar el desencanto de unas Universidades ante la puesta en marcha de un proyecto sin los recursos económicos suficientes; y alterar la reducida implicación de un profesorado que no juzga el cambio como fundamental. Démosles a los estudiantes la participación que deben tener, pero recupere el Ministerio la suya y sobre todo facilítese a las Universidades y sus profesores que ejerzan el liderazgo imprescindible para que el proyecto llegue a buen fin. Con Bolonia ganamos todos.

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