El poeta creía que Franco era inmortal. Ya llevaba 30 años en el poder y nada hacía pensar que pudiera perderlo.
Alberti entró en El Puerto en 1969
La derrota de la República obligó a Rafael Alberti a exiliarse, primero, en Argentina y luego, en Roma, adonde llegó en 1963 para estar más cerca de España. La nostalgia inmensa por la patria perdida y la herida siempre abierta por la distancia impregnaron la poesía que escribió durante aquellos interminables años americanos, muy especialmente en los poemarios «Retornos de lo vivo lejano», «Oda marítima» y «Baladas y canciones del Paraná».
El poeta había jurado no regresar a España mientras Franco viviera y así lo creían todos los que acudieron al aeropuerto de Barajas el 27 de abril de 1977, apenas unas semanas después de que Suárez legalizara al PCE. Sin embargo, muchos años después, a principios de los años 90, Luis María Anson, por entonces director de ABC, acabaría con esa certeza. Fue durante una cena que ofreció en esta Casa a Octavio Paz y a la que asistíamos, si mal no recuerdo, Luis Rosales, Santiago Castelo y yo mismo, entre otros comensales.
A los postres, Anson -gran amigo de Alberti, a quien profesaba una admiración poética sin límites- contó que a finales de los años 60 el poeta empezó a pensar que Franco era de verdad inmortal, que nada ni nadie lograría apartarle del poder y que él ya nunca vería su amadísimo Puerto de Santa María, allí donde nació. Por alguna razón sentía que iba a morirse, y se comunicó con el poeta liberal José María Pemán, que fuera presidente del Consejo Privado del Conde de Barcelona y además, una figura bien situada en el Régimen, para pedirle que le ayudara a entrar en España secretamente durante algunos pocos días.
Pemán accedió y recurrió a Camilo Alonso Vega, a la sazón ministro de la Gobernación y gran amigo suyo, no en vano se había ofrecido como padrino del poeta cuando éste retó a Miguel Primo de Rivera a duelo. No hubo contratiempos: Alonso Vega consintió y Alberti pudo visitar El Puerto de Santa María aquel año de 1969, en el que el mismísimo Franco dejó de creerse inmortal y por fin designó a su sucesor.
Después de la cena, Santiago Castelo -una de las personas más cercanas a Pemán durante los últimos años de su vida- me aseguró que ese viaje secreto era cierto. Alberti y Pemán se tenían un gran afecto que iba de lo poético a lo humano, como así lo muestra el poema que el segundo le dedicó al primero cuando leyó aquellos tres libros publicados en 1952 y 1953, entre los que se cuenta la «Balada para los poetas andaluces de hoy» que años más tarde musicaría Aguaviva.
Santiago Castelo, al recordarle estos días aquella cena, me lo recitó por teléfono, Además de referirse literalmente a unos versos de esa balada, Pemán le decía a Alberti, lanzándole unas chuflillas: Dí que sí / que aquí no tenemos amo, / Rafael, que te guardamos / tu sitio / a ti / para tí. ¡Di que sí!
Y más adelante: ¡Que he leído un verso tuyo... / qué dolor! Aquel del toque de ánimas, / en que te viene a los labios, / sin querer esa palabra... / «Señor, quisiera ser campo, / Señor quisiera ser río». / ¡Todavía esa palabra / «aprendida desde niño» / «Señor»... «Señor»... Todavía / esa palabra que es eso: otro son de la bahía. / ¡Con Cádiz y esa palabra te salvarías!
En fin, hace una semana llamé a José Luis Pellicena, quien mantuvo, junto con su mujer, Olga Moliterno, una gran intimidad con Rafael Alberti y María Teresa León en Roma. A él, esa historia no le constaba, y me recordó que Alberti había jurado no volver a España. En cualquier caso, Pellicena prometió indagar con la viuda de Rafael y con otros amigos. Y el viernes, me llamó:
- Es verdad, En 1969 Rafael estuvo en El Puerto de Santa María dos días y medio.

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