El enigma de Riada
FOTO: LUIS DE VEGA
Domingo, 01-03-09
Riada Aahbidague cantó con sus cuatro hijas en una habitación antes de irse a dormir. Sobre la media noche sonó su teléfono móvil. Era la señal de que todo estaba listo y debía partir. Tres horas después despertó a Mhaijiba, su hija mayor, de 18 años. Fue la única de la que se despidió, la única que sabía todo y la que relata a ABC los entresijos del viaje de su madre.
Rompía en la ciudad de Guelmín, cerca del Atlántico, la madrugada del 13 de febrero. Ni siquiera Jama, el padre de familia, sabía nada. «Cuida de tus hermanas», le dijo Riada antes de darle un beso y salir de casa para embarcarse en la patera. Le esperaba el sueño español, tan accesible y tan lejano.
Han pasado dos semanas desde aquella despedida furtiva y un corrillo de mujeres se arremolina en la parte trasera de la ambulancia a cuyo paso se han ido cuadrando los policías en los cruces de Guelmín. En el interior un féretro de conglomerado con una nota en el lateral: «Repatriación de cadáver. Riada Aahbidague». Mhaijiba llora y se abraza al cajón junto a sus hermanas. Al lado Jama, el marido, un témpano que no pierde la calma.
Su esposa es uno de los 25 emigrantes clandestinos que murieron el pasado 15 de febrero cuando ya besaban la costa de Teguise (Lanzarote). La patera en la que la que viajaban 32 personas, casi todos niños, volcó y sólo seis personas se salvaron y uno sigue desaparecido. Huían de una región sin perspectivas de futuro empujados por las mafias y la fantasía de una vida fácil en la orilla española.
Pero Riada, de 37 años, no cumplía el perfil habitual del emigrante clandestino. Los Khanfor aparentan ser una familia estable. Un marido enfermero, cuatro hijas que hablan varios idiomas, una casa en propiedad sin lujos pero desahogada y «hasta tuvimos un coche que hemos vendido», explica Jama, de 48 años. «No se fue para hacerse rica. Estábamos contentos con esto».
Entonces ¿por qué decidió marcharse? «Era su voluntad. Quería ir a Europa a cualquier precio», explica Mhaijiba, descartando cualquier tipo de problema familiar y recordando que dos hermanas de su madre, Karima y Nayma, viven en España. La primera de ellas, además, llegó a Canarias en patera hace una década. «Mi madre había intentado visitar a mis tías, pero en el consulado español de Agadir le negaban el visado», añade mientras muestra el pasaporte con sus páginas vírgenes.
La mujer se deshizo de varios objetos de casa para poder reunir los 6.000 ó 7.000 dirhams (540 ó 630 euros) que la familia calcula que le pudo costar el pasaje. «Vendió mi ordenador, un armario, dos colchones y algunas bicicletas», detalla la hija mayor. «Si tuviera delante a los que han organizado el viaje les retorcería el cuello hasta la muerte», afirma Jama. «Es catastrófico esto que han hecho, una barca cargada de menores sin chalecos salvavidas...».
Imposible repatriación
Y eso mismo piensa Jadiya Zaaboun, madre del joven Ali, que en la foto no aparenta sus 15 años, al que han enterrado en Lanzarote. «Somos pobres y no tengo dinero para hacer regresar su cadáver. Queremos enterrar aquí a nuestros muertos», suplica entre lágrimas. «Nosotros no queremos enviar a nuestros hijos a la muerte, pero les lavan el cerebro. Las autoridades lo saben porque son muchos y conocidos».
Para completar el macabro puzzle de las identificaciones los familiares desfilan ante las fotos de los cadáveres enviadas desde Canarias a la Gendarmería de Guelmín, que ya ha abierto una investigación. Los nombres de algunos de los organizadores del viaje circulan por la ciudad y los agentes reconocen estar investigando algunas llamadas desde móviles. El silencio que rodea los dramas de la emigración se ha tornado esta vez en denuncias de los familiares, a las que no están acostumbradas las autoridades. Algo se mueve en Guelmín tras el naufragio de Lanzarote.

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