El rentable narcotráfico entre Marruecos y Europa no beneficia a los miles de campesinos que producen la droga en el Rif, una región olvidada donde el cannabis sigue sin tener alternativas reales
Una potente industria local. Cientos de plantas de cannabis (foto 1) recogidas el pasado verano se secan en un granero de Ketama (Marruecos) para elaborar hachís. Una vez secas, las plantas se pelan (foto 2) para ser apaleadas (foto 3) sobre un bastidor y lograr que el polen se filtre (foto 4) a una palangana. Son necesarios unos cien kilos de plantas de cannabis para obtener un kilo de este polen (foto 5)
Actualizado Domingo, 15-02-09 a las 12:08
Los policías marroquíes destinados a custodiar el exterior de una embajada europea en Rabat cultivaban una afición secreta. Hasta el día que los pillaron. No eran tomateras sino cannabis las matas verdes que crecían en los macetones de hormigón colocados sobre el asfalto para impedir atentados terroristas con coche bomba. Llamaron la atención de uno de los agentes que prestaba servicio en la legación diplomática y desde arriba ordenaron su eliminación inmediata.
Este suceso reciente, inimaginable en otros países pero que no causó altercado diplomático alguno, explica la relación especial que, desde hace cientos de años, mantienen los marroquíes con la planta de la que se extrae el kif y el hachís. El cultivo es ilegal pero tolerado por las autoridades especialmente en las denominadas zonas históricas como Ketama, en la cordillera del Rif, donde los principales ingresos de la población provienen del cannabis, estrella del campo desde el siglo XV.
Ni siquiera las autoridades españolas se preocuparon de prohibir este cultivo durante el protectorado y Mohamed V, el sultán que se convirtió en primer Rey tras la independencia del país en 1956, emitió un «dahir» (decreto) favorable para algunos pueblos al que se siguen aferrando los campesinos de Ketama, pues aseguran que ni Hasán II ni Mohamed VI lo han revocado.
Pero independientemente de las triquiñuelas legales e históricas que algunos quieran aprovechar, Marruecos no sería hoy en día el primer productor y exportador mundial de hachís —la resina que se obtiene del cannabis— sin la demanda del mercado europeo, que ha aupado a la vecina España como primer país del planeta en incautaciones con un total del 45 por ciento, según los últimos datos de la ONU.
Hace casi un lustro que Mohamed VI puso en marcha un plan para eliminar las plantaciones. Las 134.000 hectáreas censadas por la Organización de Naciones Unidas para las Drogas y el Crimen (ONUDC) en 2003 se han ido reduciendo hasta las 60.000 de 2008, según datos del Ministerio del Interior. La destrucción se ha centrado casi en exclusiva en provincias que, como Larache o Taunate, acogieron el cannabis a partir de los años setenta y ochenta al olor de las crecientes exportaciones de hachís a Europa.
Pero mientras unos destruyen, otros se suben al carro del negocio. De los cien detenidos en la operación contra el tráfico internacional desplegada en las últimas semanas, setenta son agentes de la Gendarmería, la Marina y las Fuerzas Auxiliares. El Gobierno trata de ganar credibilidad informando de la mayor redada de este tipo llevada jamás a cabo.
Mientras tanto, la columna vertebral del Rif sigue siendo territorio vedado para ese plan de eliminación. Las autoridades reconocen, sin querer ser citadas directamente, que sin alternativa real sería temerario poner fin a este cultivo ancestral en una tierra de bereberes tradicionalmente arisca con el poder central árabe. Así es como lo ilegal se vuelve apto a ojos de todos por motivos económicos, sociales, culturales e históricos.
Sorprende sin embargo que la millonaria onda expansiva del hachís no salpique el norte de Marruecos de riqueza y progreso. Muy al contrario, la pobreza, el subdesarrollo y la falta de infraestructuras campan a sus anchas en una región cuyo epicentro es Ketama. Basta comprobarlo recorriendo la columna vertebral rifeña por la carretera que lleva de Chauen hacia Alhucemas.
En el café Laanasser un joven detecta de inmediato al guiri que firma este reportaje y acude a ofrecerle mercancía. Dicen que el dueño del establecimiento purga cárcel por trafico de hachís, pero recomiendan no preguntar por ello y seguir la ruta.
Casas y casuchas
Unas pocas casas llaman la atención desde las laderas por nuevas, grandes, recargadas y aparentemente bien construidas. «Puedes imaginarte de quién son», explica L, un vecino de Chauen que acompaña al reportero como intérprete. Destacan en medio de «duares» (aldeas) con casuchas de tejado de hojalata ondulada. Incluso en poblaciones importantes como Bab Berret el asfalto desaparece convirtiendo la travesía en un auténtico fangal que camufla de manera peligrosa los socavones.
El firme mejora más adelante pero la nieve se multiplica según se asciende hacia Issaguen, donde el peso de los copos acumulados ha convertido la estructura de la gasolinera en un amasijo de hierros sobre los surtidores. La transición a la vecina Ketama no tiene precio. El caos de las bocinas de taxis, camiones y autobuses compite con los vendedores del zoco, cuyos tenderetes se asientan sobre nieve que alguna vez debió de ser blanca. La cobertura del teléfono móvil se esfuma.
«Los proyectos del Estado nos tienen olvidados», se queja Redouane El Azzouzi, un joven de 31 años que ocupa la vicepresidencia municipal. «Todo es por el hachís. Se creen que somos ricos, pero esto no es vivir en el siglo XXI. Ni carreteras, ni agua potable, hay cortes constantes de luz...». La retahíla sigue sin que el reportero tenga que preguntar. «Y además otro problema: los gendarmes y los responsables de Aguas y Bosques. Van contra los cultivadores. Les piden dinero y si no obtienen nada los envían a la cárcel. Ketama es una gran prisión».
En el café donde una familia local da cita al periodista los viejos fuman kif en pipa y los jóvenes lían generosos canutos que embriagan el ambiente. Aterriza media docena de extranjeros con mochilas, sacos de dormir y una enorme sonrisa colectiva. Son los únicos turistas. No se ven mujeres por las calles. Ni agentes de uniforme, a diferencia de otras poblaciones. Impera el modelo de hombre ocioso «prisa mata», salvo los que suben y bajan de los vehículos que atraviesan la carretera principal.
El viejo Mercedes en el que nos trasladan asciende por una pista de barro sin apenas echar de menos la tracción 4x4. Hay más de medio metro de nieve que va dando forma de puzzle blanco a las parcelas que, hasta avanzado el verano, acogieron las plantas de cannabis y que ahora se secan en dos graneros que nuestros anfitriones muestran abriéndose camino con palas. Son tres familias cuya subsistencia depende de los aproximadamente diez kilos de hachís que producen al año. Para cada kilo hacen falta cien kilos de plantas.
Sostener la economía
Pero el grueso del dinero acaba en manos de los traficantes, que son los que comercializan el hachís de estos productores. «Este es el caso de Marruecos, donde muy pocos cultivadores de cannabis tienen los recursos y las conexiones necesarias» para traficar, según el especialista Pierre-Arnaud Chouvy, responsable de la página web geopium.org. «La importancia de la economía del contrabando y la emigración ilegal demuestran que el tráfico de hachís, aunque vital para la región, se encuentra lejos de ser suficiente para sostener la economía».
«A nosotros nos da para sobrevivir. Nada más», asegura Hasán, de 56 años, en el interior de una de las casas a la luz de un camping gas. «De ricos nada, aquí hay mucho pobre. Dígalo. Hay que pagar la mano de obra de las 45 personas que trabajan las fincas. Cobran ocho euros diarios y hay que darles alojamiento y comida», añade.
Explica además que «la vida en Ketama es cara» y la ausencia de otros cultivos eleva el precio de las patatas hasta los siete dirhams (unos 65 céntimos de euro) el kilo y el de las cebollas a seis dirhams (algo más de medio euro). «Si cultiváramos trigo o patatas no viviríamos».
Varias de las personas que rodean al periodista fuman porros y explican que «ahora todos se quieren aprovechar del “dahir” de Mohamed V para cultivar en todas las regiones de Marruecos, pero sólo aquí llevamos seis siglos haciéndolo y no lograrán eliminarlo». Khalid, entrando en la veintena, se ríe ante la pregunta de qué hace un joven en Ketama. «Nací en el kif y vivo en el Kif», responde con el español que ha aprendido tratando de vender bellotas de hachís a los turistas al pie de la carretera.
A diferencia de países como Colombia, la droga no ha degenerado en Marruecos en conflicto armado, pero el equilibrio es delicado. «Rechazamos la criminalización de los pequeños productores (...). La sustitución de los cultivos sólo puede realizarse como consecuencia de los resultados obtenidos en materia de desarrollo rural y previa consulta con los productores», afirma en su declaración política el primer Foro Mundial de Productores de Cultivos Declarados Ilícitos que se celebró en Barcelona en enero. La alternativa debe venir acompañada del «acceso a la salud, la educación, el transporte, las comunicaciones (...) y la seguridad alimentaria».
En Ketama esas exigencias son para muchos un sueño a principios del siglo XXI. Afirman que el turismo florecía, aunque parece que tras la oleada de hippis de los sesenta y setenta todo se paró y ahora los extranjeros acuden a Chauen, con más infraestructuras y más accesible desde Europa. Quizás por eso su entorno fue elegido para poner en marcha en 2006 el proyecto de la asociación Chauen Rural, que cuenta con financiación española. Funcionan una decena de cooperativas que comercializan productos autóctonos y artesanía y varias casas de productores de hachís se han reconvertido en modestos hoteles rurales. «La idea es desarrollar el turismo como alternativa al cannabis, aunque estamos lejos de eliminarlo», explica Fatima Habte, una de las responsables técnicas.
El sombrío panorama no resta sin embargo optimismo al profesor Mohamed Hmamouchi, director del Instituto Nacional de Plantas Medicinales y Aromáticas con sede en la vecina provincia de Taunate y dependiente del Ministerio de Educación. «Mi mensaje es claro: tenemos que sentarnos en la misma mesa y desplegar una estrategia global todos, incluidos como principales consumidores los europeos, especialmente los españoles».
Azafrán, hierbaluisa...
Su apuesta son las 800 especies de plantas usadas tradicionalmente en Marruecos, pero de todas las que muestra no hay rastro del cannabis. «Es una planta ilegal y no podemos experimentar con ella». Es, además, «perjudicial para la salud y destruye muchas familias». Su propuesta es enseñar a los cultivadores a sacar provecho de «especies de crecimiento rápido con valor añadido». Cita el azafrán, la hierbaluisa, la lavanda o las rosas para elaborar jabones, aceites u otros productos cosméticos que pueden llegar a costar «miles de dirhams». «Eso es posible en Ketama», apostilla Hmamouchi.
Pero ese plan desplegado en el amplio y luminoso despacho con vistas al Rif parece utópico sobre el terreno. La ONUDC ha llegado a reconocer que los beneficios del hachís superan hasta en 16 veces los de los cereales. «Las autoridades saben lo que hay aquí. Y saben que no hay otra cosa». «Si los gendarmes pasan por la carretera no dicen nada. Pero tenemos el problema de la corrupción pues los agentes a veces piden dinero a los cultivadores y los detienen si no les pagan», afirma Hasán, el experimentado cultivador que nos abre su casa. Su argumento coincide con el de El Azzouzi, el joven vicepresidente de la municipalidad de Ketama. «Esto es una enorme cárcel donde todos vivimos en libertan condicional», asegura Hasán sin apartarse el porro de la boca.

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