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«La teta asustada», cine español con acento quechua en la competición
REUTERS Renée Zellweger, ayer, en la alfombra roja de la Berlinale
Viernes, 13-02-09
Hay más verdad, sentimiento, poesía y generosidad en un solitario minuto de Magaly Solier cantándole en quechua al plano de su película y al público de la rueda de prensa que en los ciento veinticinco (por no hablar de los miles anteriores) de «I skoni tou chronou», del griego Angelopoulos, que se pasaba ayer en la sección oficial.
Magaly Solier es la protagonista de la única película española -y peruana- en el festival, «La teta asustada», dirigida por Claudia Llosa con una sencillez sobrecogedora, y que revela la personalidad del personaje de Fausta, una joven con la enfermedad de «la teta asustada», que es la que se transmite por la leche materna de las mujeres que fueron violadas... Ficción, cuento y realidad se trenzan en esta delicada historia que habla de las raíces, de los miedos y de los escudos y la luz para vencerlos.
No deberían verse casi juntas dos películas tan remotas entre sí, pues al lado de la sencillez, compasión y profundidad de «La teta asustada», aún quedaba más expuesta la pedantería, la frialdad y la vacuidad de «El polvo del tiempo», que así podría traducirse la película del griego Theo Angelopoulos, en la que Willem Dafoe no sabe si viene o si va, y en la que como es natural alucina al ver que su madre es Irene Jacob con su piel tersa, la cual, por cierto, se cree su personaje tanto como Michel Piccoli, el marido. En fin, la ensalada de tipos y actores es tan sólo el acompañamiento del solomillo del cine de este hombre, o sea, las frases visuales de Angelopoulos, que siempre tienen más eco que voz, y más presunta ideología que ideas...
Argumento pedestre
El argumento es, tras el cortinaje, completamente pedestre y se apoya en varias líneas temporales y unidas, a la muerte de Stalin y al final del siglo XX, y con el recurso nunca visto de película dentro de la película que se licúan entre ellas, y con la idea de los serafines, o ángeles más cercanos a Dios y con tres alas, sobrevolando a Willen Dafoe mientras alucina... Y ya sólo faltaba Renée Zellweger, esa actriz de arcadita de bilis que llegaba con una película a competición, «My one and only», de Richard Loncraine. Afortunadamente, la película era una aceituna sin hueso y se la tragaba uno de un golpe, y con Renée, en fin, en todos los planos con su catálogo de mohínes, aunque con alguna que otra línea de diálogo divertida. La historia es la de una madre a la caza de marido de costa a costa de los Estados Unidos, acompañada de sus dos hijos, unos maromazos que están de ella completamente hasta la coronilla. Bien, tras aceptar que todo es bastante simplón, se le ven las ganas a Loncraine de halagar al público con guiños del tipo «El guardián entre el centeno», el viejo Hollywood, Shakespeare y la estética cadillac.

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