... Cuenta Santayana: en un capitulito titulado «la confusión de lenguas» que entre 1835 y 1845 su madre hablaba castellano oficialmente y en buena sociedad y que dejaba el catalán para el trato con los criados y la calle y que nunca lo utilizaba cuando estaba a solas con el marido...
Lunes, 09-02-09
LOS defensores de unos supuestos esplendores del catalán y gallego (no incluiré aquí el vascuence) se han impuesto una tarea cuyo patetismo podría resultarnos conmovedor a los demás si no fuera porque al hacerlo insulta nuestro conocimiento de la Historia. Después de haber achacado las situaciones respectivas de sus lenguas, en los años cincuenta y sesenta, a las persecuciones del franquismo («genocidios» han llegado a decir) han tratado de ocultar el despego cuando no el rechazo de las burguesías regionales a las lenguas vernáculas. Los que hemos vivido la postguerra sabemos hasta qué punto el renacimiento del catalán y gallego tuvo que superar la oposición de las respectivas clases medias y altas. Testimonios como el discurso de Víctor Balaguer en la Real Academia de la Historia dan una idea clara de la situación del catalán a mediados del XIX. La invención se derrumba sin quererlo.
Hoy quiero traer a colación dos casos que me han resultado especialmente significativos por la personalidad de sus protagonistas, ejemplares cabría decir. Me refiero a la actitud que mantuvieron «frente» al catalán dos mujeres tan cultas y sensibles como la madre de George Santayana y la esposa de Joan Maragall. Las dos representan el mundo del elitismo cultural. El de Santayana en una proyección universal; el de Maragall en el seno de la propia mitología cultural catalana.
Jorge de Santayana, que nació en Madrid aunque Ávila constituyó «el centro» de sus «vínculos afectivos y legales más profundos» por emplear sus propias palabras, tuvo ascendencia catalana por parte de madre: gentes de Reus y de Barcelona. Y también por este lado de su familia tuvo vinculaciones familiares con unos tales Sturgis de Glasgow que explican el hecho de que «nuestro» escritor llegara a Norteamérica, al idioma inglés, al doctorado en Harvard y, en definitiva, a unas concepciones filosóficas que le han convertido en uno de los grandes pensadores del siglo XX.
Él ha explicado de un modo seductor en «Personas y lugares. Fragmentos de autobiografia» (Ediciones Trotta) cómo su condición de abulense le permitió mantener a lo largo de su vida una actitud extraordinariamente libre y que ese espíritu fue clave de su manera civil de estar ante la vida y de sus concepciones filosóficas. La ciudad arriscada, levantada sobre las rocas, resistente al tiempo, manteniendo ejemplarmente su realidad histórica, fue para él una metáfora de sí mismo y su manera de situarse ante la realidad.
Un temperamento como el de Santayana, universal y arraigado al tiempo, era sin duda alguien suficientemente capacitado para entender las relaciones -las malas relaciones- de su madre, Josefina Borrás, y el habla catalana. Por señalar la capacidad del escritor para los idiomas baste decir que, al poco tiempo de llegar a Estados Unidos, consiguió hablar el inglés «como la reina de Inglaterra», sin acento alguno. Siendo así las cosas cuenta Santayana: en un capitulito titulado «la confusión de lenguas» que entre 1835 y 1845 su madre hablaba castellano oficialmente y en buena sociedad y que dejaba el catalán para el trato con los criados y la calle y que nunca lo utilizaba cuando estaba a solas con el marido. Lo explica de este modo: «Esa no era una época en que la gente descontenta fuera nacionalista, era humanitaria y cosmopolita; purista en política y en moral, Brutos y Catones en teoría, inspirados por ideales universales e imperativos categóricos de pura razón. En cualquier caso de labios de mi madre yo no he oído más que unas poquísimas palabras en catalán, trozos de proverbios o de canciones antiguas».
Al margen del valor de este texto para conocer el juicio que le mereció el nacionalismo catalán a Santayana, es reveladora la actitud de la madre ante el catalán: ni siquiera lo hablaba con su marido también catalán. Lo que me lleva al ejemplo de la mujer de Joan Maragall.
El significado de este caso es muy especial por cuanto nos sitúa en el corazón mismo del catalanismo cultural y del culto al idioma. No sólo el poeta era consciente de la condición mítica de su personalidad en relación con el catalán sino también su esposa. Y quizá precisamente por esa razón ella llegó a estimar tanto el comportamiento que mantuvo su marido para con ella al no emplear nunca el catalán en su trato personal tanto en el seno de la familia como en la intimidad. Hasta el punto de que llegaba a vanagloriarse de ello. Era un hecho tan relevante que llegó a contarlo el propio poeta en las notas autobiográficas que editó su hijo Jordi: «La gloria y la fama. Reflexiones de Joan Maragall sobre el escritor» (Renuevos de Cruz y Raya)
Para la esposa de Joan Maragall la costumbre de su marido de hablarle siempre en castellano fue signo de delicadeza, demostración de la finura de su espíritu. Jordi Maragall i Noble ha escrito en este sentido: «Esto me lleva a señalar un hecho que todavía sorprende a muchos. Mi padre habló siempre en castellano a mi madre. Y así lo escribió. Habló en catalán con sus hijos mayores y pensó en catalán siempre...»
Habida cuenta del carácter emblemático que tienen los actos de un escritor como Maragall, uno debe preguntarse sobre las razones por las que nunca le habló en catalán a su mujer en la intimidad a pesar de que tuviera a este idioma en tal alta estima, lo considerara una lengua tan viva como el castellano, fuera esa con la que «pensaba» y la que utilizaba para la poesía (la prosa la hacía en castellano). La respuesta es obligada. Porque su mujer estimaba más el castellano que el catalán y consideraba que la utilización del castellano era un signo de distinción y de deferencia hacia ella. Por eso escribió Jordi Maragall: «... mi madre repetía orgullosa que siempre mi padre había respetado su idioma paterno. A pesar de que ella misma hablaba correctamente el catalán».
Los testimonios de Josefina Borrás que, pasó de Reus a Glasgow, Manila y Boston, y de la esposa de Maragall, que consiguió que sus hijas leyeran a Homero, Plutarco y Bossuet, son hechos que nos permiten una aproximación sensata a la «situación» real de la lengua catalana entre mediados del XIX y primer tercio del XX.

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...