Sábado, 07-02-09
SI, finalmente, el decreto aprobado por vía de urgencia por el Gobierno de Silvio Berlusconi no entra en vigor, Eluana Englaro no se va a morir. La van a matar. La realidad indiscutible es que Eluana está viva, sus órganos vitales siguen funcionando, pero desde hace diecisiete años está en coma por un accidente. No es una enferma terminal, ni está sometida a un encarnizamiento terapéutico, ni su vida depende de estar conectada a una máquina extracorpórea. Por eso su muerte se va a producir por el simple procedimiento de retirarle la comida y el agua que se le administra por una vía. Así moriría cualquier ser humano vivo que no pueda comer por sí mismo, no sólo Eluana. Especialmente cualquier hombre o mujer que sufra una enfermedad neurodegenerativa, que lo prive de habilidad, discernimiento o voluntad, porque para no ser consciente de uno mismo o para depender completamente de los cuidados de otras personas no hace falta entrar en coma. Hay varias enfermedades que producen un estado de anulación similar al vegetativo que padece Eluana. La muerte de esta joven no va a poner fin a su sufrimiento, sino al de sus familiares y, por muy doloroso que sea este sufrimiento -que lo es y hasta extremos seguramente inimaginables-, moralmente no está justificado que se alivie con la terminación de una vida ajena. Como sucediera con Terry Schiavo, la solidaridad se mueve más hacia los familiares y no hacia quien va a ser víctima de decisiones que otros toman por ella.
El mensaje de que hay vidas prescindibles en cuanto se convierten en una carga gravosa para los demás o en nulas intelectualmente por una enfermedad o un trauma neuronal encierra un terrible peligro de expansión. Hoy es una joven en coma, pero mañana puede ser un enfermo de Alzheimer o de otro padecimiento equivalente. Si lo que importa es ahorrar sufrimientos, la muerte como solución no tiene límites. Ahora bien, esconder estas decisiones letales en la supuesta dignidad que merece el enfermo es un sarcasmo, porque la dignidad a la que se apela en estas muertes dolosas es la que deciden quienes las promueven, no quien pierde su vida.
La polémica política y judicial que se ha suscitado en Italia es un problema menor en rango al de carácter ético, pero también es importante, porque estas muertes provocadas acaban definiendo el tipo de sociedad en el que vivimos. No debería resultar extraño que lo que objetivamente es un homicidio -como el que se va a perpetrar contra Eluana- provoque la repulsa de amplios sectores de la sociedad y haya merecido una reacción en contra del Gobierno italiano. Cualquier discurso legal o judicial que acabe avalando el lento proceso de inanición y deshidratación de Eluana -método homicida que haría clamar a la opinión pública mundial si se aplicara a un reo de muerte- será un precedente que ampare otras decisiones similares para casos no tan extremos como el de esta joven italiana, pero es escalón a escalón como en la historia se ha llegado a consentir atroces episodios de devaluación de la vida humana. Estos casos -Eluana Englaro, Terry Schiavo, pero también el aborto legal de seres concebidos con síndrome de down, por ejemplo- no son ya excepciones, sino síntomas de la orientación utilitarista de las sociedades modernas, cada más intolerantes al sufrimiento, la enfermedad y el dolor, y toda una advertencia de a dónde puede conducir la pérdida de valores morales.

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