Jueves, 05-02-09
EN Trebujena, uno de los pueblos más rojos de España, que vota comunista desde la Transición -el diputado Cabral acompañó a Alberti en las primeras Cortes de la democracia-, las huestes de Izquierda Unida han salvado las imágenes de la parroquia en un incendio. Les pilló el fuego a pie de autobús, porque iban a manifestarse en Sevilla, y en ausencia del cura fue el alcalde Manuel Cárdenas quien se puso al frente del rescate. Al grito de «¡que se queman los santos!» hicieron de costaleros del Cristo de la Misericordia y la Virgen... del Desconsuelo en una improvisada procesión de socorro. La manifestación podía esperar, las llamas no, y el deber cívico tampoco. Puro Guareschi: los Pepponi sacándole a Don Camilo las castañas del fuego. Literalmente.
Seguramente a estos honorables camaradas, la mayoría ateos, les molestará incluso que se pondere su gesto. Cumplieron con su obligación y punto. El fuego era perentorio, no había lugar para dogmatismos. Salvaron desde una solidaridad elemental y urgente el patrimonio de su pueblo y el objeto de la fe de sus conciudadanos, y sólo desde una nostalgia sectaria cabe recordar el tiempo en que las visitas al templo eran para quemar imágenes en vez de rescatarlas. Correcto, queridos rojos, pero es que esa lección tan natural no se la sabe todo el mundo en esta España en que se le ha perdido el respeto a las creencias de la gente. Ni siquiera se la sabe el diputado de IU Gaspar Llamazares, que se dedicaba a la urgentísima tarea de pedir la regulación de la apostasía mientras vosotros íbais a manifestaros contra la crisis económica. Cuestión de prioridades.
Cualquier comunista de Trebujena conoce el sentido de la devoción popular que ignora la progresía capitalina en su imaginario político de diseño. Es la diferencia entre vivir junto a la gente que sufre en silencio por ganarse el pan nuestro de cada día y hacerlo en la burbuja de la moqueta parlamentaria y las conspiraciones de salón. Ante las difíciles condiciones de vida del campo andaluz, habrá quien busque su esperanza en la utopía de la revolución y quien refugie su aflicción en el amparo de la Virgen del Desconsuelo. Lo que la democracia nos enseñó fue a superar el triste enfrentamiento de creencias que llevó a incendiar templos y a encarcelar rojos, a fusilar por ir a misa o por no hacerlo. En el mismo desagrado que algunos militantes de IU expresan por el alcance mediático de su gesto está la mejor reivindicación de su dignidad humana. Hicieron lo que tenían que hacer. Pues claro. Pero si algún día se les quema la sede, que me avisen para ayudarles a poner a salvo la hoz y el martillo.

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