«Para ser un programa que conduce a los espectadores por las profundidades del océano, la serie Treasure Quest (emitida en EE.UU. sobre el trabajo de Odyssey Marine Exploration) sorprende por haberse quedado tan en la superficie de lo que Odyssey realmente hace. En lugar de realizar un interesante reportaje sobre todo lo que rodea esta forma tan polémica de investigar la historia naval, la serie de Discovery se ha limitado a avalar la destrucción del registro arqueológico con ánimo de lucro». Así de demoledora es la crítica de la revista «Archaeology», el órgano del Archaeological Institute of America, sobre la serie de documentales del citado canal de televisión en torno a los hallazgos de Odyssey. El editorial, firmado por un arqueólogo y editor de la revista, Zach Zorich, no tiene pelos en la lengua a la hora de criticar a los cazatesoros. Y ha sido recogido por «USA Today» y comentado por grandes expertos como James Delgado.
Lo primero es la descripción del primer episodio de Treasure Quest, que arranca con la incomparable visión de las monedas de oro halladas en el fondo del mar, las monedas del «Black Swan», expoliadas de los restos de al menos un barco español, según defiende el Gobierno ante el juez de Tampa. El editorialista resume el pleito de Odyssey y España, y aboceta claramente las triquiñuelas de los cazatesoros: que si no es realmente un barco sino la carga de oro arrojada por la borda para salvar un barco que se hundía, que si mantienen el lugar en secreto por seguridad (justo lo contrario de lo que hacen los arqueólogos serios), que si el valor del tesoro era 500 millones de dólares para un experto de la compañía en contraste con los 4 millones declarados por Odyssey en la aduana de Gibraltar. Son los trucos y los dobleces con los que la empresa quiere reservarse el premio por el hallazgo de la carga que podría concederles el juez de Tampa y que bien conocen los lectores de ABC.
En segundo lugar, el editorialista de «Archaeology» echa en falta cualquier asomo de crítica en la serie de documentales, menciones a la visión de la arqueología subacuática de la convención de la Unesco, y además subraya la falta de una argumentación seria que ponga en evidencia las «afirmaciones ridículas» de los «arqueólogos» de Odyssey. Entre ellos destaca Neil Cunningham Dobson, quien sentencia: «La arqueología ya no es cuestión de destreza, ahora es una ciencia y yo quiero hacerla avanzar hasta el siglo XXI». Una afirmación «descarada» para quien al acercarse a los yacimientos «viola las leyes básicas del método científico», subraya el editorialista. Y concluye dando un baño de verdad que no agrada a los cazatesoros: «Los arqueólogos que trabajan en proyectos cuyas piezas se ponen a la venta han decidido previamente despegarse de los códigos éticos y procedimientos del oficio, y esto no cambia por enorme que sea la cantidad de medios y alta tecnología puesta en juego».
No publica trabajos científicos
Además, la revista remarca que Odyssey jamás ha publicado sus conclusiones en revistas serias sometidas al debate de los científicos, por lo que no sabemos si sus hipótesis son las más plausibles o simplemente las que mejor se acomodan al negocio de vender las monedas.
También reprocha que los documentales no tienen interés sobre las personas que realizan estos trabajos: nos muestran hombres de mediana edad que beben café y a los que Discovery acepta tratar como héroes, en ocasiones usando planos en contrapicado (a lo ciudadano Kane) para que aparezcan más altos e impresionantes. Un tratamiento excesivo para quienes, como se ve en el documental, ponen en peligro hasta las rutas marítimas, con riesgo de colisión.
Bromas aparte, el poder embriagador de la tecnología es la columna central del reportaje. La cháchara tecnológica no aporta nada, se lamenta «Archaeology», a la comunidad científica y ésa es una gran pérdida. Nada se aprende de la vida que iba abordo de los buques hundidos, de la gente que jugaba un papel importante en el ascenso y caída de las naciones. El conocimiento compartido se convierte en registro arqueológico. Los «artefactos» vendidos por Odyssey quedan relegados a anécdotas, meros motivos de conversación sobre la mesa de café de quienes pueden pagarlos.
Y concluye el editor: el patrimonio no es renovable, pero tiene el poder de fascinar a los hombres precisamente por lo que revela de su propia historia, por eso lamenta que Discovery haya refrendado con estos documentales la destrucción del registro arqueológico con ánimo de lucro.

Enviar a:

¿qué es esto?