Jueves, 22-01-09
EL mejor favor que el nuevo presidente norteamericano Barack Obama nos ha hecho de momento a los españoles es darnos al menos cien días de treguas con la monserga antiamericana de tanto compatriota. Cierto es que en parte comenzó en la Guerra de Cuba hace más de un siglo. Pero en estos últimos años en que se ha institucionalizado por obra y gracia de la subcultura socialista de barrio que nos gobierna, la lata que nos han dado ha sido agotadora. Y podría pasarse por broma si no fuera por su enorme eficacia en la generación de odio contra los principios de la democracia que, al fin y al cabo, muchos seguimos pensando que son también los nuestros. Son principios por los que merece la pena -tomen nota nuestros ministros de Defensa del pasado, presente y futuro- morir tanto como, lamentablemente, matar. Acaba de publicarse en España el libro de Paul Johnson que se titula «Héroes» (Ediciones B) y que nos brinda la lectura de unas breves y brillantes biografías de personajes únicos. Desde Alejandro Magno y Julio César a Lincoln, Churchill, De Gaulle, Juan Pablo II o Ronald Reagan. No tienen ustedes que amar incondicionalmente a todos estos grandes hombres de la historia para sentir fascinación por lo que la fuerza del individuo libre y fuerte es capaz. También hay, querida ministra de la Igualdad, alguna mujer protagonista, como Juana de Arco. Lamentablemente era creyente -terroríficamente creyente- y no puede servirles a nuestros inventores y diseñadores progresistas del pasado para intentar pergeñar paridades. Da igual. Porque en realidad aquí hoy no hay empeño de destacar la valentía, la osadía, la virtud o la generosidad de individuos. Nuestros ingenieros sociales hoy en el poder en el Gobierno central y en los cacicatos diversos de la periferia son, por vocación y dedicación, enemigos del concepto mismo de la individualidad y por tanto de la heroicidad. Sus líderes son la antítesis de la misma. No cabe duda de que César o Alejandro Magno, Churchill o De Gaulle hicieron mucho daño a mucha gente que tuvo la mala suerte de estar en el campo enemigo. Pero también lo es que volcaron todo su talento a defender los intereses de los suyos con un espíritu de generosidad y grandeza que los distingue para siempre de los grandes asesinos y tiranos como Hitler o Stalin pero también de todos los enanos que han medrado en la historia con cálculos mezquinos de interés personal, de bajeza o bandería.
Hoy parece que el héroe del momento es Barack Obama, un hombre del que sólo sabemos que es un brillante orador y diseñador de afectos. Los próximos cuatro u ocho años nos dirán si va a ser realmente el héroe que, como en su día Churchill o Reagan, marcará un cambio de rumbo hacia mayor seguridad, bienestar y libertad de la sociedad que le ha confiado el liderazgo. Porque también puede resultar al final un enano como tantos líderes fatuos que sobrevivieron y sobreviven estafando a quienes habían depositado en ellos su confianza, sus bienes y el futuro propio y de sus hijos.

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