Publicado Domingo, 18-01-09 a las 01:37
La noche del viernes 26 de diciembre, Ehud Barak se dejó tomar el pelo a gusto en el más descacharrante y grosero programa televisivo que ameniza en Israel las familiares horas del sabat, «Un país maravilloso». Derroche cómico del peor gusto, número uno en audiencia. Muy pocos elegidos, aparte de él, sabían en esos momentos que, en apenas doce horas, el Ejército judío iba a lanzar sobre Gaza la mayor ofensiva de fuego desde la guerra de los Seis Días. Con su astuta y engañosa aparición pública en los platós de la telebasura, el ministro de Defensa remataba una inteligente campaña personal de despiste, con la que consiguió pillar a Hamás por sorpresa. Los islamistas debieron de pensar que, si el cerebro de la guerra estaba de parranda, ningún ataque podía estar cerca. Pero no contaron con que Barak se las sabe todas.
Asesino de terroristas, ex general más laureado de Israel, con cinco condecoraciones por su valentía, pacificador fracasado, la biografía de este guerrero venido a más ha experimentado tantos giros, empujones y frenazos como la historia del Estado judío al que sirve. En los últimos tiempos, la suya no era la mejor posición dentro del endiablado mapa político israelí, por eso Ehud Barak preparó minuciosamente durante meses la batalla que inevitablemente se barruntaba en Gaza, a sabiendas de que de su éxito depende también su futuro político.
Por eso no ahorró en artimañas, en trampas, trucos, mentiras, simulando hasta el día mismo del ataque una pasividad que le granjeó la saña de sus críticos, desesperados porque el ministro parecía no hacer nada ante el lanzamiento de cohetes palestinos sobre suelo judío. Cuando la ofensiva estaba decidida, él todavía advertía en voz alta de los peligros que iba a tener una operación masiva y se mostraba contrario a mandar los aviones a la Franja. Pero a la vez que se dejaba despellejar por los analistas, Barak preparó clandestinamente una estrategia, una lista de objetivos de Hamás. Y la noche antes de activar la máquina de guerra, se fue a reírse de sí mismo a la tele.
En sus 36 años de carrera militar, Barak ha sido un actor destacado en casi todas las acciones bélicas del Estado de Israel. En esas ocasiones, como ahora en Gaza, el viejo guerrero ha demostrado ser dueño de un talento especial para la sorpresa, para el disimulo, un artista del engaño. Es legendaria la hazaña que perpetró en 1972 cuando, siendo aún coronel, se disfrazó de mecánico para tomar al asalto un avión repleto de israelíes de la compañía belga Sabena, que había sido secuestrado por un comando palestino. No menos épica fue su intervención un año después en Beirut, cuando vestido de mujer y tocado con una peluca rubia dirigió la unidad que asesinó a tres dirigentes de la Organización para la Liberación Palestina (OLP) que habían organizado la matanza de atletas judíos en Múnich.
Según dicen sus amigos, Barak no conoce el miedo. En 1976 fue también quien planeó el rescate de otro avión de Air France que había sido desviado a Entebe, en Uganda. Pianista apasionado, experto en matemáticas y física que estudió en Israel, ingeniero de Sistemas por Standford, para entonces la fama de brillante analista adornaba ya su carrera militar.
Ehud Barak es un hombre seguro de sí mismo, demasiado en opinión de algunos. Es rápido en sus juicios, una virtud producto de la convicción de que su lógica es mejor que la de los demás y de que su intelecto es un derroche de agudeza: cambió su nombre original, Ehud Brog, por el de Barak, que en hebreo significa «rayo»
Nunca fue un soldado común y tampoco se ha visto jamás a sí mismo como un político común: cree, sin lugar a dudas, que la Historia le dio una alta misión, a la altura de Winston Churchill o de David Ben Gurion, y que está llamado a dejar huella. Como resumió una vez Denis Ross, el mediador de la Casa Blanca durante la era de Bill Clinton, Barak está, simplemente, motivado por un instinto de héroe.
Meteórico ascenso
Ehud Barak llegó a dirigir el Tsahal, las míticas Fuerzas de Defensa de Israel, como jefe supremo en 1991. Colgó el uniforme en 1995, y él, que en su juventud había pertenecido a un «kibutz», se entregó a los negocios abriendo una empresa de inversiones en Washington. Sólo medio año después volvería a Jerusalén llamado por Isaac Rabin para convertirse en ministro de Interior. Arrancaría ahí su meteórico ascenso político: en 1996 se haría cargo de la cartera de Exteriores tras la muerte de Rabin; en 1997 se desembarazó de Simon Peres y consiguió hacerse jefe del Partido Laborista. En 1999 se convirtió en primer ministro tras abatir en las urnas a Benjamin Netanyahu, que trató sin éxito de explotar en contra de Barak la que ha quedado como su más desconcertante y arriesgada aseveración: «Si yo fuera un palestino de edad apropiada, me incorporaría a una de las organizaciones terroristas», dijo el bravo Ehud en una entrevista al diario «Haaretz».
Barak prometió entonces «un nuevo amanecer» para Israel, y bien que lo intentó. Se propuso conseguir lo que sus antecesores no habían podido: la paz con Siria, con el Líbano y con los palestinos. Titánica tarea, a la altura de alguien apodado «Napoleón» por sus camaradas militares. Sacó a las tropas judías del Líbano, sin contar con el enemigo, dio una orden propia de un general y evacuó. Funcionó su perfil de soldado extraordinario, aunque resultó ser un fiasco como jefe de Gobierno en Camp David. Allí, ofreció a los palestinos más que nadie, incluso la soberanía sobre la Ciudad Vieja. Después, excusó el fracaso quejándose de no tener un interlocutor para la paz en Yasir Arafat. Pero lo cierto es que el Parlamento nunca habría amparado sus concesiones, porque Barak condujo esas negociaciones sin respaldo de Israel, ni de su Gobierno, representándose sólo a sí mismo.
El precio de tal audacia fue la Segunda Intifada y su derrota en los siguientes comicios. Su periplo político parecía acabado, no volvería nunca más, vaticinaban los analistas de la bola de cristal. Enojado, Barak se refugió en su vida privada, fundó su propia consultora y se hizo conferenciante, al módico precio de hasta 30.000 euros por discurso. La Harry Walker Agency, la misma que representa a Bill Clinton, a Al Gore o al cantante Bono de U2, se ocupó de organizar sus lucrativas apariciones, abonadas por su amplia proyección internacional, que le reportaron más de un millón de euros anuales.
Caché electoral
Pero Barak sí volvió. Con 65 años, juró haber aprendido de sus errores y se dejó elegir otra vez como líder de los Laboristas. Por los acuerdos de coalición, y porque Ehud Olmert necesitaba restaurar la capacidad de disuasión del Ejército derrotado en la guerra contra Hizbolá de 2006, el viejo soldado fue nombrado ministro de Defensa.
Hasta la ofensiva de Gaza, sus opciones, nunca de ganar las generales israelíes del 10 de febrero, sino siquiera de conservar la actual representación de 19 diputados laboristas que le asegurara un puesto clave en el futuro Gobierno, se desplomaban. Pero —siempre a gran distancia de Netanyahu y la actual ministra de Exteriores, Tzipi Livni, que encabezan los sondeos—, las posibilidades electorales de Barak han crecido al ritmo de las bombas: en diciembre, las encuestas le daban 11 escaños; hoy, 17. Y el 78,9 por ciento de los israelíes ha reconocido «apoyar mucho» la ofensiva que orquesta.
Para él ha llegado el momento de parar el ataque a Gaza. El militar que lleva dentro ha impulsado otra vez al político mediocre. Ya no tiene necesidad de ir a la tele a participar en los programas satíricos de tardes de sabat: su efigie de halcón autosuficiente y su verso de victoria son carne de «prime time» en la parrilla. Si hubiera un ganador de esta guerra, sin duda, por ahora, ese sería Ehud Barak

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