Dios en el autobús
Viernes, 16-01-09
La campaña impulsada por Ateus de Catalunya y la Unión de Ateos y Librepensadores -ya saben, Dios en el autobús-, admite diversas aproximaciones. Más allá de la contradicción en los términos de unos ateos que afirman que «probablemente Dios no existe» (señoras y señores: o se es ateo o no se es ateo), más allá de la errónea deducción lógica que, como si de un silogismo se tratara, deriva el «deja de preocuparte y disfruta de la vida» del «probablemente Dios no existe», más allá de todo ello, la mencionada campaña, además de démodée, es una muestra de intervencionismo y populismo cargada de vaya a saber qué intenciones. Por partes. El debate sobre la existencia o no existencia de Dios está fuera de época. Ni la filosofía, ni la ciencia, se entretienen hoy en una cuestión que pertenece al ámbito de las creencias más íntimas del ser humano. La última vez que el tema se planteó con la sistematicidad y consistencia teórica debidas, fue en 1927, cuando el filósofo británico Bertrand Russell, bajo los auspicios de la Sociedad Secular Nacional de Londres, pronunció su conocida conferencia Por qué no soy cristiano. Bien puede decirse que nuestros ateos y librepensadores locales van con más de 80 años de retraso. Y ya que hablamos de filosofía, no será ocioso añadir que, en las últimas décadas, de Cornelius Castoriadis a Fernando Savater y José Antonio Marina, han proliferado reflexiones, firmadas por ateos o agnósticos, que sin detenerse en el asunto de la existencia, afirman la sensibilidad religiosa del ser humano y valoran positivamente la ética universal que se desprende de una religión como la católica.
En cualquier caso, a mi parecer, la campaña del «bus ateo» no busca abrir un debate filosófico o científico sobre la existencia de Dios, sino que es otra manifestación del intervencionismo que nos amenaza por todas partes. Al «no fumes», «no comas hamburguesas XXL» o «no conduzcas a más de 40 km/h» del Gobierno y el Govern, se une ahora el «no creas en Dios» de un ateísmo militante y proselitista que, paradójicamente, corre el riesgo de impulsar el culto al no Dios. Si las tres primeras consignas pretenden cambiar nuestra existencia, el «bus ateo» se propone modificar nuestra conciencia y creencias. Cosa, por cierto, perfectamente inútil. Y es que en las creencias, como dijo Ortega citado de memoria, «se está». Y punto. Por lo demás, conviene señalar, como adelantábamos al inicio de estas líneas, el populismo de un campaña que busca agitar determinados sentimientos y provocar ciertas reacciones en contra. Y cuando estos sentimientos y reacciones en contra tienen lugar, ateos y librepensadores han encontrado la excusa perfecta para descalificar lo que pretendían: las creencias de los creyentes. Surge, otra vez, la paradoja: ateos y librepensadores -cuya doctrina es la independencia de cualquier dogma- evidencian su dogmatismo al desacreditar a quien comulga con una creencia distinta. ¿Cuál puede la intención que insinuábamos antes? Hipótesis: avivar el anticlericalismo que todavía persiste en España. Hay campañas que son más de lo que son.
EL OASIS CATALÁN

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