Sábado, 10-01-09
SIN duda, el más pavoroso de los signos de la crisis es la plaga del paro, que cada mes engulle entre sus fauces a más de cien mil personas; pero más pavoroso aún resulta comprobar cómo el hombre que hace menos de un año nos prometía que esta legislatura sería la del «pleno empleo» porfía en hacer gala de su «optimismo antropológico» y lanza pronósticos halagüeños al pueblo diezmado por la plaga. Pronósticos que sabe que no se cumplirán; y que, sin embargo, sigue lanzando, en la convicción de que su incumplimiento ninguna desgracia le acarreará. Una porción mayoritaria del pueblo español sigue confiando, según las encuestas, en los poderes taumatúrgicos de Zapatero; y aunque se meta la mano en el bolsillo y saque telarañas parece dispuesta a seguir votándolo. Y es que de ilusión también se vive, aunque se viva con las tripas horras; y, desde luego, de ilusión también se vota, aunque se vote con la cabeza atiborrada de consignas. Esto es, precisamente, lo que permite a Zapatero evacuar impunemente esos pronósticos que injurian el sentido común y que, desde luego, constituyen una burla nada solapada, sino flagrante y desinhibida, al pueblo español: el convencimiento de que, aunque le venda humo, el pueblo español seguirá votándolo, porque tiene la cabeza atiborrada de consignas.
Y esto es lo que la derecha no acaba de entender; bueno, en realidad ni siquiera empieza a entenderlo, y así le luce el pelo. La derecha es camastrona y posibilista; ha aceptado servilmente que debe desenvolverse en un medio adverso en el que las reglas del juego, los paradigmas culturales y en definitiva la visión del mundo los determina la izquierda, y que a ella no le resta otro papel que aprovechar las ocasiones propicias para asomar la cabeza. En la presente coyuntura de crisis económica, considera que una de estas ocasiones propicias acabará dándose; y aguarda a que la gente se desengañe de los pronósticos de Zapatero, descreída de que pueda convencerla proponiéndole unos principios que desafien la visión del mundo establecida por la izquierda. Ahí se cifra su perdición: cuando se ha dejado de creer en los principios es porque se ha dejado de tenerlos; y a los acomodaticios y a los dimisionarios -a los tibios- Dios los vomita de su boca. La derecha española ha dado en la creencia de que a la gente no la mueven los principios, sino las tripas horras; y ha decidido confiar su destino a que la plaga del paro se siga extendiendo inexorablemente, hasta que las tripas horras acaben imponiéndose. Pero lo cierto es que sólo las personas indignas son refractarias a los principios; entre las demás existen dos grupos: las que se mueven por principios, que son las que mantienen la dignidad incólume; y las que se mueven por consignas, que son las que sobreviven con la dignidad pisoteada.
Pero las consignas que hoy triunfan en el Matrix progre son las que la izquierda ha introducido en la sociedad a través del control de la propaganda, un vasto entramado que lo infecta todo, desde los repartidores de bulas del cotarro cultural hasta las series televisivas de producción nacional, constantes dispensadoras de pienso ideológico. Y esas consignas, que han sido introducidas como implantes emocionales en el común de la población, son las que permiten a Zapatero lanzar impunemente pronósticos halagüeños, aunque sepa que no se cumplirán; porque, aunque los destinatarios de esos pronósticos también lo sepan, o secretamente lo intuyan, en ellos el implante emocional actúa como un instinto reflejo. Y la fuerza de ese implante es mayor que los retortijones de las tripas horras: «Con este Zapatero la plaga del paro no hará sino crecer; pero si vienen los otros... ¡Huy si vienen los otros! ¡Ya nos podemos ir preparando!». Y contra las consignas implantadas no valen actitudes camastronas ni posibilistas; porque las consignas, a fuerza de ser repetidas, adquieren densidad de mugre, y acaban convirtiéndose en costras que se aferran a la inteligencia como lapas. Contra las consignas sólo valen los principios; y, mientras la derecha no se decida a ofrecer batalla en el ámbito de los principios, habrá de resignarse a sestear en la oposición. Otra cosa distinta es que, en lo más hondo de su almita, lo que más guste a la derecha española sea, precisamente, sestear en la oposición; o sea, vivir como un diputado.
www.juanmanueldeprada.com

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