Martes, 09-12-08
Fue el destino quien propició que Rubén Darío y Francisca Sánchez se conocieran en los jardines del Palacio Real de Madrid. Y que fuera testigo de aquel encuentro Don Ramón del Valle- Inclán, con el que se encontraba el poeta nicaragüense cuando éste le pidió una rosa a la hija del jardinero, que ella le entregó tímidamente, muy impresionada por el porte de aquellos dos señores «tan extraños», que se encontraban sentados en un banco, después de haber visitado el palacio.
La visita se repetiría un día y otro, hasta que Francisca le dio el «sí quiero» en la intimidad de su casa de Navalsaúz, un pueblecito de la Sierra de Gredos, en Ávila, a donde se trasladó Rubén primero en tren y después en burro, porque quería conocer a la familia de la que, a partir de entonces, se convertiría en su mejor amiga, amante, musa y leal esposa, de la que sólo le separó la muerte.
Una bella historia de amor de la que dan fe las cartas, las tarjetas, los documentos que se exhiben en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, y que forman parte de los fondos del Archivo que Francisca donó al Gobierno de España en el año 1956, en un gesto de generosidad que le honra.
Con Darío tuvo Francisca tres hijos --dos murieron siendo muy niños, el otro en la madurez, está enterrado en Mexico- y una vida llena de alegrías y de tristezas, de riqueza y penurias en París, Madrid, Barcelona ...
Francisca tuvo el enorme privilegio de que le enseñaran a leer y escribir Rubén Darío y Amado Nervo, de que en su mesa se sentaran poetas de la talla de Manuel Machado -que le regaló un mantón de Manila negro que había pertenecido a su madre-- y que yo conservo como un tesoro porque Francisca Sánchez era mi abuela. Muerto Darío, Francisca se casó con José Villacastín, un hombre culto, que gastó toda su fortuna en recoger la obra de Rubén que se encontraba dispersa por todo el mundo, y que entregó para su publicación a Aguilar, de quien era buen amigo.
Periodista

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