Es Irónico que Hillary Clinton perdiese contra Obama por encarnar «la fea cara del establishment» contra el que ella misma se estrelló en 1993. El caso Lewinsky no marcó el fin de su matrimonio, sí el de su sueño por cambiar el mundo con Bill Clinton
Hillary, la perdedora invencible
Hillary Clinton durante uno de los mítines de la campaña por la nominación demócrata / REUTERS
Domingo, 07-12-08
A Hillary Rodham Clinton cierta gente la suele acusar de tener un saco de ambición allá donde otros tienen el corazón. Sus enemigos le reprochan «tragar» con las infidelidades de Bill Clinton por no poner en peligro sus propias aspiraciones a la Casa Blanca.
En realidad su historia es una historia dramática de lo femenino, y el drama viene de lejos. Cuando su madre, Dorothy, era tan solo una niña la echaron de casa. Lo pasó fatal. Por eso, siendo ya una no muy feliz mujer casada, aguantó carros y carretas para no divorciarse y exponer a sus hijos a la pérdida del hogar. Sed de amor y voluntad de hierro; esos eran los atributos, tan contradictorios como se quiera, de Dorothy y tal cual los ha heredado Hillary.
Siendo niña practicaba los mismos deportes que los chicos y aprendió a pelear con ellos de igual a igual. «En esta casa no hay sitio para cobardes», le explicaba su madre. La misma que lloró sin parar todo el trayecto entre su casa de Chicago y la Universidad de Wellesley, el día que Hillary se fue a estudiar y a vivir allí. Y fue precisamente en Wellesley, donde un discurso suyo la catapultó a la portada de «Time» y a ser un símbolo y una promesa de su tiempo. Con impresionante pasión política desde el principio, fue primero republicana -su familia era muy conservadora-, y demócrata tras el desengañó de Nixon.
Una meta común
Pero la progresía de Hillary nunca fue de rompe y rasga sino de orden social e incluso redencionista. Milita en el partido demócrata por lo mismo que cree en Dios. Lloró y rompió todo lo que había en su cuarto cuando supo que habían matado a Martin Luther King. Por lo demás era una chica tímida y más bien puritana que se enamoró locamente de Bill Clinton... y Bill Clinton de ella, a pesar de que siempre pudo elegido entre mujeres bastante más hermosas y osadas. Pero como él mismo dijo a su madre: «Yo no necesito una belleza del Sur ni una diosa del sexo, sino alguien que me ayude a ser presidente de los Estados Unidos».
La de los Clinton fue una pasión política y un reto para Hillary desde el principio. Tuvo que abandonar una prometedora carrera en Washington para seguir a su hombre a Arkansas, llevaba tiempo en Arkansas y aún no se atrevía a casarse con él, que le fue compulsivamente infiel desde el principio... después de años de casada aún se resistía a usar el apellido Clinton.
Es lo que tiene haber nacido en 1947 y vivir en una encrucijada de revoluciones y dudas sobre el rol correcto de la mujer. Hillary es tan odiada por los que quieren mandarle a fregar platos, como por los que se indignan por su tenaz supeditación a la carrera de su marido.
La cara del «establishment»
«Dos por el precio de uno», era el lema de los Clinton camino de la Casa Blanca, en la que entraron como un elefante en una cacharrería... sobre todo ella, la Primera Dama que quería cambiar el mundo. Un médico para cada niño norteamericano... Hay algo irónico en que Hillary perdiera frente a Obama por encarnar el «feo establishment de Washington» contra el que ella misma se estrelló en 1993.
Pagó muy cara su inexperiencia, y sobre todo su intransigencia -en particular con la prensa- pero Carl Bernstein, «viejo zorro» del Watergate y biógrafo de Hillary, afirma que ha mejorado mucho.
Bernstein sostiene que lo mejor y más interesante de Hillary Rodham Clinton es su capacidad de aprender de los errores para seguir creciendo y luchando. El caso Lewinsky no marcó el fin de su matrimonio, sí el de su sueño por cambiar el mundo con Bill Clinton. Era la gran pasión política común lo que había sido traicionado. Por eso dio el paso de presentarse ella sola, para redimir el esfuerzo de toda una vida.
Perdió, fue humillada una vez más, pero el mismo que la venció, Barack Obama, está confeccionando el mismo Gobierno que habría urdido ella, con las personas y con las ideas de ella. Incluso con ella dentro. En la Casa Blanca «no hay sitio para cobardes», como diría Dorothy.

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