Domingo, 30-11-08
TEXTO: ARISTÓTELES MORENO
FOTOGRAFÍA: VALERIO MERINO
CÓRDOBA. Dice Juan Polo con toda naturalidad y con toda contundencia: «Nace uno así y se ha acabado». Y así, con esta sencillez propia de un hombre de la campiña, resuelve el manido debate sobre el milagro del arte y los artistas. Juan Polo Velasco (Fernán Núñez, 1923), escultor desde que tenía uso de razón, es hombre de ideas precisas y poco amigo del discurso ampuloso y grandilocuente. No necesita palabras para expresarse: sólo sus manos y un puñado de barro fresco. Eso es todo.
-El arte es nativo en la persona.
Y punto. Pasó su infancia haciendo gaseosas y modelando figuritas de Navidad. Tenía que echar una mano en la casa en aquellos tiempos de austeridad, y la echó; pero la otra se le iba para la escultura. Tanto que su padre entendió muy pronto que había un artista en ciernes. «Vete ya a lo tuyo», le decía cuando había cumplido con sus obligaciones familiares. Y Juan Polo, con tan sólo ocho años de edad, se iba para el estudio que se instaló en el granero y allí pasaba las horas muertas. Entonces fue cuando recreó un Nacimiento con un centenar de piezas de barro y medio pueblo desfiló ante el conjunto religioso para admirar el talento del jovenzuelo. Luego, los maestros empezaron a pedirle figuritas para sus belenes y las piezas acabaron quién sabe dónde esparcidas por toda Fernán Núñez y ya nunca más se supo.
-¿Cuándo tuvo la convicción de que la escultura iba a ser su oficio?
-Con 14 años ya notaba algo. Venían personas a ver el estudio que tenía en el granero.
-¿Era usted un artista tenaz?
-A mí me ha cundido mucho el trabajo. Pero he vendido mucho y no he tenido la precaución de anotar a quien. Así que tengo piezas por todos lados y no sé dónde están. Pero ya es tarde para lamentarse.
En el granero curtió sus manos, en la absoluta soledad y sin maestro alguno que marcara su oficio. Llegó la Guerra Civil, un «desastre» que sacudió el pueblo durante tres larguísimos años. «Gracias a Dios, mi padre no era político. Era un trabajador y nada más». De manera que la familia Polo pudo atravesar la sanguinaria contienda sin excesivos costes humanos.
Maestro Benlliure
Luego estudió en Málaga durante tres años y allí esculpió una cabeza de Domingo Márquez, la fotografió y se la envió a Mariano Benlliure, el reverenciado escultor del momento. Don Mariano, como él gusta llamarlo con todo respeto, le contestó en carta de puño y letra y le dijo: «Juan, tendré mucho gusto en verte aquí en el estudio». Su tío entendió que era la gran oportunidad y le dijo a su padre: «O llevas tú al niño a Madrid o lo llevo yo». Y allí estuvo, en el estudio de Benlliure, 19 días.
-Don Mariano era un fenómeno, hombre. Entonces había una serie de escultores que no digo que no haya ahora. Pero eran los escultores que me gustan, realistas. La escultura actual, la del garabatico y cuatro cosas así, a mí no me llama la atención. Es decir: que no la entiendo. Tampoco me gusta el realismo empalagoso. Ahí tenemos a nuestro paisano Mateo Inurria, que fue distinto a don Mariano, pero magnífico. Fue un «esculturazo» y ése es nuestro. Cuando hay una cosa bien hecha, está bien hecha y se ha acabado».
Con el gran maestro valenciano llegó a estar casi dos años cuando poco después se desplazó a Madrid para completar el servicio militar. «Yo lo veía modelar y me gustaba tanto. A don Mariano se le iban las manos: aquello era una máquina. La pena mía fue que lo conocí con más de ochenta años y yo era un chavea con veintitantos. Tenía que ayudarlo a bajar unos escaloncitos y yo veía que ese hombre, que era una gloria de España, se iba a caer y se iba a matar».
Bellas Artes en Sevilla
Luego se fue a Sevilla a estudiar Bellas Artes y allí permaneció durante diez años, sometido a la férrea disciplina de la enseñanza de aquellos años. Al cabo, volvió a Fernán Núñez, a su adorado pueblo, de donde no ha salido desde entonces. «Ese fue mi pecado: si me hubiera quedado en Madrid otro gallo hubiera cantado». Aún viviendo en este pueblo agrícola en medio de los campos de olivos los clientes nunca le han faltado. Tiene 600 obras repartidas por todo el país, gran parte de ellas bustos, pero también mucha imaginería, una de sus grandes pasiones. Y una batalla sorda por ver algún día un museo con los trabajos que aún conserva en su taller. Pero la promesa municipal navega lánguida por alguno de los cajones del Consistorio.
«La vida aquí es muy normalita. A mi edad paso ya casi de todo. Con 85 años que tengo ya adónde voy». Pero pese a todo, aún recibe encargos para trabajar, que intenta satisfacer en la medida de sus fuerzas. «Llevo un par de meses que no hago nada. No sé si estoy deprimido o qué es lo que tengo. Es la primera vez que me pasa. Voy a ver si el frío se va y hago algo».
Y mientras llega el día en que vuelva a coger el barro, acude invariablemente, cada mañana, no antes de las diez y media, al gran café Victoria a desayunar con su periódico de toda la vida. ABC, naturalmente.
Juan Polo se ha presentado a la entrevista perfectamente enchaquetado y embutido en un abrigo robusto para combatir la gélida mañana. La boina le confiere un aire bohemio, genuinamente fotogénico, que encaja a la perfección con la estampa del taller. El estudio está atestado de esculturas y bosquejos de toritos, alfareros y bustos de personajes ilustres.
-¿Cuál es la obra perfecta?
-Para eso nos tenemos que ir a Miguel Ángel. El «David» es magnífico.
-¿El arte es un bálsamo para usted?
-Para un artista que lo sienta, el arte es su vida.
-¿Por qué se refugió en Fernán Núñez?
-Porque me gusta mucho mi pueblo. Sencillamente eso. Y veo que mis paisanos me aprecian bastante.
-¿Qué le ha enseñado la vida?
-De la vida se aprende tanto... Pero esto ha cambiado mucho. Hoy en día ya sabemos lo que hay: asesinatos y atropellos.
-¿Qué no hizo que le hubiera gustado hacer?
-Me quedan tantas cosas por hacer...
-¿El dolor es un motor creativo?
-Pues sí.
-¿Y un hombre feliz puede ser un hombre creativo?
-Y también un pobre desgraciado. Al menos, la creación es tuya.
-¿Hay razones para el optimismo?
-Por qué no.
-¿Ha sido lo que quería ser?
-Me hubiera gustado saber cantar. Un Alfredo Kraus, un Plácido Domingo, un Pavarotti. Pero Dios te da esto y te tienes que aguantar.
-¿Qué es el amor?
-Una de las cosas más bellas que hay en el mundo. Cuando se quiere a una persona de verdad es una delicia.
-¿Volvería a nacer?
-Sí, pero volvemos otra vez al cante. Dios me ha dado esto y por algo será. Y estoy muy agradecido.
Ha esculpido vírgenes y cristos, aunque como imaginero ha buscado su propia expresión, más allá del camino marcado por los maestros Montañés y Juan de Mesa. «Yo trabajo a mi modo. Siempre he procurado hacer mi obra personal, que no sea copia. Porque yo copista creo que no soy». Y aparte de razonamientos profesionales y artísticos, siempre le movió un impulso vocacional para trabajar este tipo de arte. «Yo nací cristiano y me moriré cristiano», proclama rotundo.
Su vivienda está situada justamente encima del espacioso taller que se fue construyendo con los años. En el estudio, de techos altos y amplios ventanales, hace frío en estos días de invierno, pero posee el sabor de los talleres con solera, el paraíso soñado para los reporteros gráficos. Su vida está llena de anécdotas, personajes y artistas, que desgrana mientras muestra ufano las obras que pueblan la estancia. Sólo se detiene cuando el fotógrafo le ruega que pose ante su obra.
-¿Ha sido usted feliz?
-Yo sí he sido feliz. En mi casa no ha faltado el pan. Se han pasado fatigas pero de perra gorda. Gracias a Dios.

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...