Las mafias explican a ABC cómo preparan la salida de las embarcaciones
Miércoles, 08-10-08
La ciudad mauritana de Nuadibú, de unos 80.000 habitantes, acuna la última esperanza de los que ansian pisar Europa. Aquí nacen, crecen, se reproducen, mueren y, milagrosamente, resucitan los sueños de muchos africanos incansables ante las zancadillas del destino.Varios miles de jóvenes subsaharianos, según las autoridades y las mafias que preparan las expediciones, esperan en Nuadibú una oportunidad para ir a Canarias por mar.
Desde esta ciudad partió el cayuco que batió todos los registros cuando apareció la semana pasada en aguas de Tenerife con 229 emigrantes a bordo. «Hay muchos miles... Cada día llega gente nueva dispuesta a irse», explica a ABC Dambe, un mauritano de 37 años que vive de reclutar candidatos para el cayuco y que lleva varios años metido en las telarañas mafiosas, aunque ni a ellos ni a la Policía les gusta emplear este término. «Esto es todo una gran red. No lo van a controlar ni parar nunca», añade este hombre que oculta su verdadera identidad.
Y estos datos no sólo los ofrecen los que organizan las expediciones a Canarias. Las máximas autoridades de la ciudad lo han confirmado de manera abierta a ABC. «No hay estadísticas precisas, pero son miles de personas las que llegan. Podríamos decir que unos dos tercios lo hacen con la intención de marcharse», reconoce el wali (gobernador), Abdy Ould Horma.
El 66 por ciento quiere irse
«Sabemos que muchos de los que llegan tienen como objetivo la aventura europea», señala el director regional de la Seguridad, Ahmed Ould Eleya. El máximo jefe policial estima además que son unos 4.000 los potenciales emigrantes clandestinos asentados en una ciudad en la que se practican unas 300 detenciones cada mes, bien en mar bien en tierra. Hamedou Ould Haye, ex presidente de la Media Luna Roja, está seguro de que estos datos oficiales se quedan cortos.
Casi todos los barrios son un hervidero de jóvenes que buscan embarcarse hacia España como emigrantes clandestinos. El 90 por ciento son de Malí y Senegal, según las autoridades. Unos tratan de reunir el dinero para el pasaje. Otros llegan desde su país con los billetes en mano y a menudo pagan la novatada. Son estafados y se quedan arruinados. Así entran de nuevo en la rueda y qué mejor que Nuadibú para curtirlos en el «combate», como se le llama a coger el cayuco.
¿Y por qué no se practican apenas detenciones? Porque casi ninguno de ellos, por los acuerdos que de Nuakchot con países vecinos, está en situación irregular hasta que no son pillados tratando de salir de Mauritania por una frontera no reconocida.
Leyes de los setenta
La Policía insiste en que es complicado luchar contra esto en un país que no actualiza su normativa migratoria desde los años 70 y no cuenta casi con infraestructuras de seguridad. El propio jefe policial aprovecha para pedir más medios. A ello hay que añadir la delicada situación en la que se encuentra el país, dos meses después del golpe de Estado y cada vez más presionado por Al Qaida. Algunos miembros del Gobierno español, como Consuelo Rumí, han dejado caer que esto lo podrían estar aprovechando los emigrantes.
«Puede ser, pero no hay una orden para dejarlos salir y no hemos renunciado deliberadamente a la seguridad», dice el jefe Regional de la Seguridad. «Nadie puede prohibirles que vengan. Hasta que no intentan abandonar Mauritania de forma irregular no se convierten en clandestinos», apunta el director regional de la Seguridad. Para efectuar detenciones «debemos ser muy prudentes», añade Ould Eleya. «Es necesario que nos encontremos a medio centenar de personas esperando en la misma habitación con la comida y la bebida lista para el viaje. Eso o pillarlos saliendo en la piragua».
La vigilancia desplegada tanto en tierra como en las costas, donde desde 2006 se llevan a cabo patrullas conjuntas de la Gendarmería mauritana y la Guardia Civil, arroja unas 300 detenciones cada mes, según el máximo responsable policial de la ciudad.
Al final de la tarde por barrios como Ecole 4, Accra o Khairan se ven numerosos grupos de jóvenes estableciendo contactos o matando el tiempo, pues la práctica dice que pocos besan el santo nada más llegar. «Todos estos se quieren ir», afirma Dambe mientras atravesamos la ciudad observando los mismos corrillos. No se aprecia la más mínima presencia policial.
Robos, timos y estafas
Algunos de los subsaharianos consiguen un empleo con el que intentan ahorrar algo de dinero. «Muchos trabajan en negro, con salarios bajos, para poder irse. Esto ha roto el mercado local y lo están pagando los mauritanos», se queja el Gobernador. Añade además que la inseguridad se ha incrementado y «cada vez hay más robos».
Efectivamente, los timos, los engaños y las estafas están a la orden del día, según explican varias fuentes mauritanas y extranjeras. Algunos de los que preparan los viajes desaparecen para siempre de Nuadibú nada más tener en la mano el dinero, el precio del sueño de sus clientes.

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