La suerte de llamarse Florito
BOTÁN Un berrendo en colorao de Peñajara claudica ante la verónica compuesta de Morenito FABIÁN SIMÓN Diego Ventura
Cuando el peñazo de Peñajara agonizaba, desde el tendido del «7» afloraron gritos y pancartas a una, en sones de guerra y rebelión de masas: «¡Fuera del palco!», «Taurodelta y sus mierda-toros», «¿Y qué dice la Comunidad?», «¡Dilo por la tele, Molés!», «¡Quince veterinarios, quince!». Disparaban contra todos los frentes. Y en medio de todo el fregao, la sangre de mayo en octubre, el fuego cruzado y las balas perdidas —a qué meten a Manolo en el lío—, sale Florito con los cabestros, se lleva la vacaburra de 600 kilos y trote cochinero y le dan una ovación. En ese mismo instante, se abrió el camino de la crónica como un túnel de luz. ¡Manda carallo! O sea, que le zurran la badana a la Comunidad de los Madriles, al pobre José Pedro Ballesteros, a los doctores en Veterinaria, al usía Julio Martínez, que viene a ser en nulidad lo mismo que Trinidad, a Manolo Molés, que pasaba por ahí, y al verdadero responsable de la cosa, al veedor de la empresa Taurodelta, don Florencio Fernández Castillo «Florito», no sólo no le envían recado, ni le piden cuentas de la escalera de hechuras, del muestrario de mostrencos de Peñajara, del acaballado cuarto, del berrendo segundo que ni pesaba ni representaba escondido en su pinta, del lavado tercero, etcétera, sino que lo aplauden. Qué suerte, ¿no? Ese estatus es el ideal al que uno aspira, a no ser responsable de nada, ni de las crónicas buenas ni de las malas. Para el común de los mortales Florito pasa por ser el cabestrero de la Monumental de las Ventas. Para algunos más avezados, el «callado sabio de los corrales», como titulamos una entrevista abecedaria en una ocasión. Pero para los que de verdad saben de sus nuevas responsabilidades en el campo desde hace unos años —y los cerebros del «7» lo saben bien, ¿o no, Salva?, aunque se callen—, Florito ya no es únicamente el cabestrero, el imprescindible hombre de los chiqueros, los reconocimientos y los manejos de entre bastidores. Y como dice Ben Parker, todo gran poder exige una gran responsabilidad.
Sobre el papel, el cartel estaba bien planteado y con sensibilidad. Frascuelo, que cayó herido en mayo, y por ello fue recibido con una calurosa ovación; Morenito de Aranda, que por aquellas calendas dejó su sello y su impronta como luego el 15 de agosto en Las Ventas; y Joselillo, que no pudo comparecer esa misma fecha de la festividad de La Paloma al caer herido en la «Monumental» de Cenicientos el día antes. Claro que se presuponía que la corrida de Peñajara, de entrada, o de salida, traería las hechuras y la armonía con las que se alzó triunfadora de la isidrada junto con la lidiada por El Pilar. Nada que ver. ¿Era ésta de verdad la que habían reservado y reseñado con tiempo y sensibilidad para Otoño y Carlos Escolar y Morenito y Joselillo? Responderá el maestro armero, como siempre.
Sobre los ijares marcados y la fealdad, mansedumbre y flojera. Frascuelo, a sus sesenta, ni con el rajado y corto de cuello que estrenó plaza sin humillar ni con el buey cuarto lo vio claro; Morenito quedó inédito con el llamativo berrendo en colorao y suelto de carnes, y con el quinto, que se movió a su aire, estuvo compuesto, o componiendo; Joselillo lo intentó con el agalgado tercero, que pareció querer en algún momento por el izquierdo, y lo siguió intentando con un sobrero de Jandilla de casi seis años y suave como su pelaje jabonero, apenas manchado por la puya. Se desató la algarada, a Joselillo no le echaron cuenta (casi mejor, salvo algunos pases de pecho) y a Florito no se las pidieron. ¡Qué suerte!

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