Año del Señor de 1495. A la luz de una vela, un hombre de entrecana barba y pulso firme se inclina, pluma en mano, sobre el papel. Lento, pero seguro en el escribir, de cansados ojos pero ardiente mirada, con pausa, pero escamoteándole tiempo al reposo, a las letras dando va la traza, hundido en el silencio de su castillo, una luna sarracena en lo alto, y palabras del más sonoro y bello castellano de su pluma y su tintero van manando... «Considerando los sabios antiguos que los grandes hechos de las armas en escrito dejaron, cuán breve fue aquello que en escrito de verdad en ellos pasó, así como las batallas de nuestro tiempo que por nos fueron vistas...». Casi de amanecida, el caballero Montalvo tendrá que despachar con la Reina Isabel, su muy Católica Majestad, pero antes vuelve a reposar sus ojos en un viejo pergamino medieval que le sorbe la sesera y le excita el pensamiento. Relee y calmado y de sutiles sílabas la pluma henchida escribe: «Partido Amadís de Urganda la Desconocida con mucho placer de su ánimo en haber sabido que aquél que hiciera caballero era su hermano...».
Porque él fue, el caballero Montalvo, Garci Rodríguez de Montalvo, quien a finales del siglo XV, en la corte de la Reina Isabel, reescribió los textos medievales del caballero Amadís de Gaula que habían llegado hasta él. Es más, añadió un nuevo libro a los tres originales. La obra de Montalvo fue publicada el 30 de octubre de 1508 en Zaragoza y es el primer texto completo que nos ha llegado de uno de los de uno de los libros más influyentes de la literatura de todos los tiempos y de todos los lugares. Su éxito propició el auge del género literario y editorial más celebrado de aquel tiempo: el de los libros de caballerías. Con tan redonda excusa, la Biblioteca Nacional, en colaboración con la Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, ha organizado una hermosa y exhaustiva exposición, «Amadís de Gaula (1508): quinientos años de libros de caballerías», cuyo comisario es José Manuel Lucía. Una cita que habría vuelto más loco aún a Alonso Quijano y habría hecho las delicias de don Miguel de Cervantes, cuyo Quijote no es sino la gran novela caballeresca de todos los tiempos.
«Con Amadís -explica a ABC José Manuel Lucía- se inicia el género de libros de caballerías, el género narrativo más importante durante el siglo XVI en España y en Europa, el género que pone las bases de la novela caballeresca que será «El Quijote»». La historia del Amadís comienza en torno al reinado de Alfonos XI, en la Castilla de principios del siglo XIV. Su referente son los llamados textos de la Materia de Bretaña, hilados por las aventuras de los caballeros de la Mesa Redonda: Arturo, Lanzarote del Lago, Sir Gawain, la reina Ginebra.
El Lanzarote castellano
Durante algún tiempo, se quiso buscar el origen del Amadís en textos de trovadores portugueses, incluso alguien ha lanzado la idea que tras él podría estar el caballero Enrique de Castilla, cuya vida guarda algún remoto parecido con la del caballero Amadís. Pero eso es algo que ya ni se menciona, porque, como explica Lucía, «son suposiciones que se han dejado de discutir porque tampoco nos llevan a ningún lugar». Y el catedrático añade que «hoy por hoy lo que sí sabemos es que a principios del siglo XIV, en Castilla, había una serie de nobles que ya estaban preparados para recibir una ficción como ésta, porque a fin de cuentas Amadís es nuestro Lanzarote, el mejor caballero. En vez de traducir las aventuras de Lanzarote lo que se hizo fue escribir las aventuras de un caballero de la Galia (Gaula), un extranjero, pero escritas en castellano. Cuando hablamos de Amadís y cuando en el Escrutinio de Cervantes se dice que es «la mejor de las novelas nunca escritas» siempre estamos hablando de esa refundición que hizo Montalvo, nunca de los textos medievales».
De la importancia del género dan cuenta las cifras que apunta Lucía: «Conocemos más de ochenta títulos diferentes desde finales del siglo XV hasta casi finales del XVII, conocemos más de doscientas ediciones diferentes y miles de ejemplares de libros de caballería escritos en castellano y moviéndose por Europa, América, España, todo el mundo conocido en aquel momento». Libros como «Tirant lo Blanc» (1490), «Baladro del Sabio Merlín» (1498), «Oliveros de Castilla» (1499) y «Tristán de Leonís» (1501), cuyos incunables se exponen en la muestra.
En aquellos tiempos, con el Renacimiento renovando los aires europeos, la literatura de caballerías fue un auténtico boom. «Eran libros a tamaño folio, con muchas páginas y resultaban muy caros de comprar, pero en esos momentos había una gran demanda de todo lo que tuviese que ver con la historia, y también empezaba a darse una gran exigencia de ficción, en el sentido de entretenimiento, como la novela y el cine de hoy. Por eso, los libreros y los impresores, para incrementar sus beneficios y llegar a las clases populares editaban historias caballerescas breves, pliegos de cordel, es decir, libros en formato más pequeño, en cierta manera libros de bolsillo, y hasta libros por entregas, casi como los fascículos, de manera que la gente no tenía que hacer la gran inversión inicial y podía comprarlos».
Aquellas novelas de caballerías eran los auténticos best seller de la época. Cuatro siglos después, los románticos le cogieron el gusto y el tranquillo a la Edad Media, y surgieron deliciosas novelas de caballeros como «Ivanhoe», de Sir Walter Scott, pero la novela moderna nace con El Quijote. «Lo que plantea Cervantes -subraya Lucía- es escribir un libro de caballerías, pero le incorpora un elemento esencial de la modernidad, los personajes cambian, evolucionan. En un libro de caballerías, como en las novelas artúricas, los personajes son perfectos desde que nacen, pero Don Quijote va evolucionando, en él cambia la opinión sobre la vida y la percepción de las cosas, por eso la novela moderna es muy diferente de esa novela de entretenimiento del XVI». ¿Y un lector de hoy, qué enseñanzas puede encontrar en las andanzas y las desventuras de un caballero como Amadís? «Los libros de caballerías -concluye José Manuel Lucía- muestran los ideales de los caballeros andantes, por eso enseñan a ser mejor persona, a cuidar de los débiles, a ser generoso, a sacrificarse por los demás».

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