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Lunes, 22-09-08
EL señor Carlos Marx -un personaje gigantesco- tachaba a Frédéric Bastiat de economista enano y de teórico insolvente. Todos ustedes saben quién era el señor Marx; conocen el tenebroso culto que engendró y están al tanto de sus devastadoras consecuencias. Incluso algunos habrán leído «El Capital», a fuerza de echarle ganas, voluntad, bota y merienda. Sin embargo, es probable que el nombre de Bastiat ni siquiera les suene. O que corran el riesgo de confundirle con Basquiat, mago de los «graffiti», funambulista de la muerte. Pero «monsieur» Bastiat no vino al mundo en Brooklyn, ni emborronaba las paredes. Nació, al poco de estrenarse el XIX, allí donde las aguas del Adour endulzan la campiña y el océano. ¿En Bayona? ¡Claro que sí, en Bayona, respuesta correcta! Lástima que no estemos en un concurso de la tele. Bromas aparte, aquel Frédéric Bastiat es uno de los pilares del pensamiento liberal y el arquetipo de la mosca cojonera. Nunca se paró en barras y combatió, «à outrance», contra todos aquellos que -«ya tocando la boca, ya la frente»- pusieran a barato la libertad individual y se arrogasen el papel de la Divina Providencia.
Sostenía Bastiat que la Justicia y el Mercado (el Mercado sin lastres y la Justicia independiente) son el abracadabra de la prosperidad y la riqueza. Cuando los tribunales doblan el espinazo del derecho y avalan los expolios y las corruptelas, la sociedad entra en quiebra. Junto a la ruina vendrá el caos y, con él, sus acólitos: la tiranía y la miseria. Es obvio que las leyes constituyen la argamasa de un pueblo, «aunque -señala «monsieur» Bastiat-, si ocurre que la ley y la moral se contradicen reiteradamente, el ciudadano ha de elegir a qué carta se queda: o hace caso omiso a las normas morales, o le pierde el respeto a las leyes». Siniestra encrucijada, por supuesto. Al Sultán de Occidente, le vendría de perlas echarle una pensada a la sentencia en lugar de seguir echando pienso en el pesebre de los memos. Claro que, a contrapelo de Descartes, del discurso y del método, Zapatero no piensa, pero es: es una pesadilla que no ceja. A buenas horas se va a comer el tarro aquilatando moralismos y monsergas. Runrún de meapilas, bisbiseo de clérigos. Y ni Montesquieu, ni leches. Alfonso Guerra se ocupó de darle tierra y no va a ser Garzón -¡Menudo calavera!- el que exhume sus restos.
Ahora que la Justicia es un corral de abrojos y que al Mercado no le llega la camisa al cuello, Bastiat ha adquirido dimensiones proféticas. Los economistas de fuste, al fin y al cabo, son aquellos que las ven venir de lejos. Los mejores políticos, en cambio, no pasan de ser tuertos en un país de ciegos. Bastiat, en «La falacia de la ventana rota», un textículo soberbio, satirizaba a los miopes con singular clarividencia. La historia es la siguiente: un vándalo -seamos moderados, un chiquillo travieso- la emprende a ladrillazos con el escaparate del señor panadero. El pilluelo se esfuma y los vecinos curiosean. Uno, con pujos de analista, disecciona los hechos. El estropicio saldrá caro, pongamos que por quinientos euros. Optimismo ante todo, no hay mal que por bien no venga. Esa suma irá a parar al cristalero que se permitirá algún extra. Un segundo hará caja y beneficiará a un tercero. Y así, sucesivamente. Total, que al vándalo de marras habría que erigirle un monumento.
La falacia -concluye «monsieur» Bastiat- es que no se ha considerado que el pobre panadero iba a encargarle al sastre un traje nuevo. Lo cual, que repondrá la luna, se quedará sin terno y el sastre sin ingresos. Moraleja: el vándalo es un vándalo, no un generador de empleo. Y la economía, una materia poliédrica que no puede abarcarse de un vistazo somero. El lince de Doñana, es la diáfana excepción que confirma la regla. Lo veía clarísimo desde el primer momento: el que rompió el escaparate fue George Bush (con la complicidad de Aznar, posiblemente). A él que le registren, si es que el registrador se atreve. Y los que pagarán los vidrios rotos serán los sastres y los panaderos. ¿No conoce a ninguno? Mírese en el espejo.

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