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Lunes, 22-09-08
Para Alberto Contador, Barcarrota, el pueblo extremeño de sus padres, era una bici apoyada en una pared blanca. Campo. Nidos. Su sitio. Fran es su hermano mayor, tres años más. Lo recuerda bien. «Un día, nada más llegar al pueblo, Alberto se largó. Se perdió. Le estuvieron buscando. Llamándole por todos los alrededores. Al final le encontró una señora y lo llevó al cuartelillo. Allí estaba. Sentado. Lloriqueando y con su bolsa de «gusanitos» en la mano. Vaya susto nos dio». Niño silvestre. Perfil rural. Moreno, flaco, inquieto. «No te podías enfadar con él porque todo se lo tomaba a broma», cuenta su madre, Francisca. El hijo de «Paqui» era un «trasto».
En Barcarrota los hermanos madrugaban. Al tractor con el abuelo. Temprano. «A las cinco y media». A aprovechar esas horas en las que el sol miente. Primero el trabajo familiar; luego campo libre. A mediodía, Fran y Alberto agarraban las bicis. A pillar pájaros. El resto del año lo pasaban en Pinto, al sur de Madrid. Allí, el pequeño Alberto también era un peligro. «Metía las manos en los enchufes», dice su madre. El sonido del pequeño piso era muchas veces las broncas entre Fran y Alberto. El mayor, Fran, elige en la litera. Alberto, abajo. Desde crío ha querido escalar. «Solía subirse arriba. Una vez, de cabeza al suelo. Lo llevaron al hospital. Al volver me dijo: «Mira, Fran, me han cosido la cabeza con hilo».
Ahora tiene ahí la cicatriz de las 70 grapas que le dejó en 2004 una operación cerebral. Pudo atarle a una silla de ruedas, como a su hermano pequeño, Raúl. Esa intervención le salvó del cavernoma que le hizo perder el sentido en mitad de una etapa de la Vuelta a Asturias 2004. Los médicos también quisieron quitarle de la cabeza la idea de volver a competir. En eso fallaron. Nueve meses después ganó una etapa en el Tour Down Under. No nació para ser un paciente. «Jugaba al fútbol con la escayola», se queja su madre. Contador tenía que ser ciclista. Eso lo supo siempre su hermano mayor. Fran, que es ingeniero. A Fran le iban más los libros. Al aprobar la selectividad, le regalaron una bicicleta. La vieja, el «hierro», la heredó Alberto. Lo de siempre: la ropa del mayor para el pequeño, el que crece. Nunca de estreno.
Fran andaba en un club ciclista de Pinto. Maillot, culote y bici de paquete. Alberto, que tenía 15 años, se empeñó en ir con ellos. En chándal y con aquel trasto roñoso. Una orbea descatalogada. «No se quedaba atrás», asegura aún extrañado Fran. Varios del grupo comenzaron a perder rueda. Al final, quedaron Fran, otro chaval y Alberto. «Le miraba y ahí seguía. No era posible». Iban hacia San Martín de la Vega, también en Madrid. El destello fue en el repecho de Frascuelo. «Nos dejó tirados. Pensé: ¡Cómo es posible!». De adolescente, a Alberto le reclamaban más los pájaros que la bici. Dejó los canarios por demasiado mansos. Y se dedicó a los salvajes, los jilgueros, los pardillos, los vercecillos, los verderones. En casa no había sitio para un perro. Eran muchos: los padres, los tres hermanos, la hermana. Así que crió pájaros.
La vieja orbea del tío Raúl
La bici. «Papá, dile a Alberto que no puede venir con nosotros. No va a poder seguirnos con ese trasto», dijo Fran apuntanto con el dedo hacia la vieja orbea, la bici que les había regalado hacía tanto el tío Raúl. «Querer es poder», se repetía, y sigue haciéndolo, Alberto. Y aplicó su lema en la cuesta de Frascuelo. «Paco, tienes que meter a Alberto en un equipo. No es normal lo de este chico», le rogó Emilio, un cicloturista de aquel pelotón, a Paco Contador, el padre.
Pero no había dinero para otra bici. Paco había dejado el trabajo para cuidar a su hijo pequeño, atado a una parálisis cerebral. Por eso fue el tío Abelardo el que compró una bicicleta de marca para el chaval. La estrenó en Zamora. La partió en una caída. Allí dejó también un diente. No dejó de llorar en el camino de vuelta. «Era por la bicicleta», recuerda su director en el Velo Club Portillo, el que le fichó del «Uni» de Pinto.
«Mi hijo es un crack para el deporte. Era bueno en «cross» y en fútbol. Pero cuando cogió la bicicleta ya no quiso otra cosa». Palabra de padre. Contador nació escalador y es también contrarrelojista. Fue campeón de España sub´23 cuando ni siquiera querían convocarle. Y con 19 años se fue a Euskadi, a Azpeitia, para ser algún día profesional. Cogió el teléfono y se ofreció al director, Juan González, director del equipo filial del Once. Pronto le vio Manolo Saiz. El técnico cántabro no lo dudó. Le vio hacer lo mismo que había hecho en Frascuelo. Con 20 años, en la presentación conjunta del Once y el filial, le dijo: «Tú no, Alberto, tú no poses con el Wurth. Tu foto es con la Once».
Venía de ganar en amateurs la Subida a Gorla y su primera victoria profesional fue la contrarreloj de la Vuelta a Polonia. El cóctel perfecto: un chico para el Tour. Su carrera. La conoció en 2005. Le enamoró. Pero antes, el 12 de mayo de 2004, llegó la enfermedad cerebral. Perdió el sentido en carrera. Casi se ahoga en su sangre. Dos días después le detectaron un cavernoma. El drama familiar. La imagen de Raúl, en la silla. «Podía quedarse sordo, o perder vista, o el sentido del humor y volverse irritable». Salió. Con el mismo carácter. Miró por la ventana del hospital Ramón y Cajal. Le habían recetado calma. Nada le decían de volver a la bicicleta. Pero él quería. Y pudo. Hacia delante. Como cuando de crío se perdió en el campo y acabó en el cuartelillo. Hacia arriba.
Desde entonces, han llegado el Tour, el Giro y ahora la Vuelta. Y la París-Niza y el País Vasco... Desde que Alberto volvió de la camilla, Paco, el padre, pasa muchas tardes tumbado en la cama. «Mi marido se acuesta cuando dan las etapas. No puede verlas. No lo soporta. Luego, se levanta y pregunta: «¿Qué ha pasado?». Eso, el Tour, el Giro y la Vuelta.

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