Publicado Domingo, 21-09-08 a las 11:58
No es el pueblo blanco de Serrat. Por Torres (1.665 habitantes) sí pasó la guerra, y la guadaña del odio fratricida (como en la mayor parte de la provincia de Jaén, como en casi toda España) dejó muescas devastadoras. Algunos corazones, como muchas de las casas, sólo muestran su cara enjabelgada y preservan sus rincones más oscuros, sus sombras y sus recelos, setenta años después.
El pueblo de Baltasar Garzón está colgado de Sierra Mágina, donde el pespunte de olivares —y de cerezos, seña de identidad local y de orgullo en flor, cada primavera— se ciñe a escarpados repechos, a treinta kilómetros de Jaén, a doce de Mancha Real y a cuarenta de Úbeda. Un rincón con acusada identidad y memoria histórica intransferible no siempre en sintonía con la que desde un despacho de la Audiencia Nacional está orquestando su hijo más célebre.
Torres está ahora en fiestas. Celebra a su patrón, el Cristo de la Columna, con una genuina verbena, degustación de gazpacho, cañones de espuma para los más pequeños, concurso de cintas, música y baile (al compás de la orquesta Iberis), fuegos artificiales, misa y procesión. Junto al parque borbotea la fuente donde los jubilados hacen tertulia.
Los dos tíos
Dos ancianos charlan sosegadamente y miran de reojo al cielo, que se está encapotando. Son Celedonio y Luis Real, tíos carnales de Baltasar Garzón. Hermanos de su madre, María, que ahora vive en Sevilla. Se ponen en guardia, en presencia de periodistas. «Nada de fotos —se encastilla Celedonio—. Nuestro sobrino nos lo tiene tajantemente prohibido. Ustedes parecen buena gente, pero en definitiva yo no sé quiénes son ustedes». Pese a la censura gráfica, no rehúyen la conversación: «De él —dicen casi al unísono, en referencia al «superjuez»— o de lo que hace o deja de hacer no nos pregunten nada. De lo demás, lo que quieran». Sorprende, después de estas admoniciones, la fogosidad con la que entran en harina cuando se les menciona la guerra civil: «¿Que si me acuerdo? —se enciende Celedonio, de 85 años—. Pues claro. No son cosas para olvidar. Yo no las olvido. Nuestro padre se libró por los pelos de que le mataran».
—¿Quiénes?
—Los rojos.
—¿A qué se dedicaba?
—A la tierra, era un hombre del campo.
—¿Entonces, por qué?
—Tenía sus ideas religiosas.
Según este relato de primera mano, el abuelo materno de Garzón fue víctima de la represión republicana en Torres, y sufrió implacable persecución durante la guerra. Sobrevivió, pero Celedonio no deja escapar la ocasión y apunta que el padre de su mujer tuvo menos suerte: «Lo mataron en pleno centro del pueblo. Una salvajada».
Una provincia castigada
Según apunta el historiador Luis Miguel Sánchez Tostado, que ha dedicado años al estudio exhaustivo de la guerra civil en Jaén, en la provincia (que quedó durante toda la contienda bajo mando republicano, salvo en la línea sur de Alcalá la Real, Lopera y Porcuna), los excesos tuvieron dos caras bien diferenciadas: «En toda la zona estaba muy enraizada la UGT y cuando se produjo el levantamiento militar brotaron en muchos pueblos ofensivas indiscriminadas contra derechistas. Cuando acabó la guerra cambiaron las tornas y hubo un afán de venganza, con fusilamientos masivos como el de la capital, en el que cayeron personas de casi todos los pueblos de la provincia». También de Torres, claro.
Ha contabilizado Sánchez Tostado más de cinco mil muertos en la provincia que no sucumbieron en el campo de batalla, sino brutalmente represaliados. Casi dos mil a manos de los republicanos y más de 3.300 por la respuesta de los vencedores. Es un número que, en su opinión, «revela la cruenta incidencia de la contienda en Jaén, pues en Almería, que es una provincia comparable en términos sociológicos y demográficos, hubo sólo seiscientos».
Los tíos maternos de Garzón no sólo no niegan, sino que certifican que hubo «vendetta» sangrienta: «Los que ganaron aplicaron el “tres por dos”». «Pero —resumen, significándose sin ambages— a fin de cuentas, ¿quién había empezado?». Por eso, aunque se guardan de hacer mención alguna de las últimas andanzas de su sobrino, volcado ahora sobre la fosa de Víznar donde supuestamente reposan los restos de Federico García Lorca, no les gusta que nadie tire de los hilos del pasado. Celedonio subraya su posición de forma tajante: «Que nadie cuente conmigo ni con mi voto para escarbar en las fosas ni para rebuscar calaveras, huesos o anillos». Los dos se levantan y se pierden calle abajo. Luis, apoyado en su bastón y en el brazo de Celedonio.
Los resentimientos quedaron más enquistados en esta zona que en otras porque, como destaca la cronista oficial de Torres, María José Sánchez Lozano, «siempre ha sido un pueblo reivindicativo. Ya en 1918 se pusieron aquí en marcha las colectividades agrarias. La primera de ellas, la Cooperativa El Porvenir. Y hubo muchas requisas de tierras».
El mayor de los tíos maternos de Garzón, Gabriel (ya fallecido) fue militar en el bando republicano, «pero sólo por casualidad», según relata su hermano Luis, de 92 años, porque el levantamiento de Franco «le pilló de permiso, aquí en el pueblo» y eso condicionó su posición en la contienda. Tanto Celedonio como Luis Real hablan de él con veneración: «Leía mucho, todo lo que caía en sus manos. Al acabar la guerra, salvó a un vecino de Albanchez, el pueblo de al lado, tiroteado en una cuneta. Lo llevó a cuestas gravemente herido, como un fardo. Hace poco, esa familia le hizo un homenaje».
De los Garzón, con los que emparentó su hermana María al casarse con Ildefonso, padre del magistrado, dibujan los Real un retrato respetuoso: «Gente más bien de izquierdas, pero decentes. Al final, sólo hay personas buenas o malas. Nada más».
—¿En qué trabajaban?
—También en el campo. Luego, el padre de Baltasar en el surtidor de gasolina.
Orgullosos de la fidelidad del juez a sus raíces en Sierra Mágina, los familiares de Garzón que aún residen en Torres quieren preservar la privacidad que el pueblo brinda al magistrado. La columna vertebral de la localidad, la antigua calle Mayor, se llama desde hace quince años «Baltasar Garzón Real», aunque la nueva denominación no cuaje en el lenguaje popular, como es lógico. En esa arteria principal está la casa familiar de los Real, recientemente rehabilitada, donde recala con frecuencia el titular del Juzgado Central de Instrucción número 5. Cuentan sus parientes que a Garzón le encantan los saraos familiares «donde se juntan más de cuarenta», y que él es siempre el perejil de la fiesta: «El más “salao”». Eso es lo que se dice en voz alta. Porque, en un registro más confidencial, algunos de los Real desaprobaron los coqueteos del magistrado con la política cuando se presentó como número dos del PSOE, a la sombra de Felipe González.
No sólo «los risicas» y «los paticas»
Obviamente, los episodios locales de «memoria histórica» en Torres no empiezan ni acaban en los Garzón (conocidos en el pueblo como «los risicas»), ni en los Real (que llevan por apodo «los paticas»). Muchos lugareños guardan memoria de horrores, en uno u otro plato de la balanza. Recuerdos habitualmente selectivos, sesgados por la impronta de lo sucedido a cada familia, que no equiparan culpabilidades. Pero en el día a día, ya desde hace años, todos «aparcan» sus fantasmas personales y buscan el equilibrio de la convivencia. Sin aparentes sobresaltos. En el cementerio, apartado del casco urbano y con espléndidas vistas a la mole rocosa del pico Almadén, existe aún una lápida mortuoria a los «Caídos por Dios y por España» del bando nacional en el pueblo de Torres. Fue en tiempos un monumento más ampuloso que se reemplazó después por un homenaje menos llamativo, en el que pervive, aunque desdibujada, el águila franquista. Entre las víctimas figura un tal Valentín Melgarejo Garzón, muerto en octubre de 1936.
Lo que sí derribó la llegada de la democracia fue el busto de bronce del general Díez de Villegas que durante años estuvo colocado en el centro del parque del pueblo y que, repudiado después, fue rodando por distintas dependencias municipales hasta acabar arrumbado en un almacén. Amigo íntimo de Felipe Rojas, alcalde de Torres durante casi todo el franquismo, Villegas se convirtió en benefactor del pueblo. El ex alcalde del PP Antonio Cobo relata que «gracias a él se llevó el agua corriente a las casas, porque todo lo que Rojas le pedía para Torres, lo concedía. Mantenían un vínculo muy estrecho desde que coincidieron en la División Azul. Hay quien conserva las cartas que les dirigían los vecinos, solicitando favores. ¡Hoy resultaría muy curioso ver quiénes eran algunos de los firmantes!».
Pero además de esa «memoria histórica» desdibujada por el tiempo y los relevos generacionales, han acaecido en Torres hechos recientes que han reavivado los recelos. El ex alcalde del Partido Popular relata cómo cuando él gobernaba el Consistorio promovió, tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, rebautizar el parque de la localidad, llamado hasta entonces «del pueblo de Torres» con el nombre del concejal del PP de Ermua: «Busqué el consenso con el PSOE para que la medida se adoptara por unanimidad. Y lo conseguí. Introdujimos en el texto las matizaciones que los socialistas pidieron y se llevó a cabo lo acordado. A fin de cuentas, homenajear a Miguel Ángel es u<CW-1>n acto de decencia democrática, no de ensalzar a alguien del PP».
La sorpresa llegó cuando en las municipales de 1999, el PSOE volvió a ganar el Ayuntamiento y, ya en el primer pleno de la nueva etapa, quitaron de un plumazo aquella denominación al parque: «¡A toda prisa!». El argumento fue, al parecer, «que alguien del País Vasco no tenía nada que ver con la historia de Torres. Un pretexto muy pobre»
Casi siempre en manos del PSOE
Desde 1979 en Torres ha gobernado siempre el PSOE, con excepción de la etapa de Cobo, entre 1995 y 1999. Ahora está al frente de la Corporación la socialista Elvira Sanjuán, quien relevó a su compañero de partido Manuel Molina hace apenas un mes. A Sanjuán, en un momento personal complicado porque acaba de dar a luz, la secunda la concejal de Cultura, Juani Moreno, alienada con la memoria histórica de los republicanos: «Tres miembros de mi familia murieron en los fusilamientos de Jaén, cuando acabó la guerra. Y a mi padre lo represaliaron con la falsa acusación de que había ayudado al bandolero Pajuelas, y lo tuvieron tres años encarcelado. En la frente le quedó la cicatriz de un culatazo. Fue una etapa muy dura. Hoy, todavía algunos nos miran por encima del hombro». Pese a ello, practica el examen de conciencia y concluye que «también había incultura, ignorancia... Ahora no se profanarían altares. Casi es mejor no menear determinadas cosas».
Los jóvenes tampoco están muy por la labor. Roberto Moreno, militante de Nuevas Generaciones y estudiante de Filología explica que trabajar para el Partido Popular en zonas rurales de Andalucía donde, como en Torres, pesa tanto la inercia del voto de izquierdas «es una labor sorda y difícil», aunque el desmontaje de prejuicios va calando. «En las últimas elecciones nos quedamos a sesenta votos del PSOE», dice, convencido de que la alternancia dejará pronto de estar vinculada a rencores o cuentas pendientes. Mientras, Baltasar Garzón, a espaldas de lo que piensan los suyos, los «paticas», trata de saldarlas a su modo.

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