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Publicado Viernes, 29-08-08 a las 09:38
La comparecencia ayer, cuando no se había cumplido una semana de la catástrofe, del responsable de la comisión de investigación del accidente de Barajas es la más dura descalificación de algunas informaciones que se han venido publicando. Algunas, con mejores intenciones que acierto, y otras por intereses espurios. Pero sean cuales fueren, desgraciadamente para nuestro oficio se hace necesario recordar que periodismo y especulación son términos tan antagónicos como verdad y mentira. Y sin embargo, en los días siguientes a una catástrofe aérea como la de la semana pasada en Barajas, el periodismo de especulación se adueña de los medios de información, con absoluto desprecio no sólo a valores como la ética y el respeto a las víctimas (entre las que, por cierto, suele estar el piloto) sino a la verdad.
Probablemente, a las nuevas generaciones estas palabras les suenen a chino, pero aunque sólo sea por afán didáctico habría que explicarles que existen dos axiomas en la aviación comercial: los aviones son unas máquinas tan perfectas que el accidente nunca se produce por una sola causa, sino por varias concatenadas; y no hay piloto —máxima autoridad a bordo del avión, por encima hasta del propietario de la compañía— que despegue sabiendo que pone en peligro la vida del pasaje; entre otras razones, porque, aunque sea verdad de Pero Grullo, también pone en peligro la suya.
En mi larga trayectoria como reportero me tocó cubrir informativamente las catástrofes aéreas ocurridas en nuestro país en las décadas de los setenta y los ochenta del siglo pasado. Y aunque la conclusión de las investigaciones suelen tardar meses, siempre estuve pendiente de conocer cuáles habían sido las causas de esos accidentes. Recuerdo especialmente la del Monte Oiz, un «727» de Iberia que se estrelló en febrero de 1985 en ese paraje de Euskadi al chocar una de sus alas con la antena de la televisión vasca instalada en la cima y en el que murieron sus 148 ocupantes. Al accidente le siguió un alarde del periodismo de especulación: se afirmó que el piloto había elegido la peor de las maniobras de aproximación al aeropuerto bilbaíno de Sondica; que el avión se estrelló porque piloto y copiloto iban distraídos hablando desenfadada y alegremente de su reciente huelga; e incluso que el avión había sido abatido por un misil tierra-aire de ETA, porque entre el pasaje figuraba un ex ministro de Franco, Gregorio López Bravo (en el periodismo de especulación también hay lugar para el sensacionalismo, como estamos viendo estos días).
Sin embargo, como se puede constatar en el informe de la Comisión que investigó el accidente, al que cualquiera puede acceder a través de la página web del ministerio de Fomento, la catástrofe fue debida a una concurrencia de causas: ni la elevación del Monte Oiz (1.026 metros sobre el nivel del mar) ni la antena de televisión instalada en su cima (más de 30 metros de altura) figuraban en la carta de navegación facilitada a la tripulación; el «727» llevaba un altímetro de tambor y aguja, y no digital, cuya lectura podía inducir a un error de mil pies, lo que había sido ya denunciado por el poderoso sindicato de pilotos estadounidense, y, de hecho, Boeing estaba sustituyéndolos por altímetros digitales; y piloto y copiloto malinterpretaron los avisos acústicos de la altitud que habían marcado en el ordenador de a bordo, entre otras razones porque, como revela el informe a través de casi doscientas pruebas realizadas, es en las maniobras de aproximación cuando piloto y copiloto están sometidos a un mayor esfuerzo de atención en distintos parámetros del vuelo. El informe del accidente del Monte Oiz, en fin, como los de todos los ocurridos en España, son la antítesis del periodismo de especulación.
Es, pues, la hora, en primer lugar, de la solidaridad con los heridos y con los familiares de todas las víctimas del accidente de Barajas; y después, la de la Comisión de Investigación de Accidentes Aéreos, de la que no forma parte Zapatero, que de Doñana pasó a su Babia particular (no debe ser casualidad que Babia sea una región leonesa) y con su imprudencia habitual visionó y comentó, antes de entregársela al juez, una corta grabación de vídeo del despegue del aparato siniestrado, y que llegó a afirmar con temeridad y desconocimiento impropios de un licenciado en Derecho, que se investigará el accidente hasta sus últimas consecuencias. Eso es tarea de los jueces —felizmente independiente del Ejecutivo, como aconsejaba el sabio Montesquieu— y de la Comisión de Investigación de Accidentes Aéreos, a la que, por cierto, el entonces ministro de Fomento Álvarez Cascos, dotó en su día de una mayor autonomía e independencia en organigrama del ministerio. Todo lo demás, lo dicho, periodismo de especulación.

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