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Domingo, 24-08-08
ESTE mes de septiembre hará siete años desde que empezó la intervención occidental en Afganistán, destinada a estabilizar y reconstruir un país que el oscurantismo teocrático de los talibanes había hecho retroceder -literalmente- más allá de la Edad Media. La operación militar fue respaldada por el consenso internacional y bendecida por las Naciones Unidas, por lo que se la consideró de alguna manera la «guerra buena» por contraposición a la «mala», que era la de Irak. Sobre el terreno se demuestra que los enemigos de la libertad no suelen entretenerse en consideraciones políticas como las que perturban las estrategias electorales en Occidente. Sencillamente las aprovechan. Como se ha visto con la muerte de diez soldados franceses en una emboscada, los talibanes saben muy bien cuáles son los objetivos que pueden tener más repercusión y, como ha dicho el ministro de Defensa galo Hervé Morin, «pretenden hacer dudar a los europeos» sobre la necesidad de apoyar esta operación.
La guerra de Afganistán sigue siendo el desafío más importante para la seguridad de Europa y Estados Unidos, no solamente porque una nueva «talibanización» del país volvería a favorecer la emergencia de un foco de difusión del terrorismo internacional, sino sobre todo porque Occidente perdería toda su credibilidad. Si la alianza militar más poderosa del mundo, la OTAN, no lograra imponer sus objetivos en Afganistán, difícilmente puede ser un mecanismo disuasorio para nadie, y sus cimientos políticos se desmoronarían como los de la Unión Soviética. La posibilidad de un fracaso en Afganistán debería ser excluida en cualquier caso.
Sin embargo, el respaldo social a la presencia militar aliada en Afganistán disminuye conforme la operación se prolonga en el tiempo o cuando se producen lamentables bajas entre los soldados que cumplen allí su misión. Por ello sería necesario que el conjunto de los aliados comprendiese que no es posible obtener resultados si no se suministran los medios necesarios para ello. La cuestión de cuántas tropas han de ser enviadas debería ser respondida con una fórmula de sentido común: las menos posibles, pero ni una menos de las que se necesitan para alcanzar sus objetivos. Las actitudes políticamente reticentes no son de gran utilidad cuando se trata de una situación en la que no se puede aceptar el fracaso colectivo. En el caso del Gobierno español, la cooperación con el Ejército de Colombia es un remedio positivo para aumentar el conjunto de los efectivos presentes sobre el terreno, pero el verdadero cambio ha de ser en las reglas de enfrentamiento de los soldados y en la ampliación de sus misiones hacia tareas más comprometidas con la lucha contra el terrorismo. Las malas relaciones con Rusia a raíz de su actitud en el caso de la República de Georgia no son un buen ingrediente para el buen desarrollo de las operaciones en Afganistán, puesto que una buena parte de los suministros militares para la ISAF se hace a través de su territorio. Tampoco sirve de ayuda la peligrosa inestabilidad de Pakistán, cuya frontera alberga la mayor zona de escondrijos de terroristas talibanes. Por ello, la solidaridad de todos los aliados es en este momento fundamental.
La OTAN ya ha tomado la decisión estratégica de prepararse para una guerra prolongada y muy probablemente Afganistán será objeto de debate en la campaña electoral norteamericana, por lo que es fundamental preservar el apoyo social a la guerra, a pesar de los lamentables errores que se han cometido durante los bombardeos en los que lamentablemente se producen bajas civiles. Naturalmente, también es necesario exigir al Gobierno afgano del presidente Hamid Karzai que cumpla con sus obligaciones se esfuerce más por instaurar estructuras sanas administrativas y de seguridad en el país, para hacer que el sacrificio de la OTAN tenga sentido también para los afganos.

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