Domingo, 24-08-08
Conocido es que «cobaya», en un sentido amplio, es todo aquel animal dedicado a la experimentación científica. Esto se sabe, pero ¿se ha preguntado alguna vez cuántos animales sirven a la Ciencia? Un informe británico acaba de aportar el dato: 115 millones en todo el mundo. Esa es la cifra de cobayas, perros, conejos, monos y sobre todo ratones, que se utilizan en experimentos de laboratorio. Aunque la cifra parezca exagerada, las organizaciones pro derechos de los animales que han realizado el informe, están convencidas de que el número es aún mayor.
El estudio es una estimación a partir de las comunicaciones publicadas en las revistas científicas. Dos organizaciones de activistas -Union for the Abolition of Vivisection y el Trust for Human Research- anotaron todos los trabajos en los que había animales involucrados y llegaron a más del millón de ejemplares. Es la primera vez que alguien realiza una estimación de este tipo.
EE.UU. y Japón, a la cabeza
Estados Unidos y Japón aparecen como los países que más animales utilizan (17 y 11 millones, respectivamente), seguidos del Reino Unido con 3,1 millones, y de Canadá, Francia y Australia con 2,3 millones. En declaraciones a la cadena BBC, Barbara Davies, directora de comunicación de la Sociedad en Defensa de la Investigación, se ha apresurado a rechazar los datos y asegura que, al contrario de lo que creen los activistas, la cifra no está sobreestimada sino «inflada». «El informe se basa en demasiadas especulaciones y extrapolaciones como para confiar en su fiabilidad».
El dato no ha caído bien entre el nutrido grupo de científicos que defiende la experimentación animal. Y más cuando son muchos los que se esfuerzan por buscar otros caminos para reducir al máximo la utilización de seres vivos.
Puede que al amparo de la ciencia se hayan ocasionado sufrimientos innecesarios. Pero eso ha cambiado, asegura Pere Puigdomenech, presidente de la comisión de bioética del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). «En la década de los 80 Europa adoptó un compromiso por el que se evita su utilización sistemática. Los investigadores deben justificar su uso y garantizar su bienestar en el laboratorio».
La presencia de cobayas, primates, cerdos y otros animales ha disminuido, poco a poco, en los centros de investigación. No así los ratones. Desde que se aprendió a manipular los genes de estos roedores para reproducir enfermedades humanas, los ratones transgénicos tienen cada vez más peso en la ciencia. Se pueden crear ratones «a la carta», con trastornos cardiovasculares, cáncer, diabetes y otra multitud de patologías complejas. Incluso las enfermedades infecciosas humanas se estudian en ratones que han sido alterados para ser susceptibles, por ejemplo, al virus del sida. Aunque un ratón nunca se infectaría con este virus.
El mejor banco de pruebas
Los ratones transgénicos son hoy el mejor modelo para entender patologías como el párkinson o el síndrome de Down, de las que aún sabemos muy poco. Y el banco de pruebas ideal, el organismo más «humano» en el que probar fármacos antes de intentarlo con el paciente. Son útiles en todos los campos de la biomedicina, desde la investigación básica más incipiente, hasta el desarrollo de nuevas terapias. Por eso, la experimentación con estos roedores tan especiales ha crecido «espectacularmente», reconoce Domenech. El uso de animales genéticamente modificados , sobre todo ratones, se ha cuadruplicado desde 1995.
Se utilizan más ratones, aunque no sin control. Su uso está regulado por la legislación y los comités de ética de los centros de investigación. El cuidado es esmerado. Cualquier manipulación que se les realice, por insignificante que parezca, debe justificarse y autorizarse previamente. «Hasta para cambiarle la dieta a un ratón debemos escribir un informe en el que debemos aportar precedentes en la literatura científica», señala Manuel Serrano, jefe del grupo de Supresión Tumoral del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO).
La investigación del cáncer no se entiende sin estos pequeños roedores. Se cuenta con ratones especialmente diseñados para desarrollar casi cualquier tipo de cáncer humano. La fidelidad con la que lo reproducen al detalle es cada vez más asombrosa, asegura Serrano. «Ni siquiera los patólogos son capaces de distinguir entre un cáncer humano y uno de ratón transgénico. Gracias a estos animales podemos encontrar genes responsables de la enfermedad oncológica y diseñar terapias que más tarde se trasladan a los pacientes».
Sin ellos no se hubiera llegado tan lejos. Pero, ¿podría prescindirse de ellos? Los científicos Puigdomenech y Serrano no lo dudan: «Hoy es irreal pensarlo». «Sería retroceder en el tiempo, quien propone estas cosas no se da cuenta de que es una irresponsabilidad. Detener la experimentación animal retrasaría la llegada de futuras terapias», dice Serrano.
«Es un dilema -señala el presidente de la comisión de bioética del CSIC-... Queremos usar menos animales pero es urgente desarrollar nuevos tratamientos».
Si no se puede renunciar a ellos, al menos se piensa que se aliviará su carga con nuevas estrategias. Ya existen sofisticados programas informáticos que recrean la reacción del organismo a determinados fármacos, como si fueran reales. Hasta el punto de que en la pantalla de un ordenador se puede ver cómo un corazón virtual cambia su latido cuando se le trata la arritmia.
Las todopoderosas células madre también pueden ayudar. Hace unas semanas investigadores estadounidenses lograron reprogramar unas células de la piel y devolverlas a un estadio primitivo, similar al de las células embrionarias. La piel pertenecía a un grupo de pacientes que tenían en común el padecer una enfermedad originaria por una alteración genética. Lo que se obtuvo fueron líneas celulares que servirían como modelo de estudio de diez enfermedades genéticas tan complejas como el síndrome de Down, la diabetes tipo 1 o el párkinson. El comienzo para estudiar miles de patologías en una placa de Petri.
Otro trabajo reciente demostraba cómo con la misma técnica se podían conseguir neuronas a partir de la piel de una paciente con esclerosis lateral amiotrófica. Era el momento de estudiar la enfermedad directamente en neuronas genéticamente destinadas a desarrollar ese trastorno. La evolución de la enfermedad, en directo en una placa de laboratorio.
Técnicas de imagen
La tercera alternativa a la investigación animal son las técnicas de imagen. Los escáneres más avanzados ofrecen una oportunidad a la investigación menos invasiva. Con la resonancia magnética y otras técnicas de imagen se pueden estudiar dolencias en el paciente sin causarle ningún daño.
Adicciones y trastornos psiquiátricos ya se estudian comparando las imágenes del cerebro de voluntarios sanos y pacientes. Con resonancia también hay estudios en marcha que pretenden entender las causas genéticas y factores ambientales que determinan la obesidad. ¿Por qué con la misma alimentación, unos permanecen obesos y otras mantienen o su peso? ¿o por qué algunos obesos padecen diabetes tipo 2 y otros no? La resonancia magnética es una herramienta impresionante, pero no responde a todas las preguntas.
«Al final, siempre se vuelve a los animales», recuerda Pere Domenech. Después de los estudios con resonancia y de probar un fármaco con cultivos celulares, se ensayará en ratones y quizá en primates. Y sólo al final del proceso se dará a un paciente.

Enviar a:

¿qué es esto?


Más noticias sobre...