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Cartier - Bresson: La mirada interior
Actualizado Jueves, 21-08-08 a las 11:01
Fotógrafo, pintor, teórico de la imagen, documentalista, fundador de una cooperativa legendaria, Magnum, testigo excepcional de las grandes convulsiones del siglo XX, Henri Cartier-Bresson (1908-2004) hubiese cumplido mañana 100 años. París y Nueva York lo recuerdan como a uno de los grandes patriarcas de la fotografía de su tiempo.
La Fundación HCB presentará, a partir del próximo 10 de septiembre, la gran exposición del centenario: «Henri Cartier-Bresson-Walker Evans». Tras la magna retrospectiva de la BNF, todavía reciente, (ABC, 28 abril 2003, «Cartier-Bresson, antes del beso»), los amigos del patriarca han deseado una celebración honda y austera: apenas medio centenar de imágenes, tomadas entre 1929 y 1943, en los EE.UU.
A través del diálogo indirecto de las obras de Cartier-Bresson y Walker Evans, la Fundación HCB desea subrayar algunos de los aspectos centrales de una obra fotográfica excepcional: la contemplación artística y arquitectónica de la realidad, muy alejada del «virtuosismo» técnico, sirviéndose de una técnica armoniosa y perfecta para desvelar los más hondos misterios espirituales de la realidad, a flor de piel. Por su parte, varios grandes museos parisinos y neoyorquinos, comenzando por el Petit Palais y el MoMA, han organizado varios coloquios cosmopolitas, en los que participarán fotógrafos, especialistas, historiadores, directores de museos, biógrafos, coleccionistas, teóricos del arte y la imagen, avanzando nuevas visiones de un legado que no ha dejado de crecer, desde que el artista decidió abandonar la fotografía para consagrarse definitivamente al dibujo, la pintura y el retrato íntimo.
En definitiva, mucho antes que fotógrafo, HCB fue un aventajado pintor, formado en la escuela de André Lothe. De aquella primera época datan sus amistades literarias y artísticas, tan esenciales en la decisión final de inclinarse por la fotografía, a partir de los años 20 y 30 del siglo XX. Sus reportajes sobre la Guerra Civil española, sin ocultar sus muy vivas simpatías por la CNT-FAI culminan la primera fase de su obra, entre el descubrimiento de los EE.UU. (el tema central de la gran expo. del centenario) y el descubrimiento de la inmensa tragedia del Holocausto sacrílego de los campos de concentración nazis.
«Victoire de la vie» (1937) y «L’Espagne vivra» (1938) fueron sus dos primeros documentales, seguidos de «Le retour» (1945), su película sobre la vuelta de los supervivientes de Auschwitz, Buchenwald, etc. Entre el joven pintor postimpresionista y el joven fotógrafo que descubre los horrores de la historia, en Alicante, en el París liberado por los españoles de la División Leclerq se ha consumado una metamorfosis definitiva.
Siguiendo los consejos de su amigo Robert Capa, y, sobre todo, escuchando su propia voz interior, Cartier-Bresson continuó en la inmediata segunda posguerra mundial un largo peregrinaje de viajes por Europa, los EE.UU., las Américas, India, China, África, enriqueciendo en cada etapa una técnica excepcional, de una limpieza sobria, absoluta, al servicio de una «mirada interior» que habla de la «arquitectura espiritual» bien presente en toda su obra. Sus testimonios íntimos sobre la Depresión estadounidense, la Rusia soviética, la independencia de la India, la «emergencia» de Canadá, Cuba, México, China, Pakistán, Indonesia, etc., nos hablan de fabulosas aventuras morales, de primera importancia para la historia de la fotografía.
El Cartier-Bresson «teórico» de la fotografía ya había pasado a la historia de las ideas estéticas de su arte, echando los cimientos de su concepción del «instante decisivo»: el fotógrafo que asiste, alumbrado, él mismo, al misterioso instante en que se revela a su mirada un acontecimiento, una fisonomía, un juego de luces, una figura forzosamente angelical, una situación que ilustra de manera definitiva el instante en que la mirada del fotógrafo descubre la gracia única de la naturaleza gloriosa, cuya totalidad algo tiene de divino, a la manera de los budistas o Spinoza, tradiciones filosóficas muy próximas a la obra toda de HCB, indisociable de la pintura y la gran literatura universal.
A finales de los años 60 del siglo pasado, tras haber sido uno de los testigos más gloriosos de las jornadas de Mayo de 1968, en París, Cartier-Bresson dio por concluida su relación pública con la fotografía. Seguiría fotografiando intimidades, pero lo esencial de su trabajo artístico sería, desde entonces, el dibujo, la pintura, tras su matrimonio con otra fotógrafa excepcional, Martine Frank.
El fotógrafo vuelve a la pintura
De su primera vocación pictórica, HCB guardó siempre lo esencial: el arte de la línea y la composición. Amigo, retratista y «colega» de Picasso, Braque, Matisse o André Breton, Cartier-Bresson fue inmune a todos los «virus vanguardistas» de su época. Como fotógrafo, sus recursos esenciales siempre fueron de una austeridad franciscana: objetivos de 50 mm. y película TriX. La excelencia olímpica de su técnica y materiales, sin embargo, estaban al servicio de una «arquitectura íntima» (la del «instante decisivo») sencillamente alejada, si no antagónica, de las convulsiones surrealistas y vanguardistas. En su caso, como en el de su viejo amigo André Pieyre de Mandiargues, las convulsiones de la historia, la carne, el arte, son tratadas a través del Gran Estilo.
Quizá el elogio más hondo de Cartier-Bresson lo hizo Jorge Luis Borges, en 1986, con motivo de la entrega del premio Novecento, en Palermo: «Puesto que soy ciego, deseo expresarle mi gratitud por su mirada». A su manera, Borges subrayaba que la «mirada interior» y la «cosa mental» del gran arte echan los cimientos de una arquitectura espiritual que confiere un alma a las cosas humanas, que serían algo mucho más desesperado y deshilachado sin esa mirada gloriosa.

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