A caballo entre dos tronos, el de Margrethe II y el de su consorte Henrik, tumbada sobre la mesa barroca de oro donde se celebran los Consejos de Estado y apoyada en una de las columnas doradas del salón del Trono, totalmente desnuda, tal y como Dios la trajo al mundo y en unas posturas groseras y poco estéticas, una conocida prostituta ha asombrado a los daneses y causado un gran escándalo en el vecino reino al aparecer de esa guisa en real Salón de Audiencias. Las fotos publicadas por el «Se og Hør» en un principio, y más tarde por toda la prensa en la Red, han sido motivo de protestas y alboroto como lo hicieran en su día las famosas caricaturas de Mahoma.
Sín embargo, entonces como ahora, aunque los politicos califican de «profanación» lo ocurrido y los ciudadanos piden represalias, es de todos sabido que en esta nación, donde se respeta la Ley de Libertad de Prensa hasta sus límites más extremos, nada ni nadie puede intervenir para remediar esa ofensa a la Monarquía. El único camino sería una demanda contra los diarios que publican esas fotos.
Por si esto fuera poco la televisión danesa informó ayer que, según el director de la citada revista, este mismo lunes se pondrá a la venta un número especial con todas y cada una de las instantaneas originales, son nada menos que 29, protagonizadas por esa mujer.
Al margen de la indignación general y del terremoto informativo que han generado esas instantaneas que rozan lo pornográfico, nadie se explica como se han burlado las barreras de seguridad que rodean Christianborg, o Castillo de Christian. Jens Greve, administrador de la fortaleza ha comentado que «todo es un misterio» y que, aunque esos sistemas son excelentes, se revisará el proceso de seguridad y alarma.
A todo esto la Reina, que ha sido informada de lo ocurrido, siempre fiel a sus principios, no se ha pronunciado sobre el caso