Al son de la canción “Popeye el marino soy” y con los marineros brindando con latas de cerveza, una flotilla de seis embarcaciones zarpó ayer del puerto de Shimonoseki, al oeste de Japón, con una controvertida misión que ya ha sido duramente criticada por los grupos ecologistas internacionales: cazar 50 ballenas jorobadas en el Océano Antártico.
Dicha especie se encuentra protegida desde que, en 1963, entrara en vigor en los mares del sur una moratoria que se convirtió en prohibición mundial tres años más tarde, ya que en esa época apenas quedaban unos 1.200 ejemplares. Desde entonces, sólo se ha permitido a algunas tribus aborígenes del Caribe cazar una o dos ballenas jorobadas al año dentro de un programa de ayuda a dichos pueblos.
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Un grupo de turistas fotografía desde un barco a una ballena jorobada en Puerto López (Ecuador). AFP
Gracias a tal prohibición, algunos expertos consideran que la población de este cetáceo se ha multiplicado hasta situarse entre 30.000 y 40.000 individuos, una cifra considerable pero que supone sólo un tercio de los que había antes de las modernas técnicas de caza de ballenas. Por ese motivo, la ballena jorobada ha pasado de estar en peligro de extinción a ser un animal considerado “vulnerable” dentro de la lista que elabora la Unión Mundial para la Conservación.
Una circunstancia que ha sido aprovechada por la potente industria ballenera nipona para incluir a dicha especie dentro de los objetivos de su expedición anual. Comandada por el descomunal buque Nisshin Maru, de 8.044 toneladas, esta misión se propone atrapar, junto a las 50 jorobadas, 935 ballenas Minke, de menor tamaño, y otro medio centenar de Fin, el segundo animal más grande del mundo tras la ballena azul.
En total, serán unos 1.035 ejemplares que los pescadores japoneses podrán capturar aprovechando los vacíos legales que dejó en 1986 la moratoria dictada por la Comisión Ballenera Internacional. Y es que, aunque la caza de este animal para fines comerciales se encuentra prohibida, sí está permitida cuando se hace con fines científicos. Un eufemismo en el que se refugia el Gobierno japonés para permitir que sus pescadores sigan realizando una tradición con varios siglos de antigüedad, ya que la carne de ballena es un manjar que se ofrece al público en numerosos restaurantes nipones.
“La investigación científica que llevemos a cabo nos servirá para levantar la moratoria sobre la caza comercial”, desafió el director de la Agencia de Pesca de Japón, Shuji Yamada, en la ceremonia de despedida de la flota. Para ello, se ha puesto en marcha la mayor expedición de la historia ballenera en el imperio del Sol Naciente, que cazará hasta el próximo mes de abril más del doble de los animales capturados hace una década.
Desde 1986, se calcula que Japón ha matado casi 10.500 ballenas, la mayoría Minke y Bryde, insistiendo además cada año en acabar con una moratoria a la que que también se oponen Islandia y Noruega.
A pesar del ambiente festivo que predominó al zarpar la flota de Shimonoseki, donde los familiares de los marineros agitaban unas irónicas banderas con dibujos de sonrientes ballenas, la expedición está marcada por la polémica e incluso podría acarrearle a Japón más de un conflicto diplomático.
De hecho, un barco de Greenpeace, el “Esperanza”, ya está esperando a la flota para seguirla hasta el Océano Antártico con el fin de grabar allí la caza de las ballenas. Además, otro grupo ecologista más radical, The Sea Shepherd Conservation Society, ha ideado la “Operación Migaloo”, un tipo de jorobada albina admirada en Australia, para detener a los balleneros.
“Son violentos terroristas medioambientales, por lo que debemos luchar contra su hipocresía y sus mentiras”, criticó a los ecologistas el jefe de la misión, Hajime Ishikawa.
Mientras tanto, el Gobierno australiano también ha protestado contra la inclusión de las ballenas jorabadas en el objetivo de la expedición, ya que este animal, de hasta 40 toneladas de peso, atrae cada año a un millón y medio de personas que acuden al mar para contemplar sus migraciones y sus espectaculares saltos sobre el agua.
Si la flota japonesa tiene éxito, el año próximo no verán a 50 de estos cetáceos porque en el archipiélago nipón, donde ha proliferado una potente industria pesquera que ha hecho del “sushi” y el “sashimi” un emblema de su gastronomía, la carne de ballena también resulta muy apreciada por los consumidores. De hecho, se puede servir de distintas maneras, desde frita hasta cruda o empanada, y su sabor depende de la región y del tipo de especie cocinada.
Regada con un buen “sake” o acompañando a una sopa “miso”, se pueden mojar sus trozos de carne cruda con una salsa de soja con ajo, aunque su color oscuro y su textura pastosa no la hacen demasiado apetecible al ojo. Pero hay quien defiende que la carne de la cola es buena como “sashimi” porque se parece al atún.
No obstante, es un manjar para unos pocos. Hace cinco años, un sondeo realizado por el diario nipón “Asahi Shimbun” revelaba que sólo el 4 por ciento de los japoneses comían carne de ballena.
Asimismo, algunos científicos han alertado de que varias especies de ballenas presentan altos niveles de mercurio por la contaminación, por lo que han desaconsejado su consumo.
En teoría, la caza de las ballenas en Japón debería tener sólo fines científicos y su pesca comercial está prohibida, pero lo cierto es que la carne de los ejemplares capturados suele acabar en los mercados y restaurantes, ya que la industria nipona atrapa cada año un millar de estos cetáceos.