BAMYAN. “La
reconstrucción cuesta muchos millones de dólares y aquí es más urgente la
construcción de escuelas, hospitales o la llegada de la electricidad y el agua
corriente, ¿para qué nos sirven unos budas de piedra?”. Aga Sher es el propietario del hotel Roof
of Bamyan, desde cuya terraza se tiene
una vista soberbia de la enorme pared en la que hasta hace siete años los dos
budas gigantes presidían el valle. Hoy sólo quedan los dos huecos vacíos, de 53
y 37 metros respectivamente, y las dudas de una población ya acostumbrada a
vivir sin la presencia de las enormes estatuas y que no tiene muy claro qué va
a ocurrir con ellas. Dos enormes cicatrices en un marco incomparable que desde
hace más de mil años y hasta la llegada de los talibanes al poder servía de
unión de culturas y religiones. Pero los seguidores del mulá Omar hicieron su
labor a conciencia y llevaron su ideario fundamentalista hasta las últimas
consecuencias. Tras varios días de infructuoso trabajo a base de disparos desde
tanques y lanzamiento de cohetes, finalmente decidieron encargar la labor a
artificieros de Pakistán, según la versión local de los hechos, y a mediados de
marzo de 2001 consiguieron separar definitivamente a los dos gigantes de la
pared y reducirlos a pedazos. No había sitio para buda en el emirato talibán.

Bamyan se
encuentra a menos de trescientos kilómetros al oeste de Kabul, pero se tarda
cerca de diez horas en llegar a través de una sucesión de pistas de montaña que
van surcando valles y bordeando ríos. Este antiguo punto clave en la Ruta de la
Seda, donde en los siglos V y VI fueron esculpidos los budas gigantes en una de
sus montañas de arenisca, es hoy un bazar insulso de chabolas de metal y madera
que se ha ido construyendo con el paso de los años apartado de la Bamyan
antigua, la ciudad de adobe que descansaba a los pies de los budas, que hoy
está tan muerta y destruida como las estatuas.
La entrada al
lugar arqueológico cuesta trescientos afganis –cuatro euros –y es el propio
director de Monumentos de Bamyan quien vende los billetes. Nasir Mudabir, junto
a un vigilante, son los dos únicos empleados fijos que la administración
mantiene para el cuidado del lugar. De forma temporal, también llegan media docena
de funcionarios de la Unesco, que están a punto de terminar la labor de
recolección y clasificación de los fragmentos de las estatuas. Los restos,
miles de piedras de muy diferentes tamaños, descansan bajo toldos blancos con
el logotipo de Naciones Unidas impreso en color azul. “Hemos concluido una
primera fase de trabajo. Primero se repararon los niños, que tras la explosión
estaban en serio riesgo de colapso, luego se limpió la zona de minas y se
procedió a la colecta y clasificación de los restos, porque cada piedra es un
monumento por sí misma. Ahora hay que prevenir las excavaciones ilegales e
iniciar un plan de gestión”, informa el arqueólogo australiano de Unesco,
Brendan Cassar, desde su oficina de Kabul. Los funcionarios de la ONU trabajan
en Bamyan una media de seis meses al año, el tiempo que las bajas temperaturas
lo permiten.
El presupuesto
del organismo internacional para Bamyan no llega a los dos millones de euros,
una cantidad que debe cubrir las labores realizadas desde 2003, fecha en el que
este lugar fue incluido en la lista de Patrimonio de la Humanidad, hasta 2011.
“Es uno de los lugares calificado como monumentos en peligro, así que en estos
ocho años nuestro objetivo es poderle sacar de esta lista. Unesco no tiene el
mandato de rehabilitar las estatuas, eso es labor de las autoridades locales.
Pretendemos conservar lo que nos queda de la mejor manera posible”, destaca
Cassar.
‘Hiroshima’ afgano
El ministerio de
Cultura afgano no se ha pronunciado de forma oficial al respecto, pero la gobernadora
local de Bamyan, Habiba Sarabi, única mujer que ocupa un cargo tan alto en el
país, piensa que “se tendría que reconstruir al menos un buda, porque eso
reactivaría económicamente la zona. Muchos turistas vendrían de nuevo a Bamiyan
y la gente de aquí podría sacar provecho”. El responsable de la Fundación
Agha Khan, Amir Foladi, coincide con la gobernadora y tras analizar los restos
recolectados hasta el momento piensa que “se dispone al menos del 20% de la
escultura original, así que en el caso del mayor de los budas podríamos
plantearnos la reconstrucción por medio de anastilosis (reconstrucción de un edificio antiguo obtenida mediante
la reunión en él de sus elementos arquitectónicos dispersos), como hacen
en Grecia. El otro lo dejaría vacío, como un símbolo de lo que ha sufrido este
lugar, sería una especie de Hiroshima a la afgana”.
Respecto al
debate sobre si un país en plena reconstrucción como Afganistán debería
destinar dinero a este tipo de lugares, Habiba Sarabi aclara que “los fondos de
la Unesco tampoco se podrían destinar a las personas, no se pueden mezclar las
ayudas”. Los expertos se quejan amargamente de la falta de presupuesto y
destacan una y otra vez “la importancia de conservar el patrimonio para el
nacimiento de un nuevo país”, pero en las calles de Bamyan la población ya se
ha acostumbrado a vivir sin los budas e insiste en que las necesidades básicas
están por encima del patrimonio cultural. Aunque ya poca gente vive en cuevas,
las condiciones de vida son muy duras en un valle por donde históricamente ha
discurrido la Ruta de la Seda, la importante vía de comercio entre Oriente y
Occidente, pero por donde ahora apenas pasa un camino polvoriento y sin
asfaltar en el que es complicado superar los cinco kilómetros por hora.
“No es un tema
de dinero, es un asunto étnico y religioso. Si Bamyan estuviera en Kandahar y
en vez de un buda, hubiera sido una mezquita gigante, se destinaría todo el
dinero del mundo. Pero no se puede olvidar que somos azaras, no pastunes, y
chiís. El gobierno de Kabul nunca consentirá que este lugar resucite”, lamenta Amir
Foladi. La última vez que vio los budas en pie fue a mediados de los noventa.
Recuerda como subía hasta la cabeza de las estatuas y se pasaba horas
contemplando el paisaje. Hoy los caminos interiores siguen abiertos. Estrechas
y empinadas escaleras serpentean en la roca y permiten admirar el paisaje, es
lo único que los talibanes no pudieron llevarse. Desde esta escalera se puede
acceder a pequeñas salas donde los monjes budistas vivían y oraban. No quedan
apenas restos de la pintura original, que ha sido sustituida por pintadas en
árabe y las pequeñas tallas decorativas con la imagen de buda fueron arrancadas
una a una, “y muchas de ellas se vendieron en Peshawar”, recuerda Foladi, uno
de los grandes expertos sobre las estatuas que quedan en el lugar.
“Antes éramos famosos por los budas, hoy sólo nos conocen por las
patatas”, señala Mohamed, dueño de dos de las cuatro tiendas de recuerdos que
permanecen abiertas en el pueblo. Cuadros pintados a mano, bandejas grabadas
con las figuras y postales son los únicos objetos que tienen relación con las
estatuas gigantes, el resto de material a la venta proviene de la artesanía
local. No hay datos precisos sobre la llegada de turistas, pero los
responsables de monumentos de la ciudad registraron en 2007 a dos mil
extranjeros y calculan que otros dos mil podrían haber visitado el lugar sin
pasar por taquilla. Una cifra nada mala para un país en la situación de
Afganistán. Bamyan se ha convertido en una escapada segura para los miles de
diplomáticos y funcionarios de Naciones Unidas que trabajan en el país y que
debido a los problemas de seguridad tienen muy restringidos sus movimientos.
Esta llegada de expatriados con fuerte poder adquisitivo ha provocado incluso
la apertura de un hotel de lujo, acorde con los estándares occidentales, a
pocos metros de los nichos donde descansaban los budas.