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Mikel Ayestaran desde Oriente Medio
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Otras visiones del mundo

Bamyan, la gran cicatriz del régimen Talibán

por Mikel Ayestaran desde Oriente Medio

BAMYAN. “La reconstrucción cuesta muchos millones de dólares y aquí es más urgente la construcción de escuelas, hospitales o la llegada de la electricidad y el agua corriente, ¿para qué nos sirven unos budas de piedra?”.  Aga Sher es el propietario del hotel Roof of  Bamyan, desde cuya terraza se tiene una vista soberbia de la enorme pared en la que hasta hace siete años los dos budas gigantes presidían el valle. Hoy sólo quedan los dos huecos vacíos, de 53 y 37 metros respectivamente, y las dudas de una población ya acostumbrada a vivir sin la presencia de las enormes estatuas y que no tiene muy claro qué va a ocurrir con ellas. Dos enormes cicatrices en un marco incomparable que desde hace más de mil años y hasta la llegada de los talibanes al poder servía de unión de culturas y religiones. Pero los seguidores del mulá Omar hicieron su labor a conciencia y llevaron su ideario fundamentalista hasta las últimas consecuencias. Tras varios días de infructuoso trabajo a base de disparos desde tanques y lanzamiento de cohetes, finalmente decidieron encargar la labor a artificieros de Pakistán, según la versión local de los hechos, y a mediados de marzo de 2001 consiguieron separar definitivamente a los dos gigantes de la pared y reducirlos a pedazos. No había sitio para buda en el emirato talibán.

 

Bamyan se encuentra a menos de trescientos kilómetros al oeste de Kabul, pero se tarda cerca de diez horas en llegar a través de una sucesión de pistas de montaña que van surcando valles y bordeando ríos. Este antiguo punto clave en la Ruta de la Seda, donde en los siglos V y VI fueron esculpidos los budas gigantes en una de sus montañas de arenisca, es hoy un bazar insulso de chabolas de metal y madera que se ha ido construyendo con el paso de los años apartado de la Bamyan antigua, la ciudad de adobe que descansaba a los pies de los budas, que hoy está tan muerta y destruida como las estatuas.

 

La entrada al lugar arqueológico cuesta trescientos afganis –cuatro euros –y es el propio director de Monumentos de Bamyan quien vende los billetes. Nasir Mudabir, junto a un vigilante, son los dos únicos empleados fijos que la administración mantiene para el cuidado del lugar. De forma temporal, también llegan media docena de funcionarios de la Unesco, que están a punto de terminar la labor de recolección y clasificación de los fragmentos de las estatuas. Los restos, miles de piedras de muy diferentes tamaños, descansan bajo toldos blancos con el logotipo de Naciones Unidas impreso en color azul. “Hemos concluido una primera fase de trabajo. Primero se repararon los niños, que tras la explosión estaban en serio riesgo de colapso, luego se limpió la zona de minas y se procedió a la colecta y clasificación de los restos, porque cada piedra es un monumento por sí misma. Ahora hay que prevenir las excavaciones ilegales e iniciar un plan de gestión”, informa el arqueólogo australiano de Unesco, Brendan Cassar, desde su oficina de Kabul. Los funcionarios de la ONU trabajan en Bamyan una media de seis meses al año, el tiempo que las bajas temperaturas lo permiten.

 

El presupuesto del organismo internacional para Bamyan no llega a los dos millones de euros, una cantidad que debe cubrir las labores realizadas desde 2003, fecha en el que este lugar fue incluido en la lista de Patrimonio de la Humanidad, hasta 2011. “Es uno de los lugares calificado como monumentos en peligro, así que en estos ocho años nuestro objetivo es poderle sacar de esta lista. Unesco no tiene el mandato de rehabilitar las estatuas, eso es labor de las autoridades locales. Pretendemos conservar lo que nos queda de la mejor manera posible”, destaca Cassar.

 

‘Hiroshima’ afgano

El ministerio de Cultura afgano no se ha pronunciado de forma oficial al respecto, pero la gobernadora local de Bamyan, Habiba Sarabi, única mujer que ocupa un cargo tan alto en el país, piensa que “se tendría que reconstruir al menos un buda, porque eso reactivaría económicamente la zona. Muchos turistas vendrían de nuevo a Bamiyan y la gente de aquí podría sacar provecho”. El responsable de la Fundación Agha Khan, Amir Foladi, coincide con la gobernadora y tras analizar los restos recolectados hasta el momento piensa que “se dispone al menos del 20% de la escultura original, así que en el caso del mayor de los budas podríamos plantearnos la reconstrucción por medio de anastilosis (reconstrucción de un edificio antiguo obtenida mediante la reunión en él de sus elementos arquitectónicos dispersos), como hacen en Grecia. El otro lo dejaría vacío, como un símbolo de lo que ha sufrido este lugar, sería una especie de Hiroshima a la afgana”.

 

Respecto al debate sobre si un país en plena reconstrucción como Afganistán debería destinar dinero a este tipo de lugares, Habiba Sarabi aclara que “los fondos de la Unesco tampoco se podrían destinar a las personas, no se pueden mezclar las ayudas”. Los expertos se quejan amargamente de la falta de presupuesto y destacan una y otra vez “la importancia de conservar el patrimonio para el nacimiento de un nuevo país”, pero en las calles de Bamyan la población ya se ha acostumbrado a vivir sin los budas e insiste en que las necesidades básicas están por encima del patrimonio cultural. Aunque ya poca gente vive en cuevas, las condiciones de vida son muy duras en un valle por donde históricamente ha discurrido la Ruta de la Seda, la importante vía de comercio entre Oriente y Occidente, pero por donde ahora apenas pasa un camino polvoriento y sin asfaltar en el que es complicado superar los cinco kilómetros por hora.

 

“No es un tema de dinero, es un asunto étnico y religioso. Si Bamyan estuviera en Kandahar y en vez de un buda, hubiera sido una mezquita gigante, se destinaría todo el dinero del mundo. Pero no se puede olvidar que somos azaras, no pastunes, y chiís. El gobierno de Kabul nunca consentirá que este lugar resucite”, lamenta Amir Foladi. La última vez que vio los budas en pie fue a mediados de los noventa. Recuerda como subía hasta la cabeza de las estatuas y se pasaba horas contemplando el paisaje. Hoy los caminos interiores siguen abiertos. Estrechas y empinadas escaleras serpentean en la roca y permiten admirar el paisaje, es lo único que los talibanes no pudieron llevarse. Desde esta escalera se puede acceder a pequeñas salas donde los monjes budistas vivían y oraban. No quedan apenas restos de la pintura original, que ha sido sustituida por pintadas en árabe y las pequeñas tallas decorativas con la imagen de buda fueron arrancadas una a una, “y muchas de ellas se vendieron en Peshawar”, recuerda Foladi, uno de los grandes expertos sobre las estatuas que quedan en el lugar.

 

“Antes éramos famosos por los budas, hoy sólo nos conocen por las patatas”, señala Mohamed, dueño de dos de las cuatro tiendas de recuerdos que permanecen abiertas en el pueblo. Cuadros pintados a mano, bandejas grabadas con las figuras y postales son los únicos objetos que tienen relación con las estatuas gigantes, el resto de material a la venta proviene de la artesanía local. No hay datos precisos sobre la llegada de turistas, pero los responsables de monumentos de la ciudad registraron en 2007 a dos mil extranjeros y calculan que otros dos mil podrían haber visitado el lugar sin pasar por taquilla. Una cifra nada mala para un país en la situación de Afganistán. Bamyan se ha convertido en una escapada segura para los miles de diplomáticos y funcionarios de Naciones Unidas que trabajan en el país y que debido a los problemas de seguridad tienen muy restringidos sus movimientos. Esta llegada de expatriados con fuerte poder adquisitivo ha provocado incluso la apertura de un hotel de lujo, acorde con los estándares occidentales, a pocos metros de los nichos donde descansaban los budas.

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