"Arirang": el arte de la gimnasia como propaganda
Pablo M. Díez desde Pekín
ENVIADO ESPECIAL PYONGYANG. ¿Hay algún país del mundo que pueda celebrar cada noche, y durante cuatro meses, una ceremonia similar, o incluso más brillante y multitudinaria, que la inauguración de unos Juegos Olímpicos? La respuesta es sí y, por increíble que parezca, dicho Estado es Corea del Norte, una de las naciones más pobres y aisladas de la Tierra y donde sus habitantes sólo pueden comer los cuatro alimentos racionados que les suministra el Gobierno. A pesar de tales penurias, este régimen, el último plenamente comunista del mundo, mantiene a la población en permanente estado de movilización, ya sea por la constante amenaza de guerra con Estados Unidos o por los numerosos desfiles o celebraciones en honor del caudillo del país, Kim Jong-il. Junto a las espectaculares marchas militares y de antorchas que tuvieron lugar el pasado 25 de abril, y que congregaron a más de 100.000 personas en la plaza Kim Il-sung de Pyongyang, en el Estadio Primero de Mayo tienen lugar todas las noches los sobrecogedores Juegos de Gimnasia Masiva “Arirang”. La mitad de ellas ocupan completamente uno de los graderíos del estadio, donde van dibujando descomunales murales de temas revolucionarios con las láminas que cada uno de los asistentes tiene entre sus brazos, y que cambia en perfecta sincronía con sus compañeros para formar nuevas imágenes. Mientras tanto, en el césped de este futurista coliseo, cuyo techo simboliza una flor abierta o un paracaídas desplegado, se suceden una serie de cuadros protagonizados por acróbatas, equilibristas y bailarines que sirven para adoctrinar a la población en la ideología “juche”, creada por Kim Il-sung a partir de las raíces del comunismo. Para ello, nada mejor que un espectáculo de masas tan grandioso que sea capaz de epatar al público. Desde todos los puntos del país, el Gobierno trae a los campesinos de las cooperativas agrícolas, a los obreros de las fábricas, a los niños de las escuelas y a los soldados de los cuarteles, que pagan unas entradas irrisorias. Por su parte, los poco más de 3.000 turistas extranjeros que visitan Corea del Norte, que se concentran durante los meses que dura “Arirang”, se desembolsan más de 50 euros por sus billetes, que tampoco sirven para amortizar esta fastuosa excentricidad sólo posible en un régimen autoritario. Como no podía ser de otra manera, la función comienza con una canción y unas pinturas que recuerdan los duros años de la ocupación japonesa, que obligaron a muchos norcoreanos a exiliarse. Pero en esos difíciles momentos apareció una estrella, el “padre de la patria” Kim Il-sung, que encabezó la lucha por la independencia. Al son de un sentido tema sobre la nación coreana, cientos de jóvenes ocupan el césped y, vestidos de guerrilleros, blanden sus armas y agitan las banderas nacionales con frenesí. Por su minuciosa perfección, la coreografía es tan apabullante como la del siguiente número. En éste, grupos de niños llevan a cabo las más sorprendentes acrobacias con balones, aros y cintas mientras los murales de la grada van mostrando imágenes de cerdos, peces y huevos para reflejar el deseo de convertirse en un Estado próspero. Al unísono, miles de manos mueven sus carteles con tal precisión que el atronador estruendo que provocan apaga por unos segundos la música que resuena a todo volumen en los altavoces. “Por la revolución de las semillas”, reza ahora en el colorista “collage” humano de la tribuna, donde cada persona queda reducida a una especie de píxel. Toda una metáfora del valor que tiene el ser humano en esta alienante sociedad. Proclamas como “Con más velocidad hacia el siglo XXI” o “Tecnología punta” acompañan a los dibujos de caballos trotando al galope o de futuristas científicos que, ataviados con una especie de trajes espaciales, observan sus microscopios. No parece probable, pero quizás estén buscando a la persona que, diminuta, se encuentra bajo esa alfombra de carteles, exhausta tras meses de severísimos entrenamientos que le han robado miles de horas a sus estudios, su trabajo, su familia y, en definitiva, a su ya de por sí pobre existencia. Y es que este excéntrico derroche de medios y de fuerza humana únicamente puede ocurrir en Corea del Norte. Aquí, el régimen que dirige Kim Jong-il maneja “manu militari” a una sociedad en la que, desde su infancia, los individuos han sido reducidos a autómatas para que todos marchen al mismo paso, tengan las mismas ideas y aplaudan al mismo tiempo cada vez que vean al “Querido Líder”. No en vano, la consigna “Con una sola alma” queda ilustrada con un mosaico de la Torre de la Idea Juche para ensalzar la “unidad monolítica” de la nación y la “firmeza en la victoria”. “La Gimnasia Masiva no sólo contribuye a incrementar la fortaleza física de los niños y jóvenes, sino que también refleja el espíritu revolucionario del pueblo coreano y la superioridad del régimen socialista”, dice la propaganda, que sitúa su origen en los juegos florales surgidos en los años 30 durante la Lucha Antijaponesa. Tras su eclosión en los años 80 y su posterior abandono por la “Gran Hambruna” de los 90, Corea del Norte recuperó “Arirang” hace ya siete años con el propósito de devolver el orgullo al régimen. Apelando a todos esos valores de superación y esfuerzo y autodependencia (“juche”), los niños trapecistas son también capaces de atravesar el estadio de una punta a otra haciendo equilibrio sobre un alambre. O más difícil todavía: son lanzados por un cañón y vuelan más de 100 metros para pasar justo por en medio de un aro en el extremo opuesto del recinto. El festival concluye con una canción por la reunificación de las dos Coreas, que se mantienen separadas desde la contienda civil (1950-1953) que siguió a su partición tras la Segunda Guerra Mundial (1945-49). “Corea es la única tierra dividida bajo el cielo. Una madre que no ve a su hijo, un hijo que no sabe nada de su madre. Una tragedia que dura ya más de medio siglo y cada año va a peor. ¿Hasta cuándo va a durar esta situación? Que la conciencia del mundo nos ayude”, se desgañita, emocionada, una voz lastimera que resuena en los altavoces. Su llanto es ahogado por una clamorosa ovación que, parecida a la que hizo rugir al público cuando los mosaicos dibujaron el retrato de Kim Il-sung, pone al estadio en pie. Como en la antigua Roma, “pan y circo”… ¿pero dónde está el pan? 24b%20C.jpg)
A modo de píxeles humanos, miles de personas sentadas en la grada del Estadio Primero de Mayo de Pyongyang dibujan con carteles un mural con la figura del "padre de la patria", Kim Il-sung
Desde mediados de abril y hasta mediados de mayo, y desde agosto hasta octubre, este imponente recinto deportivo de 150.000 asientos – el mayor del mundo según los norcoreanos – acoge una apoteósica gala en la que participan unas 100.000 personas.