Nacho Dean, con la cordillera de Los Andres al fondo
Nacho Dean, con la cordillera de Los Andres al fondo - FOTOS: NACHO DEAN

La épica y peligrosa aventura del español que ha dado la vuelta al mundo a pie

Tres años, 33.000 kilómetros, 31 países. El malagueño Nacho Dean cuenta su aventura en primera persona

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Nacho Dean (Málaga, 35 años) recita sus cifras con una sorprendente suavidad, como la alineación de un equipo de fútbol en un día sin partido: 31 países, 33.000 kilómetros a pie, en solitario, sin asistencia y sin interrupciones; 1.095 días con sus noches buscándose la vida para comer, para dormir, para sobrevivir. Las recita con suavidad, pero la hazaña resulta tan asombrosa como se supone en cuanto se asimilan los datos. Es el único español que ha dado la vuelta al mundo a pie, y no hay referencias precisas de otros aventureros que hayan conseguido algo parecido. Viajó ligero de equipaje desde el 21 de marzo de 2013 al 20 de marzo de 2016, con la única compañía de «Jimmy Águila Libre» (así llama al carrito en el que llevaba sus pertenencias).

«Soy Nacho Dean y he dado la vuelta al mundo a pie», se presenta durante un acto en Pangea, conocida tienda de viajes en Madrid. Tres años, cuatro continentes, 31 países con salida y llegada al kilómetro cero de la Puerta del Sol de Madrid: España, Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Serbia, Bulgaria, Turquía, Georgia, Armenia, Irán, India, Nepal, Bangladés, Tailandia, Malasia, Singapur, Indonesia, Australia, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, Panamá, Costa Rica, Nicaragua, Honduras, El Salvador, México, Estados Unidos y Portugal, más el regreso al mismo lugar donde salió. Es la primera vez que cuenta en un acto público en Madrid los detalles de una aventura extraordinaria y peligrosa, «un reto deportivo con un mensaje medioambiental y motivacional», asegura. Resumimos su historia con sus palabras.

La idea

Me gusta el deporte, viajar, la aventura. Me gusta escribir, la fotografía. Haciendo otras rutas a pie por la montaña, como el Camino de Santiago, la Transpirenaica o por encima del Círculo Polar Ártico, se me pasó por la cabeza que porqué no dar la vuelta al mundo a pie. Estaba tan a gusto en contacto con la naturaleza, alejado de las prisas y del estrés de las ciudades, que se me pasó la idea por la cabeza. Una cosa es que se te ocurran las ideas y otra cosa diferente es ponerte manos a la obra, cruzar el umbral de la puerta, dar el primer paso y lanzarte a la conquista de los sueños, eso es lo más difícil. Ser o no ser: ahí estaba tomando la decisión de si seguir con mi vida normal, que no estaba nada mal, o lanzarme a la caza de un sueño del que no sabía si iba a volver sano y salvo. Tienes que vencer resistencias, frenos, miedos. Es un viaje muy largo, peligroso, vas a estar mucho tiempo lejos de la familia, del que no sabes si vas a volver y, si vuelves, no sabes quién vas a ser y cómo vas a ser capaz de encajar en la sociedad. Sin embargo, soy una persona vitalista y, para mí, el sentido de la vida es luchar por los sueños. De esa actitud de reto nació este sueño, y la decisión de embarcarme en esta aventura.

Los preparativos

Nacho con un grupo de niños en el Archipiélago Langkawi (Malasia). Con ellos, Jimmy, el carro alemán para llevar bebés con el que ha recorrido el mundo
Nacho con un grupo de niños en el Archipiélago Langkawi (Malasia). Con ellos, Jimmy, el carro alemán para llevar bebés con el que ha recorrido el mundo

Aquí es donde entra en escena mi compañero de fatigas, Jimmy Aguila Libre. Hay zonas del mundo muy inhóspitas, muy áridas, y hay que llevar una gran cantidad de peso de agua y de comida para sobrevivir durante varios días o semanas. En una mochila es imposible llevar más de quince o veinte kilos. Significa mucho sufrimiento en un viaje tan largo. Decidí llevar este carrito de trekking especialmente adaptado para la ruta, donde metí material de superviviencia, tienda de campaña, camping gas, esterilla, algo de ropa que he ido cambiando en función del país o la latitud donde estaba, agua, comida, y un botiquín de primeros auxilios que incluía desde yodo y gasas a un antídoto de serpientes venenosas. Llevaba también unas herramientas para arreglar el carrito. Y poco más. Este viaje es un canto a la vida y a la libertad, pero también a la sencillez. He estado tres años viviendo con lo que cabe en un carrito, poco más que un vagabundo. Lo que me ha diferencia de ser un vagabundo ha sido mantener a raya cuatro pilares: la alimentación, la higiene, el descanso y la seguridad, para tener una mínima garantía de éxito y poder regresar a casa sano y salvo. Más preparativos: contactar con embajadas, visados, ponerme todas las vacunas. Y por último montar una web y cuentas en redes sociales.

El comienzo

El recorrido de Nacho Dean: 31 países, tres años
El recorrido de Nacho Dean: 31 países, tres años

El 21 de marzo de 2013, con el inicio de la primavera, daba los primeros pasos en el kilómetro cero de la Puerta del Sol, en Madrid. Era un viaje del que no tenía referencias. Yo sabía de gente que había dado la vuelta al mundo en cualquier medio pero no a pie. Y a pesar de toda la planificación, quedaba un alto componente de incertidumbre y de improvisación. Hay que realizar un gran ejercicio de intuición y de instinto, despertar el sentido de alerta. Viajar a pie es el medio de transporte más lento y expuesto que hay. No he llevado ni compañía ni coches de asistencia y todos los problemas los he tenido que afrontar yo solo, desde buscar un sitio para dormir a cuando me han intentado asaltar con machetes.

El primer día duro

Llegué a Italia por el valle del Trebbia, entre Génova y Piacenza, y ahí tuve mi primer día duro. Un domingo en el que me quedé sin comida, sin batería en el móvil, con las cubiertas del carrito muy desgastadas y pinché muchas veces; me quedé sin parches. Descargó una tormenta que me dejó empapado, sin comida, sin cobertura y sin nadie a la vista, en mitad de la montaña, bajo el alero de una iglesia de un pueblo abandonado. Pero si no era capaz de superar Europa, poco iba a hacer con lo que tenía por delante. Con una sonrisa y con voluntad, seguí adelante. El pueblo en el que me había quedado tirado se llamaba Loco. No me lo podía creer. Esto estaba escrito. Escribí una canción. Llamé a unos amigos de Génova que me trajeron comida y parches.

En Estambul

Llegué al final de Europa a los cuatro meses exactos del comienzo del viajes, el 21 de julio de 2013, en pleno Ramadán y con luna llena. Recibí la visita de mi madre para darme ánimo para lo que tenía por delante. Nunca había estado tan lejos de mi casa. Cada paso era un territorio nuevo. Asia era la piedra de fuego. Un continente enorme con nuevas variables, idiomas, enfermedades, visados, culturas… Y no es un viaje turístico, sino que vas a pie, por zonas poco cómodas.

El primer error grave

Tenía muy pocas referencias de Irán, y las pocas referencias que tenía eran malas. La sombra del terrorismo, la guerra de Siria, el bloqueo bancario (tienes que entrar con todo el dinero que necesitas en el país, lo que significa mucho dinero encima), bloqueo en las redes sociales e internet. Estás desaparecido. Me dirigí a la frontera de Armenia con Irán, y la primera en la frente. Este fue el primer error que cometí en mi viaje, que entonces estuvo a punto de terminar. Cada vez que cruzo una frontera me hago una fotografía junto a un cartel para ilustrar en la web y en las redes sociales que he entrado en ese país. La frontera con Irán es zona militar y está prohibido hacer fotografías durante veinte kilómetros, entre montañas, una valla electrificada, garitas del ejército… Vinieron los militares, que no sabían qué hacer conmigo. Yo tenía noticias de aventureros a los que habían detenido y requisado la tecnología que llevaban. Me hice el guiri tonto y, una hora después, me dejaron marchar y puede cruzar Irán.

Un momento mágico

Llegué a Nepal. ¡Había llegado hasta allí andando! El sur de Nepal es jungla: hay rinocerontes, tigres, serpientes, elefantes... Imaginad la dificultad para poner la tienda de campaña cada noche. Debido a la vegetación, hay mucha humedad al anochecer. Una tarde, de entre la niebla, salió un rinoceronte. Todo el mundo salió corriendo. Me quedé frente a él, a escasos veinte metros, confiando en que no me iba a atacar. El caso es que a los pocos segundos el rinoceronte se metió en el río y se perdió de nuevo en la jungla. El río está lleno de cocodrilos. Es una zona donde los elefantes hacen estampidas y arrasan aldeas.

Un atentado terrorista

Atravesé Bangladés en las primeras navidades de mi viaje en una situación conflictiva. Presencié un atentado terrorista en Dhaka, la capital. Cinco artefactos explosivos en cadena y la sensación de que estás en el lugar y momento equivocado, y de que sales vivo de milagro.

El reto de Australia

En algún rincón de Australia
En algún rincón de Australia

Me dieron un visado de tres meses para recorrer más de 4.000 kilómetros. Eso significaba hacer una media de 50 kilómetros al día, con mucho territorio sin poblaciones, sin agua, con varias de las especies más peligrosas del mundo de arañas y serpientes. Algo que no cuentan es la cantidad de moscas que hay en el interior de Australia. Es necesario caminar con una tela mosquitera. Se te meten por las orejas, la nariz, en los ojos. A los 87 días de viaje llegué a Sidney, harapiento, congelado (llevaba ropa de verano y terminé en invierno).

El desierto de Atacama

Estuve dos meses en el desierto. Hay mucha radiación solar. La incidencia de los rayos solares, con una débil capa de ozono, es muy grande; hay muchas oscilaciones térmicas, 50 grados de día, 25 bajo cero de noche; y hay muchos desniveles. Australia me había servido de entrenamiento. Hice el desierto con más facilidad de lo que habría esperado.

El segundo error casi me cuesta la vida

Pasé un mes en Lima celebrando las Navidades. El primer día que retomé la marcha hacia el norte, rumbo a Ecuador, el segundo error de mi viaje, que casi me cuesta la vida. Entré en el barrio de El Callao. Tras un parón de un mes, bajas la guardia, pierdes el instinto que hace falta para un viaje de estas características. Entré en el barrio más peligroso de Perú. Se me echaron encima cinco tíos. Mientras tres me agarraban por la espalda, dos me vaciaron los bolsillos, me rajaron el pantalón. Salí de ahí. Fui a una comisaría y me dijo la Policía que había tenido suerte de salir de allí con vida, que ni ellos mismos entraban. Lo mejor que podía hacer era comprarme un teléfono móvil nuevo y seguir el viaje.

El tercer error

El tercer error: me mordió un perro. Entré en Honduras. Intenté darle una patada a lo Bruce Lee, y Bruce Lee se llevó una mordedura en el gemelo, con riesgo de contagio de la rabia. Tuve que estar un mes en El Salvador sin caminar, mes que aproveché para dar charlas.

La fiebre de México

Alma Salvaje en las cascadas de Ixtapan del Oro (México).
Alma Salvaje en las cascadas de Ixtapan del Oro (México).

El país donde he estado más tiempo de mi viaje fue México. Seis meses. Atravesé la región de Chiapas, donde cogí la fiebre Chikungunya. La contagia un mosquito, el mismo del dengue. Estuve durante seis días con 41 grados de fiebre. Estaba lejos de mi país. Viajaba sin seguro médico internacional. Sabía de gente que había estado semanas o meses convaleciente de esta fiebre, pero afortunadamente me curé en una semana.

Qué hacer con un machete en la cara

Tuve otro percance. La única vez que se me pasó por la cabeza la idea de que ya era hora de volver a casa. Fue entre los estados de Veracruz y Tabasco, una zona muy peligrosa. Me salieron tres tipos con machetes a la carretera. Llevaba casi tres años de viaje, y había pensado muchas veces qué hacer en una situación así. Cuando se dio, me tiré hacia ellos. Les pilló por sorpresa. Y esos segundos de ventaja me permitieron salir corriendo. salieron detrás de mí con los machetes. Estaba en buena forma física. Y conseguí salvar la situación.

Nacho Dean siguió hacia Estados Unidos. Lo atravesó en pleno invierno, hasta Nueva York, donde tomó un vuelo de vuelta a Europa. Aterrizó en Lisboa. Y desde allí, de nuevo a pie, el último «paseíto» de 600 km hacia Madrid, de donde había salido tres años antes con 3.000 euros y doce kilos más. Llegó el 20 de marzo de 2016. Había gastado doce pares de zapatillas y necesitado la colaboración económica de donantes y amigos. Se sentía el hombre más feliz del mundo (y había conocido muchos en el camino).