Cinco secretos del Canal de Panamá que te sorprenderán
Primer viaje

Cinco secretos del Canal de Panamá que te sorprenderán

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Se cumplen 100 años del día histórico en que el buque SS Ancón lo cruzó por primera vez

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  1. Panamá celebra el centenario de su Canal

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    La obra de ingeniería más portentosa que vieron los siglos, sueño secular de naciones audaces, se abrió para el mundo el 15 de agosto de 1914. El centenario del Canal de Panamá se anuncia como uno de los momentos trascendentales de la historia del país centroamericano y del mundo en general. La celebración está fijada para el próximo viernes, 15 de agosto, justo un siglo después del día histórico en que el buque SS Ancón lo cruzó por primera vez, precisamente un día antes, el jueves 14, se presentará la Gala del Centenario, un magno espectáculo artístico de música y teatro, retransmitido en directo por televisión, sobre la épica de la construcción del Canal, la lucha generacional por recuperarlo y la ampliación del mismo. La puesta en escena contará con la participación de colaboradores del Canal como parte del elenco artístico.

    También durante este mes de agosto se va a estrenar, en el Teatro Nacional de la capital, la película Historias del Canal (Manglar Productions), que incluye 5 cortometrajes de 20 minutos de duración cada uno. Las diferentes historias muestran relatos de ficción situados en cinco momentos significativos de la historia de Panamá y En los últimos meses han tenido lugar diversos actos culturales y deportivos relacionados con el centenario de esta vía interoceánica. Entre ellos se incluyen la competición de cayucos Ocean to Ocean, consistente en una travesía de tres días por el Canal de Panamá desde el Atlántico hasta el Pacífico, y la publicación de tres libros conmemorativos: El Canal de Panamá, una edición de lujo del escritor Luis Blas Aritio; Transferencia del Canal de Panamá, cuyo autor es Jorge Eduardo Ritter; y 100 años,

    100 hitos, de Manuel Orestes Nieto, con fotografías y textos cortos que enmarcan los principales acontecimientos de la historia del Canal en sus cien años de existencia.

    Desde su inauguración, los 80 kilómetros del Canal de Panamá han registrado el tránsito de más de un millón de buques de todo el mundo, con un promedio anual de alrededor de 14.000 pasos. En la actualidad sirve a 144 rutas marítimas que entrelazan a más de 1.700 puertos de 160 naciones y se encuentra en plena expansión para duplicar su capacidad y fortalecer la posición del país como centro marítimo y logístico.

  2. Los españoles y la idea del canal Centroamericano

    Ni los franceses en el siglo XIX, ni los norteamericanos en el XX. Fueron los españoles, en el XVI, los primeros en concebir esta empresa mayor de abrir, a través de las tierras centroamericanas, una zanja navegable que acortase el viaje a Perú, evitando así que los navíos tuvieran que doblar el cabo de Hornos con sus registrados peligros.

    Ya en 1524, mediante una carta de su puño y letra, Hernán Cortés le insistía a Carlos V en que la unión del Atlántico con el Mar del Sur valía más que su reciente conquista de México. Ese mismo año, el citado monarca ordenaba efectuar los estudios topográficos correspondientes. Álvaro de Saavedra, en 1529, levantó los primeros planos de un canal por Panamá, haciendo oídos sordos a la desconfianza del adelantado Pascual de Andagoya, descubridor de Perú, para quien no existía en Europa soberano con poder y recursos suficientes para realizarlo. Su escepticismo obtuvo la réplica del historiador López de Gómara: «Dadme quien lo quiera hacer, que hacer se puede; y no falte ánimo, cuanto falta de dinero [...] Para la riqueza de la India y para un rey de Castilla, poco es lo imposible».

    El plan, finalmente, no se ejecutó. La situación política en el Viejo Mundo y el nivel tecnológico de la época lo hicieron imposible. En 1590, reinando Felipe II, José de Acosta informaba de la dificultad de unir los dos océanos: «Algunas personas han hablado de excavar este terreno de seis leguas y unir un mar con el otro [...]. Eso sería inundar la tierra porque un mar está más bajo que el otro». No obstante, fueron los ingenieros flamencos, enviados por su Católica Majestad, los primeros que, basados en un estudio serio, juzgaron practicable un canal por el istmo del Darién; mas el Rey Prudente desechó el grandioso proyecto por razones de política internacional, no menos decisivas que las teológicas, resumidas en la frase bíblica: «El hombre no separará lo que Dios unió».

    Con Felipe III la idea repuntó, pero el Consejo de Indias alertó de que podría suponer una exposición de los territorios españoles de ultramar a las piraterías de otras potencias marítimas. El proyecto tuvo defensores incluso durante el siglo XVIII, pero la Corona asumió otras prioridades.

  3. El doctor Finlay y la tumba del hombre blanco

    El descubrimiento realizado por el doctor Carlos J. Finlay (1833-1915) de que la hembra del mosquito Aedes aegypti es la transmisora del germen de la fiebre amarilla marcó un hito en la historia científica universal. Este sabio cubano comprobó que el individuo picado una vez, de sobrevivir, se volvía inmune. De aquí derivó la pertinente sueroterapia: inyecciones subcutáneas de suero de sujetos inmunizados. Un hallazgo que contribuyó a salvar millones de vidas en todo el mundo y fue de especial significación para Panamá. Mediado el siglo XIX, al istmo panameño se le conocía como «la tumba del hombre blanco». Cuando Francia, en enero de 1880, inició la apertura de la gran zanja interoceánica a su través, constituía uno de los peores focos infecciosos del planeta: fiebre amarilla, malaria, peste bubónica... Los obreros enfermaban, morían o, simplemente, rehusaban arriesgarse a trabajar allí.

    La primera víctima mortal del Aedes Aegypti sucumbió en junio de 1881. A ésta pronto le siguieron otras. Jules Dingler, director de las obras entre 1883 y 1886, trajo a Panamá a su señora con dos hijos y regresó a Francia acompañado de tres féretros. Del total de 186.000 hombres empleados por los franceses en las excavaciones, se calcula que 52.000 padecieron esta dolencia y 22.000 fallecieron. Estados Unidos adquirió los derechos de construcción del canal en 1904. De inmediato arribó a la zona el coronel William Crawford Gorgas, galeno especialista en enfermedades tropicales, recién designado jefe de sanidad de la obra. Gorgas había integrado la comisión médico-militar desplazada a Cuba en 1900, la cual, poniendo en práctica los métodos del doctor Finlay –de quien los norteamericanos desconfiaban al principio, llamándolo con sorna «el señor de los mosquitos», «cazador de mosquitos» y «el loco que perseguía mosquitos»- había reducido la incidencia de la fiebre amarilla, sobre todo entre sus propias tropas, acuarteladas en la isla desde 1898.

    A finales de 1904 se desató la primera epidemia. Gorgas inició trabajos sanitarios que incluían el drenaje de estanques y pantanos, fumigación, mosquiteros y sistemas públicos de agua. Como resultado, la fiebre amarilla fue total y permanentemente erradicada del istmo. El 11 de noviembre de 1905 se informó del último caso en la ciudad de Panamá. El gobierno de Francia otorgó a Finlay la Legión de Honor y varios países, en memoria suya, instituyeron el 3 de diciembre, fecha de su nacimiento, como Día del Médico.

  4. Gauguin, del Canal de Panamá a Taboga

    Isla de Taboga
    Isla de Taboga

    Pues lo que leen ustedes. Paul Gauguin. El mismo que viste y calza. El pintor arrebatado, taumaturgo del post-impresionismo, cambió el pincel y la paleta del artista por el pico y la pala del peón en las excavaciones de apertura del canal de Panamá. Por un tiempo breve, claro. Mas ¿qué ocurrió para que se viera en semejante trance? Aunque la causa inmediata fue una propuesta de trabajo de su cuñado colombiano –el marido de su hermana Marie-, para abrir una casa de cambio en la ciudad de Panamá, la razón subterránea hay que buscarla en el permanente desarraigo de Gauguin de todo lo artificial y convencional.

    El proyecto de su pariente fracasó antes de empezar, pero le dio la idea de viajar a América con el objetivo de huir del bullicio de París y del agobio de la civilización. Sin dinero y sin saber de cierto lo que haría, hizo las maletas y el 10 de abril de 1887 puso sus pies en el istmo de Panamá. Desde allí escribió a Mette-Sophie, su mujer: «Sé de un lugar en el mar de Panamá, una isla pequeña del Pacífico, casi deshabitada, libre y fértil. Cogeré mis pinceles y me hundiré en la sombra, lejos de la ciudad».

    La isla era Taboga, donde Gauguin iba a permanecer tres largos meses sin oficio ni beneficio. «No se conoce y no hemos podido encontrar ninguna obra que sepamos o tengamos certeza de que la hizo en Panamá», nos asegura Ángeles Ramos, directora del museo del Canal Interoceánico, en el casco antiguo de la capital, «pero es un hecho que su paso por el país tuvo un impacto en la transformación de su obra». De vuelta a la ciudad de Panamá, Gauguin fue detenido por la policía en el barrio de San Felipe.

    ¿Su delito? Orinar en plena calle. Frustrado, hambriento e irritado, optó por la solución draconiana: firmar con la Compagnie Universelle du Canal Interocéanique de Panama como peón en las perforaciones. Y aunque allí, trabajando de sol a sol, no se libró de contraer la disentería y la fiebre amarilla, sobrevivió a ambas enfermedades. Ya en 1888, apenas recuperado, continuaría su viaje a Martinica en busca de su destino.

  5. Roosevelt y el sombrero Panamá

    El bueno de Teddy la hizo buena. Sin preverlo, por supuesto. Pero cuando, durante su visita presidencial a las obras del Canal en 1906, saludó a los trabajadores agitando el sombrero por encima de su cabeza con sonrisa triunfal, la instantánea de rigor, publicada en el New York Times, dio la vuelta al mundo e hizo historia, dando origen a uno de los gatuperios más tenaces de nuestro tiempo: el de la confusión sobre el origen del hoy mundialmente famoso sombrero de Panamá. Que, pese a su nombre, es originario y se sigue fabricando en Ecuador.

    En el siglo XVI, los primeros españoles en llegar a lo que hoy son las provincias del Guayas y de Manabí en la costa ecuatoriana, observaron que los nativos, para protegerse del fuerte sol, tapaban su cabeza, orejas y cuello con una prenda, que por similitud a la usada por las monjas, denominaron toca, y a la fibra utilizada en su confección, paja toquilla. El tiempo transcurrió y la utilización de dicha prenda, mediado el siglo XIX, encontró un nuevo escenario en California. Era la época de la fiebre del oro y los buscadores del precioso metal se protegían con ella en los días cálidos y luminosos.

    Finalmente, con el alba de la pasada centuria, el sombrero de paja toquilla entró en fase de explotación industrial en el istmo de Panamá. Su ligereza y frescura lo convertían en elemento de uso común entre los más de 50.000 obreros que trabajaban en la perforación del Canal. Y cuando a Teodoro Roosevelt se le ocurrió lucirlo durante su viaje de inspección –quizá sea oportuno recordar que era la primera visita oficial que un presidente de los Estados Unidos llevaba a cabo en el extranjero- la prenda se internacionalizó, con el efecto antes apuntado: pese a su procedencia ecuatoriana, por todas partes se le comenzó a llamar sombrero Panamá, instituyéndose en símbolo de este destino. Y, de este modo, perdió la denominación de origen.

    En 2012, el tejido tradicional del sombrero de paja toquilla de Ecuador fue reconocido por la Unesco como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

  6. Richard Halliburton, el hombre que se convirtió en barco

    Los buques de mayor capacidad pagan un promedio comprendido entre 300.000 y 400.000$ USA por atravesar el canal de Panamá. El peaje se establece en función de los tonelajes. Pues bien: el más bajo, en su ya centenaria historia, fue el que abonó en 1928 el SS Halliburton: 0,36$ (36 centavos de dólar) por su arqueo de 64 kilos, exactamente los que pesaba Richard Halliburton, el hombre que, mediante este subterfugio, consiguió ser el primero de la especie humana en cruzarlo a nado.

    Aviador y pionero del periodismo de viajes con gesta. Durante 13 años, entre 1925 y 1938, recorrió el mundo y fue noticia de primera plana por realizar todo tipo de proezas. Suya es la primera ascensión invernal documentada al Fujiyama. Admirador de Lord Byron, nadó, como él, el Helesponto, puente metafórico entre Europa y Asia. Durante 18 meses circunvoló el Globo Terráqueo en un biplano, visitando 34 países. Repitió la hazaña de Aníbal en Los Alpes, marchando, a lomos de elefante, por donde lo hiciera el cartaginés.

    Por dos veces descendió el Cenote Sagrado de Chichén Itzá, el Pozo de la Muerte de los mayas, y trató de entrar en La Meca, prohibida entonces a los no musulmanes, con el riesgo de ser descubierto y lapidado. Desapareció en el Pacífico, mientras intentaba navegar desde Hong Kong a San Francisco en el junco chino Sea Dragon. Su última comunicación se recibió el 23 de marzo de 1939. El crucero estadounidense USS Astoria peinó 200.000 km2 de océano antes de dejar la búsqueda, el 29 de mayo, dándole por muerto. Sus escritos son todavía libros de cabecera de una legión de seguidores.
    Pero si hoy se recuerda a Halliburton es, prioritariamente, por su cruce longitudinal a nado del Canal de Panamá. Una empresa que le resultó menos complicada física que burocráticamente. Fueron centenares las horas gastadas en negociaciones, papeleos y discusiones, hasta que el gobernador M. L. Walker le dio la autorización final. El 14 de agosto de 1928 Halliburton se zambulló en las aguas del Canal y el 23 alcanzó la meta que se había propuesto. Fue acompañado en todo momento por un bote con un tirador de élite. Y es que el gobernador no bromeaba: «Se le quiere informar», decía en su citada autorización, «de que han sido vistos con frecuencia caimanes en el Corte Gaillard».

  7. Los hallazgos paleontológicos y la revolución de la geología

    «La mayor parte del paisaje en Panamá ya existía hace 10 millones de años. Antes se pensaba que se había formado hace 3,5 millones de años, pero los recientes hallazgos en las obras de ampliación del Canal contradicen tal hipótesis», nos asegura Carlos Jaramillo, científico colombiano del Instituto Smithsoniano de Investigaciones Tropicales (STRI).

    Hace poco más de un lustro, la Autoridad del Canal de Panamá (ACP), que administra la vía interoceánica, y el STRI emprendieron un esfuerzo conjunto para localizar y recuperar muestras paleontológicas en las excavaciones del proyectado tercer juego de esclusas, iniciadas en 2007. Se pretendía asimismo mitigar el impacto de la pérdida de fósiles a consecuencia de la magna obra y rescatar, en lo posible, el testimonio de los orígenes del istmo, el último eslabón de tierra firme que unió la América del Norte con la del Sur.

    Lo hallado hasta ahora es revelador: 10 especies desconocidas, fósiles de un oso-perro gigante, de camellos y caballos enanos, la pata petrificada de un tipo de rinoceronte, caparazones de tortuga y variedades de culebras, caimanes y monos que habitaron el lugar hace millones de años. Amén de los primeros cráneos de cocodrilos y murciélagos de Centroamérica y de la boa más antigua fuera de América del Sur. En total se llevan recolectados más de 6.000 restos. "Esto es una revolución. Nos hemos topado con cosas muy primitivas. Cada fósil desenterrado es como el abuelo de los que existen", concluye Jaramillo.

    Todos estos descubrimientos están siendo sometidos a pruebas científicas específicas. Carlos Montes, paleontólogo del SPRI y contratista de la ACP que mantiene una excavación abierta cerca de las esclusas de Pedro Miguel, en la vertiente pacífica de la vía, está a cargo de la clasificación e identificación de los restos desde febrero de 2008. «La información que estas piezas exhumadas aportan será concluyente» aclara, pero precisa: «Hay que hacer muchos análisis, que toman mucho tiempo, antes de avanzar nuevas teorías».

    Todo apunta esta vez a que sí, a que el istmo centroamericano se cerró hace 10 millones de años –puede que más- y no hace 3,5 millones, como se creía hasta la fecha. Un descubrimiento que dinamita los cimientos de la geología histórica de esta parte del Globo y que será incluido en los libros de texto del futuro.