Todos los tesoros de Croacia (además de Dubrovnik)
Opatija, en el arranque del borde oriental de la península de Istria - fotos: Oficina de Turismo de Croacia

Todos los tesoros de Croacia (además de Dubrovnik)

Parques naturales, ciudades medievales, palacios, calas por descubrir: agenda para un verano perfecto

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Parques naturales, ciudades medievales, palacios, calas por descubrir: agenda para un verano perfecto

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  1. Opatija, la cuna del turismo croata

    Opatija, en el arranque del borde oriental de la península de Istria
    Opatija, en el arranque del borde oriental de la península de Istria - fotos: Oficina de Turismo de Croacia

    Era de sangre noble, natural de Rijeka y se llamaba Higinio von Scarpa. Divagaba con la idea de construir una gran mansión antes de visitar la vecina Opatija, en el arranque del borde oriental de la península de Istria, por entonces una aldea de pescadores con 35 casas alrededor de una iglesia. El lugar, al abrigo de los vientos y entreverado de vegetación siempre verde, desterró sus dudas. Compró uno de los edificios y no tardó en transformarlo en la opulenta Villa Angiolina -nombre de su esposa-, a la que colmó de exóticos jardines, una colección de animales y otra de huéspedes influyentes. Esto sucedía en 1844, fecha del nacimiento, en sentido literal, del turismo en Croacia.

    La iniciativa de von Scarpa, en efecto, cuajó en una afluencia gradual de miembros de las casas reinantes y de la aristocracia centroeuropea, así como de artistas de renombre. Francisco José I, Gustav Mahler, Antón Chejov e Isadora Duncan, entre otros, cambiaban a menudo los rigores invernales de sus hogares patrios por el suave clima mediterráneo de Opatija. A finales del siglo XIX, el otrora villorrio costanero rivalizaba ya ventajosamente con la Costa Azul, el centro de recreo, salud y reposo por excelencia del imperio Austrohúngaro, habiéndose ganado a pulso el sobrenombre de la Niza del Adriático, el cual conserva todavía hoy junto a los de Vieja Dama y Reina del Turismo Croata.

    La Opatija actual es una romántica mezcla de antiguas villas neoclásicas y edificios modernos aderezada con una profusa fronda de robles, castaños, laureles y palmeras, amén de pulcros jardines donde crecen kiwis, mandarinas y limones. Villa Angiolina, el sueño cumplido de von Scarpa, sobrevive a sus pasados esplendores dentro de un suntuoso parque ebrio de fragancias subtropicales, convertida en sede de exposiciones y conciertos de jazz y música clásica. Y los 12 km. del Lungomare, el paseo marítimo donde los Habsburgo hacían ostentación de su realeza e Isadora Duncan de sus amantes, sigue ofreciendo a los visitantes algunas de las vistas más bellas de Croacia.

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  2. Zadar, los mágicos atardeceres de Dalmacia

    Imponente postal aérea de Zadar
    Imponente postal aérea de Zadar

    El más difundido de los elogios a la belleza realmente excepcional de los crepúsculos dálmatas lo imaginó Alfred Hitchcock durante su estancia en Zadar en 1964. Desde su habitación, la nº 204 del hoy derrelicto hotel Zagreb, el maestro de las películas de suspenso, absolutamente subyugado por el despliegue cromático de turno, sentenció: «Zadar tiene la más hermosa puesta de sol del mundo, superior a la de Key West, en Florida, universalmente aclamada». Deseando atrapar toda aquella magia con la cámara, posó frente a la del famoso fotógrafo local Ante Brkan. El retrato, titulado «Alfred Hitchcock en el cielo», puede verse todavía en múltiples carteles distribuidos por esta ciudad. Ningún otro ocaso habría tenido mejor guión, pero, lamentablemente, el gran director británico nunca rodó su película.

    Asentamiento costero milenario, Zadar, hoy centro administrativo, cultural y turístico del norte de Dalmacia, ha acogido en los últimos años algunas iniciativas visionarias que le han supuesto su ingreso en la liga del turismo internacional de vanguardia. Dos de ellas, el Órgano Marino (Sea Organ) y el Saludo al Sol (Greeting to the Sun), obras del arquitecto Nikola Bašić y ambas contiguas, son ya símbolos de la ciudad. La primera se inauguró en 2005 en el nuevo puerto para cruceros. Consiste en un conjunto de escalones de mármol bajo el cual 35 tubos producen tonos y acordes al vaivén de las olas; dicho vaivén activa asimismo el maravilloso espectáculo de luz y sonido, programado para coincidir con el atardecer, de las 300 placas de vidrio incrustadas en el círculo de 22 metros de diámetro del Saludo al Sol.

    El casco histórico de Zadar, constreñido en una lengua de tierra de 600 metros de largo por 300 de ancho, es un laberinto de callejuelas con monumentos góticos, renacentistas y barrocos al cual se añaden restos de murallas y fortificaciones que atestiguan un pasado tumultuoso. En los pintorescos 1.200 kilómetros de costa de sus alrededores van incluidos los de unas 300 islas e islotes con abundancia de rincones totalmente vírgenes.

  3. Kornati, el archipiélago de la soledad

    «Los dioses quisieron coronar su creación y, el último día, de las lágrimas, las estrellas y los suspiros del mar crearon las islas Kornati», escribió George Bernard Shaw a propósito del mayor archipiélago del Adriático -y aun de toda la cuenca mediterránea- situado en la Dalmacia septentrional. Se trata de islas, islotes, arrecifes y peñascos ajenos aún al turismo invasivo y estridente, donde el tiempo parece estancarse. Desde la costa continental se perciben como promontorios de caliza blanca esparcidos a granel sobre el inmenso piélago azul cobalto. Su número exacto se desconoce. Aunque la cifra oficial es 147, muchos lugareños prefieren envolverla en cierta aureola de misterio y afirman que son 365, como los días del año.

    Las Kornati carecen de carreteras. Sus caminos, todos rústicos, conducen a caseríos solitarios o a pueblos ribereños con su manojo de viviendas y su muelle para las barcas. El archipiélago, por otra parte, constituye la zona más accidentada del Mediterráneo. Litorales abruptos con acantilados que rondan el centenar de metros de altura, roquedos de formas poco habituales y cañones y barrancos de cierta entidad son una presencia constante en la mayoría de las islas. En 1980, para conservar su integridad natural, así como la pureza de unas aguas en las que aún nadan tortugas y meros de gran tamaño y la de unos fondos marinos de consumada belleza, el gobierno croata englobó 89 de sus ínsulas, islotes y rocas en el parque nacional de Kornati.

    Los navegantes con vocación de Robinsones hallarán en este archipiélago la oportunidad de su vida, su anhelado y personal Shangri-La: un dédalo de islas apenas habitadas, tranquilidad a espuertas, soledad garantizada y una naturaleza todavía intacta. Sin discotecas, tiendas de modas ni hoteles lujosos a disposición de los visitantes, son cada vez más los que acuden a Kornati en barcos alquilados, fondean en recónditas calas salvajes, duermen arrullados por la marea y despiertan con la festiva algarabía madrugadora de las aves marinas.

  4. Trogir, la piedra hecha arte

    El casco antiguo de Trogir
    El casco antiguo de Trogir

    Notable ejemplo de continuidad urbanística, Trogir se proyecta hoy como una de las ciudades más encantadoras de la región dálmata. Su corazón histórico se alza sobre un pedazo de tierra insular interpuesto entre la costa continental y la de la isla de Ciovo, a las cuales permanece unido por sendos puentes. Se trata del conjunto románico-gótico mejor conservado no sólo del Adriático, sino de toda la Europa central. En 1997 la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad, justificando tal decisión con el siguiente informe: «Trogir es un excelente ejemplo de ciudad medieval construida sobre y conforme con el diseño de una metrópoli helenística y romana que ha conservado su tejido urbano en un grado excepcional y con el mínimo de intervenciones modernas, en el que la trayectoria del desarrollo social y cultural es claramente visible en todos y cada uno de los aspectos».

    Con su enorme concentración de palacios, iglesias, torres, castillos, murallas, fortalezas y edificios de todas las épocas y estilos -griegos, románicos, góticos, renacentistas y barrocos- Trogir es, por antonomasia, la piedra hecha belleza. Claro que si hubiera que escoger solamente una pieza de tan nutrido muestrario, la duda parece que ni se plantearía: la catedral de San Lorenzo. O para ser precisos: su maravillosa portada, la más destacada obra maestra del románico-gótico en Croacia, atribuida al escultor dálmata Radovan, desde cuyas pilastras, arquivoltas y columnas se ofrece al visitante un relato tan vasto como grandioso.

    La crónica se remonta al origen bíblico de la humanidad, con las figuras de Adán y Eva a ambos lados de dicha portada. Luego, mediante una plétora de simbolismos plasmados en 150 tallas de hombres y mujeres, alegorías de las estaciones del año y de los oficios, animales reales y criaturas del bestiario medieval, vamos conociendo la historia del ser humano hasta el drama de la Crucifixión, representado con relieves en el centro del arco principal. Sólo por contemplar tan colosal despliegue de elementos narrativos bien merece la pena viajar a Trogir.

  5. Split, el capricho de Diocleciano

    Palacio de Diocleciano, en Split
    Palacio de Diocleciano, en Split

    Dama milenaria y eternamente joven, de cálida alma sureña y corazón abierto, orgullosa de ser adriática y distinta de todas sus vecinas. Así es Split, la principal ciudad de Dalmacia y la segunda más grande del país, después de Zagreb -de la que dista 380 km-. Su historia comenzó cuando Diocleciano, nacido en sus cercanías, eligió esta soleada bahía para levantar en ella el palacio en el que pensaba pasar sus últimos días, retirado del mundanal ruido. Tal fue el origen de Split, una urbe que lleva 17 siglos creciendo dentro y fuera del contorno de la casa de descanso del emperador romano, lo cual demuestra que su elección fue tan cuidadosa como acertada.

    El casco histórico, inscrito en la lista del Patrimonio de la Humanidad desde 1979, ocupa precisamente el interior del antiguo recinto imperial. «Pero ¿dónde está el palacio de Diocleciano?», se preguntan algunos turistas despistados ante la ausencia de una construcción concreta, ignorando que sus vestigios andan esparcidos aquí y allá entre el tejido urbano, a caballo entre iglesias románicas de los siglos XII y XIII, fortificaciones medievales, edificios góticos del XV y otras mansiones de estilo renacentista y barroco.

    Sin menoscabo de su pasado histórico, Split se promociona hoy con el lema de la Ciudad de los Grandes Eventos. El prototipo de los mismos es su prestigioso festival de Verano. Entre el 15 de julio y el 15 de agosto las artes escénicas –ópera, teatro, cine, conciertos de jazz y música clásica, bailes y exposiciones- se apoderan de las calles que circundan el palacio de Diocleciano. Entre el muro sur y el mar, la avenida Riva, la más amplia del Adriático, bordeada de palmeras, tiendas y cafeterías, ofrece la imagen cabal del estilo de vida de sus habitantes, que han hecho de ella su lugar predilecto para relajarse paseando, escuchar música, charlar animadamente y contemplar el atardecer. Menos conspicuas, pero muy populares, son las celebraciones del día del Libro Mediterráneo (en octubre), el festival de Música Pop, el día de la Santa Cruz o la muestra de las Flores.

  6. Hvar, la isla perfumada

    Una de las calas de Hvar
    Una de las calas de Hvar

    Bienvenidos a la isla más larga del Adriático, en cuyos 297 km² de superficie se enseñorean los bosques vírgenes, las playas de fina arena blanca y las inconfundibles fragancias del pino, del romero y, sobre todo, de la lavanda. Hvar, que se jacta de tener más horas de sol anuales que cualquier otra localidad de la Riviera adriática, es un enclave de moda, el segundo epicentro -tras Dubrovnik- del turismo dálmata. De un tiempo a esta parte incluso se ha convertido en uno de esos lugares «vip» que atraen a la gente famosa y a personas adineradas que navegan por sus cristalinas aguas en sus yates privados. Ésta podría ser una de las razones por las que la revista Traveller ha incluido a Hvar entre las diez islas más bonitas del mundo.

    El eje sobre el que bascula todo este trasiego turístico no es otro que el puerto de la ciudad homónima, situada en el extremo suroeste de la isla, donde hacen escala los barcos que se dirigen a Split. Durante la temporada alta, los 3.000 moradores de Hvar ven decuplicado su número cada 24 horas. Esta marea de 30.000 visitantes diarios se desborda por el precioso paseo marítimo y la contigua plaza mayor, inunda terrazas y cafés, compra en el pequeño mercado y abarrota las playas de día y los bares de noche. Los menos hacen el esfuerzo de ascender al Fuerte Napoleón, situado en el punto más alto de la isla, para no perderse sus vistas o sus inenarrables puestas de sol.

    El encanto de Hvar capital, edificada en el siglo XIII y fortificada luego por los venecianos, reside precisamente en la huella que la aristocracia de la Serenísima República dejó impresa en ella, mayormente identificable en la nobleza de sus palacios. Con todo, el irrenunciable objeto de recuerdo, ya sea en aceite o en esencia, en ramos de espigas secas o en saquitos perfumados, es la lavanda, presente por doquier, cuyo aroma satura el aire de la isla.

  7. Mljet, una isla para la leyenda homérica

    El tercio occidental de Mljet está declarado paraque nacional
    El tercio occidental de Mljet está declarado paraque nacional

    Con sus 37 km de longitud y sus 3 de anchura, Mljet, situada al oeste de Dubrovnik, es considerada por muchos como la isla más bella de todo el Adriático. Probablemente por los mismos -y quizá por otros también- que, consecuentes con tal juicio, pretender identificarla con la mítica Ogigia y ver en sus rincones paradisíacos las delicias sin cuento con las que Calipso, ninfa y enamorada, retuvo a Ulises durante siete años, ofreciéndole la inmortalidad si permanecía a su vera.

    Isla de leyenda, sin duda. Y es que cuando nos asomamos a Mljet todo es posible. De entrada, robledales, encinares y pinedas hacen de ella la ínsula más boscosa del Adriático. Para seguir, además de sus playas, posee dos bellísimos lagos, Veliko y Malo (Mayor y Menor), que conceptualmente no lo son: ambos están unidos entre sí y al mar por estrechos brazos, apenas perceptibles que, por si fuera poco, los convierten en salados. Y, para terminar, nos cautiva con una estampa casi de fantasía: la del recóndito monasterio de Santa María surgiendo entre el frondoso boscaje del islote homónimo, abrazado por las aguas del lago Veliko. Este convento, construido por monjes benedictinos en el siglo XII, está presente en numerosas páginas de la historia croata y, por insólito que resulte, también en más de un relato novelesco.

    El tercio occidental de la isla (3.000 Ha) está declarado parque nacional. Dicha zona ha sido protegida a causa de su flora exuberante -los bosques tapizan de verde colinas y valles hasta la misma orilla del mar-, su riqueza faunística (aves, sobre todo), su escarpada costa (acantilados, cuevas de roca calcárea y bahías limpias y resguardadas) y su precioso patrimonio cultural. Mljet, por otra parte, no está preparada para soportar un turismo masivo. No existen transportes públicos y el Odisej, en Pomena, es el único hotel (3*) de la isla, aunque es posible alquilar apartamentos particulares. Aquí todo invita al sosiego, ya sea paseando en bicicleta, pescando o haciendo senderismo con la mochila a la espalda.

  8. Dubrovnik, la perla del Adriático

    La calle central de Dubrovnik
    La calle central de Dubrovnik

    «El segundo lugar más bonito del mundo, después del lugar donde nació usted, es Dubrovnik», te espetan por estos pagos, «y si nació aquí es doblemente privilegiado, pues entonces Dubrovnik es para usted dos veces el lugar más bonito del mundo». Algo parecido debió pensar Bernard Shaw cuando afirmó: «Si usted quiere ver el cielo en La Tierra, visite Dubrovnik». Y, a lo mejor -¿quién puede demostrar lo contario?-, fue el deseo de comprobar tal aserto el que empujó a Agatha Christie en 1930, tras su nuevo matrimonio con el arqueólogo Max Mallowan, a hacer las maletas para ir a vivir en la denominada Perla del Adriático parte de su segunda luna de miel.

    Dubrovnik, la antigua república independiente de Ragusa, constituye por sí sola toda una industria turística. Su casco antiguo, un centenar de edificios públicos, iglesias, casas y palacios ceñidos por una maciza muralla erizada de albarranas y fortificaciones renacentistas, atrae a visitantes propios y foráneos a lo largo de todo el año. Se trata, sin paliativos, de una obra maestra de la arquitectura de todos los tiempos, que admite cabalmente el parangón con Venecia o Amsterdam. Al atardecer y a vista de pájaro, envuelto en las doradas luces del poniente y embutido en su exigua península arrullada por un esplendente mar azul, se nos antoja como una filigrana en una bola de cristal o –concediendo la razón a Bernard Shaw- como una miniatura de reminiscencias flamencas, exquisita y casi celestial.

    El festival de verano de Dubrovnik, que recientemente celebró su 60º aniversario, es el más importante y representativo del mundo cultural croata y uno de los más consolidados de Europa. Del 10 de julio al 25 de agosto más de 40 escenarios y 2.000 artistas de casi dos docenas de países transforman la fisonomía de la ciudad vieja, cuyas calles, plazas, palacios e iglesias se convierten en la sede de los grandes nombres de la música clásica, el teatro, la ópera y la danza.

  9. Parque Nacional de Plitvice, apoteosis lacustre

    El Adriático constituye en Croacia -lo hemos venido ilustrando- un destino turístico indefectible. Aunque no por ello excluyente. En la zona montañosa kárstica del centro del país, lindando con Bosnia-Herzegovina, el parque nacional de Los Lagos de Plitvice recibe cada año 1.200.000 visitantes. Instituido en 1949, es el más antiguo de la Europa suroriental y el más grande y conocido de Croacia. Ya durante la década 1960-70, mucho antes de empezar a opositar a celebridad turística, le hizo los primeros guiños a la fama sirviendo de escenario a varios westerns que tenían como protagonistas al jefe apache Winnetou y su inseparable compañero Old Shatterhand, personajes de las novelas de Karl May, populares entonces gracias al cine.

    En Plitvice, utilizando como medios de expresión el agua y la piedra en una paciente labor que dura ya 8.000 años, la naturaleza ha creado un espectáculo de una belleza plástica difícil de superar. Son 16 lagos y 92 cascadas conectados entre sí y engullidos por un bosque de hayas y abetos donde el oso pardo y el lobo medran a sus anchas entre bandadas de mariposas. A la vez umbrío y luminoso, apacible y salvaje, romántico y dramático, el paisaje, a caballo entre lo real y lo fantástico, parece arrancado de una acuarela del siglo XIX o propio de un cuento de los hermanos Grimm. En 1979 la UNESCO lo agregó al registro del Patrimonio Mundial.

    La visita se realiza a pie a través de pasarelas de madera que puentean riachuelos y zonas anegadas, arrimándose a los juegos del agua. Para las distancias largas el parque dispone de trenecillos y los grandes lagos (Kozjak, el mayor, tiene 3 km de longitud) pueden atravesarse en silenciosas barcas movidas por electricidad. Candidato en 2011 a la elección de las nuevas siete maravillas del Globo, Plitvice no es ajeno a acontecimientos mundanos tales como la celebración de bodas al pie de sus cataratas.

  10. Zagreb, mediterránea y continental

    Situada en el cruce geográfico, histórico, cultural y político entre Oriente y Occidente, la capital de Croacia ostenta, con todo derecho, el rango de ciudad centroeuropea y meridional-mediterránea. Metrópoli hoy abierta, ecléctica y tolerante, su turbulenta historia se puede leer como un libro de imágenes en el conjunto de sus edificios -con mayoría de fachadas espléndidamente conservadas-, plazas y monumentos. No hay más que dejarse llevar por su ambiente para ir descubriendo sin prisas las esencias de Zagreb, una urbe de la que, asegura más de uno, lo único que la supera en belleza son sus mujeres.

    En un ejercicio único de identificación con su país, la capital croata rinde pleitesía a los tres colores, azul, blanco y rojo, de su bandera. El azul lo lleva en su escudo, en sus autobuses y tranvías, en la vestimenta de su equipo de fútbol -el Dinamo de Zagreb es el club croata con más trofeos- y en su soleado cielo; rojos son los parasoles de Dolac, su mayor mercado, elementos reconocidos de la identidad capitalina, lo mismo que su pastel más tradicional, el licitar, con forma de corazón encarnado, que se regala como símbolo de amor y devoción; y blanca, en fin, es la nieve de la pista de esquí de Sljeme, a media hora del centro urbano, destino favorito durante todo el año para los esquiadores zagrebíes y donde, a principios de enero, se reúnen los mejores deportistas de esta especialidad en la carrera del Campeonato Mundial.

    En la lista de las ciudades con la mayor sala de estar, Zagreb se sitúa la primera, porque toda ella es eso mismo: un magno y amable paraninfo para estar con su gente -comenzando por la plaza de Ban Josip, su centro neurálgico-, para las tertulias de café y los festivales callejeros internacionales llamados Cest is d’Best, para ir de tiendas y restaurantes o para los encuentros de negocios. Por insistir una vez más, la amalgama inefable entre la capacidad organizativa norteña y la cordialidad mediterránea.