DEL SALTO DEL SAPO AL DEL HACHA EN VENEZUELA

La saltarina Canaima

Canaima es una constante fuente de alegrías para los visitantes. Los puntos de máximo interés se cuentan por decenas, sin cabida a la exageración. Lo suyo es fichar un guía en condiciones para optimizar el tiempo. Muchos de ellos se presentan motu propio en los alojamientos más frecuentados. Ladimir hizo lo propio en mi albergue y dio en la diana.

Foto: FLICKR / JOHN 56

Locales y turistas comparten tiempo y experiencias en Canaima

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • R
  • Ponte en las manos de las comunidades pemonas que encuentres para probar su dieta
  • A
  • Puma, jaguar, oso hormiguero gigante, cotorra morada, mono capuchino del Orinoco..., hay mucha fauna para observar
  • S
  • No hay que ser un escalador experto para moverse con soltura, sigue las indicaciones de los guías

CONTENIDO RELACIONADO

De una tacada fichó un grupo formado por siete 'maracuchos' (como se conocen en el país de forma divertida a los habitantes de Maracaibo), dos italianos, cinco españoles y un griego.

El agua aquí se parece a un refresco de cola, por el tanino

Pequeña torre de Babel ávida de conocer.  La improvisada gestión da con el personal en la laguna donde se agarra una curiara; esto es, una embarcación hecha de un solo tronco. El color del agua era el de un refresco de cola, debido al tanino, una sustancia producida de forma natural por una planta que hace de colorante textil. Navegada hasta una zona donde arranca una caminata que conduce hasta el Salto del Sapo. Toca croar.

Cuando es temporada seca, como fue mi caso, el salto puede aparecer seco como la mojama. Exacto: no hay ni una gota. La contemplación de las sinuosas formas de las rocas en la inmensa poza permite suponer que cuando llueve el espectáculo es de máxima categoría. La naturaleza venezolana mantiene ese punto de salvajismo que encandila a los urbanitas. Esto es otra cosa, y menos mal que aún lo es.

La sequía permita darse un tranquilo garbeo bajo la cascada, tan sólo un chorreón de agua ejerce de improvisada ducha. Algo es algo. La estampa constriñe: da miedo pensar que se rompa el equilibrio ecológico que mantiene vivo un entorno imposible de repetir en un laboratorio.

La mente elimina rápidamente los pensamientos lúgubres y se centra en la laguna que se forma abajo y que luce una agradabilísima playa donde no hay quien se niegue a un conveniente chapuzón. Buen momento para relajar músculos y limpiar el sudor en esa charca teñida de cola. Sólo falta el ron.

Seguimos el camino hasta el Salto del Hacha. Por saltos que no quede. Allí sí fluye el agua. Penetramos por su interior, que supone unos cien metros de pasillos por debajo de la cascada. La puesta de sol sobre los árboles selváticos, contemplada tras la cortina de la cascada, es de las visiones más bonitas que he visto en mi vida. Se sale.

Muy mojados regresamos al alojamiento para reír y conocer mejor a todos los del grupo. Algunos bares abren por la noche en la ciudad, pero la mañana siguiente vuelve a dictar madrugón. Hay demasiado que ver. Que cada cual decida qué hace con la tentación nocturna...

Entrevistas

Manu Tenorio: "En mi equipaje de mano nunca faltará mi guitarra"

El cantante sevillano se entona para hablar sobre los horizontes geográficos que lo han moldeado

Álvaro Urquijo: "Postales no escribo, hago fotos y malas"

La voz de 'Los Secretos' despliega buen humor para hablar de su perfil viajero