TREKKING EN LA ISLA NORTE DE NUEVA ZELANDA

Frodo, el anillo y el volcán Tongariro

Las antípodas sorprenden. Mi paso por el parque nacional de Tongariro, muy cerquita del Lago Taupo, ha sido un éxito. Estos kiwis saben combinar naturaleza y lujo. Resumo el 'Bayview Chateau', mi hotel: grandes ventanales, un señor tocando el piano, muchos grupos tomando algún trago y unas vistas magníficas de los volcanes.

Foto: FLICKR / BEN BEISKE

Los ruteros que llegan al pie del Lago Esmeralda experimentan una enorme satisfacción

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • T
  • El parque está a 330 kilómetros al sur de Auckland por carretera y a 320 al norte de Wellington
  • E
  • Suele llover a diario por los vientos que llegan del Mar de Tasmania. En invierno nieva
  • A
  • La ornitología es un actividad puntera aquí. Premio para el que localice un kiwi marrón de la Isla Norte

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El alojamiento, claro está, invita a la vida contemplativa pero entregarse a la vagancia es un error. La actividad estrella consiste en realizar la ruta del 'Tongariro Crossing' entre los volcanes Tongariro y Ngauruhoe. No nos decidíamos porque no sabíamos si tendríamos cualidades físicas para una travesía de 20 kilómetros en un día. Al final le echamos valor. Y os digo, ojo al dato, que cualquier persona que quiera lo puede hacer perfectamente. Animados quedáis.

Me relajó pensar que aquí fue donde se rodó el Reino de Mordor

A las siete de la mañana nos recogió un bus local. Seríamos unas 30 personas. A la media hora nos dejaron en el punto de comienzo de la ruta. Lo característico del camino es que se trata de un paisaje lunar. Las erupciones han conformado un decorado que inquieta. Al principio sólo había vegetación arbustiva. La mayoría del camino está muy preparado para los aventureros y perfectamente indicado con piquetes y mojones. Hay tramos del sendero hechos con maderas, mallas e incluso con el lujazo de unas buenas escaleras.

La primera hora fue sin pendiente hasta que llegamos a la escalinata del diablo que fue 'del diablo' total subirlas. Me acordé de medio mundo y no pude dejar de pensar qué demonios hacía yo allí en lugar de estar en el hotelito con un buen vino. Tardaríamos unos 40 minutos en subir, pasamos de los 1.000 a los 1.700 metros. Una pesadilla. De allí andamos un poco más por Marte, entre los cráteres y esperando ver de un momento a otro algún marcianito. Vislumbré entonces otra subida que me aterraba. A ella nos lanzamos, esta vez una hora y media pero con una grata recompensa: el Red Cráter y unos lagos preciosos del color mas turquesa que haya visto en mi vida adobados con un intenso olor a azufre.

Mi compañero se puso blanco. Estaba pagando el esfuerzo. Menos mal que a partir de ahí, las cuatro horas que teníamos por delante eran cuestión de bajar. He de confesar que saber eso me relajaba. Y más, pensar que estaba en el lugar donde se escenificó el Reino de Mordor en la trilogía de El señor de los anillos. Tenía que seguir, no le podía hacer esa faena a Frodo...

La segunda parte empezó tras un paradita para una fruta (y algo más) en los lagos. El paisaje cambió, atravesamos el 'Blue Lake', neveros y riachuelos. Comenzamos a bajar por una ladera vestida de un arbustito marrón que a lo lejos me daba la sensación del pelaje de una oruga. Llegamos a un refugio a mitad del camino, llenito de caminantes que iban y venían, tomaban un aperitivo y hacían sus necesidades en un retrete más o menos decente.

No duramos allí ni un cuarto de hora. La bajada se empezó a hacer muy pesada, nos dolían los dedos gordos del pie. De pronto, el paisaje cambió de nuevo: los arbustos se convirtieron en árboles, surgió un pequeño bosque en el que se filtraban los rayos del sol y se empezaron a oír pájaros, aguas que corrían, vida. ¡Habíamos salido de Mordor!.

Llegamos al destino a las dos y media en punto, siete horas exactas después de la salida. Absurdamente éramos los primeros en alcanzar la meta. Exhaustos pero muy felices. Nunca había hecho un trekking entre volcanes. Cualquier viajero que se precie debería hacerlo al menos una vez.

Por la noche, cena muy merecida y de lujo total: pato confitado acompañado de un exquisito vino blanco llamado 'Las Escaleras del Diablo'. Puede valer. Tengo agujetas en todo el cuerpo pero ha merecido muchísimo la pena. Momento diez para los que quieran pasarse por Nueva Zelanda. Palabrita.

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