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El lugar más curioso de Londres

En un suburbio desangelado se levanta el mayor templo hindú de Europa

Templo hindú de Neasden
Templo hindú de Neasden - LUIS VENTOSO
LUIS VENTOSO Corresponsal En Londres - Actualizado: Guardado en: Actualidad Europa

Lo han visitado el Príncipe Carlos y Cameron, pero sigue constituyendo un secreto para el gran público. Tal vez sea la construcción más curiosa de Londres. El barrio, lejos del circuito turístico, no promete. Otro suburbio del noroeste, desgarbado y tristón, cortado por una autopista. Los únicos puntos distintivos parecen un Ikea y el arco del estadio de Wembley, que se vislumbra a lo lejos. Pero tras un cuarto de hora de caminata gris surge el asombro: el Shri Swaminarayan, el mayor templo hindú de Europa, un alarde en filigranas de mármol toscano de Carrara e indio de Ambaji. Curiosamente, los españoles son los extranjeros que más lo visitan.

El santuario es conocido popularmente como «el templo de Neasden», la parada de metro más próxima. La secta hindú que lo levantó a mediados de los 90 cuenta un millón de fieles en el mundo y se conoce por sus iniciales: BAPS. Veneran como la manifestación de Dios a un gurú llamado Swaminarayan, que vivió en el Norte de la India, cerca del Nepal, entre 1781 y 1830. En el Reino Unido solo lo siguen 5.000 familias, lo que vuelve el recinto todavía más asombroso, pues aseguran que los 15 millones de euros que costó vinieron de donativos de fieles.

El edificio es algo único, una de las «Siete Maravillas de Londres», según la revista «Time Out»

El templo se levantó siguiendo los antiquísimos preceptos védicos sobre arquitectura, que prohíben las estructuras metálicas. El edificio es algo único, una de las «Siete Maravillas de Londres», según la revista «Time Out». Su construcción fue como armar un Lego: las fichas (26.300 piezas) fueron fabricadas por artesanos en ocho talleres en la India, se trajeron en barco y se montaron durante tres años, de 1993 a 1995. Antes de convertirse en un trozo de la India, un desguace de coches afeaba el solar.

El templo es visitable y la entrada libre. Los anfitriones son relajados y afables. Al entrar debes dejar tus zapatos en una taquilla. A las mujeres con mucha piel al aire les endilgan un sari. La sala estelar, bajo la cúpula principal, es un enrevesado portento de columnas y arcos, esculpidos con retazos de la historia de su pacífica fe. Una excursión de escolares ingleses encorbatados da un poco la brasa a los devotos con el punto rojo del «tilak» en sus frentes, que veneran a deidades representadas en esculturas de colores. Al fondo canturrean monjes de túnica azafrán.

Un guía indio muy amable pregunta de dónde eres. La respuesta lo alegra: «Aquí apreciamos mucho a los españoles. Antes los alemanes eran los extranjeros que más nos visitaban, pero ahora son ya los españoles. Además yo soy del Barcelona, ¿y tú?». Le cito al glorioso Dépor. «Eso no me suena». Salimos a la gran terraza exterior del templo. «Ahora vamos a cerrar las puertas ocho minutos para la oración, pero tú puedes quedarte aquí, viendo el paisaje y meditando, o bajar al centro de interpretación». El suelo de mármol, húmedo por la llovizna, enfría los pinreles en calcetines. El paisaje suburbial londinense tampoco es que sea precisamente un meandro del Ganges. Bajamos al museo y dejamos al culé con su rezo. Mañana sábado, como cada semana, dos mil fieles se reunirán a orar aquí.

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