EL MARTES DE CARNAVAL EN DAMME TIENE ORDEN PERO NO CONCIERTO
Gänsemarsch es la fiesta sólo para los muy hombres
- David Navarro -
- Día 04/08/2011 - 09:50 h
Damme vive tres días de Carnaval sin ningún tipo de tregua. Mucha marcha para un pueblo tan pequeño. Entonces llega el martes, una jornada para relajarse y recuperar fuerzas. Aparentemente, sólo aparentemente. El miércoles es día de trabajo y toca bajar el pistón. Sin embargo, en los últimos años este día se ha convertido en la demostración de que las ganas de juerga no tienen fondo en Alemania. Este martes tan contradictorio se ha convertido en toda una institución bajo el nombre de Gänsemarsch.
LAS CLAVES DEL VIAJE
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Con los tiempos que corren, puede sonar machista. Posiblemente porque lo sea, pero el Gänsemarsch es exclusivo para los hombres. La tradición marca que las mujeres se queden en casa reorganizando la vida transcarnavalera, mientras los hombres se van a beber cervezas. El punto de encuentro es el Ayuntamiento: unos 200 machotes que han soportado y sobrevivido en cuerpo y alma a tres días de exigente fiesta se presentan ante el señor alcalde. El edil ofrece una cerveza al personal y propone un brindis comunitarios. Intraducibles sus palabras dada mi resaca acumulada, por no decir mi somnolencia.
| Mientras explicaban las penalizaciones ya me había cargado media docena de cervezas |
Se arranca el programa de actos: como Vicente voy donde va la gente. Se forma una larga fila mientras se camina por el centro del pueblo. Cada cierto tiempo se hace una parada y se invita a una pequeña degustación de comida o bien a un chupito. Una buena forma de hacer turismo para conocer un banco, una farmacia, una carnicería...
Tras dos horas dando vueltas, los hombres llegamos a una carpa donde nos sientan en largas mesas. Es el momento de pasar por caja: pagamos quince euros por beber cerveza, todas las que quieras. Son las doce de la mañana, gran hora para el comienzo. Con tanto caminar incluso entra sed. La cuestión es que hay una serie de normas para el trasiego.
El reglamento es muy muy rígido. Quien no lo cumpla deberá pagar una multa. Mientras explicaban las penalizaciones ya me había cargado media docena de cervezas. El ritmo debía de ser constante, por riesgo de que te acusaran de no estar bebiendo. Eso puede suponer tener que abonar diez euros. Mi torpeza hizo que a las primeras de cambio volcase un vaso, lo que rápidamente llegó a oídos del hombre que manejaba el micrófono. Yo era la primera víctima. Gran expectación. Chistes por megafonía. Me limité a pagar y prestar más atención para evitar futuros desembolsos.
Las cervezas subían y los euros bajaban. La pena por caerse al suelo era de 20 euros, por lo que cada diez minutos se ordenaba que el personal se pusiera de pie para brindar. Siempre había un graciosito que te quitaba la silla para provocar la caída y el pago. Doble gracia.
De forma imprevista, el llamado Príncipe del carnaval le daba por cantar una canción y había que responder rápidamente con una levantada del asiento. El despistado que se quedaba sentado, otros diez euros. A uno lo cogieron mezclando la cerveza con sprite, otros diez euros. La pena máxima está cifrada en 200 euros: se paga si viene tu mujer a buscarte. Por supuesto.
Tras cinco horas aguantando el tipo, porque son muchos días sin dormir, estaba corriendo el riesgo de caer uno de los peores castigos, quedarme dormido. O lo que es lo mismo, la caja recibe 50 euros. Motivo para aguantar el tipo, ya que me dormía de píe.
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