EL AUTÉNTICO ENCANTO MARINERO DE LA GALICIA PROFUNDA EN LAS RÍAS BAIXAS

Hórreos, cruceiros y orejas de cerdo en Combarro

Combarro es un rinconcillo gallego que uno no puede dejar de visitar. Situado a pocos minutos (y kilómetros) de Pontevedra, es fácil de encontrar y supone todo un salto en el tiempo. Lo primero que nos llamó la atención cuando llegamos fueron unas construcciones elevadas en altura con una especie de rejillas y unas cruces de enormes proporciones. Al entrar en el laberinto de callecitas que rodean este pueblo (recomiendo acceder por unas escaleras que hay nada más pasar el puerto que hay enfrente al casco urbano por lo impactante que resulta) nos acercamos a un oriundo del lugar y le preguntamos qué eran esas construcciones y cruces.

Foto: PANORAMIO / TONINAJI

La estampa de un hórreo es la imagen característica de la villa de Combarro

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • N
  • Se pone la piel de gallina si se visita de noche el cercano Monasterio de Poio, a sólo tres kilómetros. Una maravilla del barroco gallego
  • A
  • En los días claro se puede divisar la Isla de Tambo desde cualquiera de los miradores cercanos a Combarro
  • R
  • Déjate llevar por lo que te propongan los hosteleros del pueblo. En cuestión de comer, siempre el guiso del día

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El pasiano, muy amablemente, nos dijo que los primeros son hórreos, almacenes para guardar la comida y conservarla en buen estado, debido a las temperaturas frías y húmedas de la época de cosecha. La causa de estar en altura es para evitar que entren animales con apetito y voracidad. Respecto a las cruces, nos corrigió inmediatamente diciéndonos que son cruceiros (en Portugal se llaman cruzeiros). Monumentos absolutamente típicos de Galicia, se trata de cruces asentadas sobre un gran pilar. El ambiente que producen unos y otros es mágico. Estábamos en las Rías Baixas, en un enclave absolutamente marinero con aspecto de que el tiempo no ha pasado por aquí. Tenían razón quienes afirman que el casco viejo de Combarro puede ser diminuto en tamaño pero resulta enorme en atmósfera y peso de la historia. Historia de la gente normal, sin pretensiones.

De repente apareció la mujer de la olla y nos preguntó si íbamos a comer. Dijimos que sí, la cosa pintaba bien... Nos regó de albariños y ribeiros acompañados de mariscos y una inesperada sorpresa

Después de la lección cultural y perdernos por el entresijo de calles buscamos un sitio para comer. Primero paramos en una especie de tasca muy auténtica, hecha a base de granito y hasta con los famosos cruceiros dentro. Nos acercamos a la barra y, antes de pedir, el camarero inmediatamente nos plantó dos tazas de sopa... la verdad que no era lo previsto (la idea era un poco de marisco...) pero ante la insistencia del servicial mesonero fue dicho y hecho. En realidad el tipo sabía lo que hacía: la sopa mariscada (como su propio nombre indica esta hecha a base de marisco) más buena no podía estar. El buen ambiente de la tasca y la luz tenue de fondo invitaba a casar el marisco con sendos albariños y ribeiros (vinos típicos de Galicia; para mi gusto ambos son buenos, aunque sobre gustos no hay nada escrito). A pesar de que el consabido camarero insistió en ponernos otra sopa, declinamos la invitación, pagamos gustosamente la cuenta y continuamos nuestra ruta gastronómica.

La siguiente parada fue anecdótica, ya que se trataba de una casa normal y corriente (por si alguien está interesado, está situada a la entrada del pueblo andando de frente y a unos 500 metros). Dentro estaba una mujer cocinando con una olla de dimensiones importantes, preguntamos si daban de comer pero ni caso, la mujer con la olla y a lo suyo... Bajamos unas escaleras y en una zona ajardinada (con maravillosas vistas al puerto de Combarro) había mesas preparadas para que la gente comiese, nuestra duda era si se trataba de un asunto familiar o verdaderamente estaba abierta al público. De repente apareció la mujer de la olla y nos preguntó si íbamos a comer. Dijimos que sí, la cosa pintaba bien... Nos regó de albariños y ribeiros acompañados de mariscos y ¡sorpresa! su producto estrella, con razón estaba tan concentrada con la olla: orejas de cerdo. Mmmm, nunca las habíamos probado. Fue algo picante pero toda una exquisitez, tanto que repetimos varias veces. Teníamos el estomago lleno, pero nuestra ya amiga (creo que se llamaba Chiruca o eso creí entender) como colofón nos invitó a chupitos de orujo (aguardiente de frutas) casero, muy fuertes pero ideales para bajar el homenaje que nos habíamos pegado.

Al pagar la cuenta (por cierto ridícula para lo que bien y mucho que habíamos comido), Chiruca nos invitó a entrar en la trastienda de la cocina y nos ofreció (sin insistir, y eso se agradece) de todo a precios muy, muy razonables. Compramos un poco de cada cosa, incluidos, cómo no, albariños y ribeiros. Lo que más no llamó la atención es el envoltorio que utlizaban, de lo más auténtico. Y fue precisamente en un trozo de ese envoltorio donde nos escribió nuestra amiga su nombre (difícil de descifrar, de ahí la duda final no resuelta) y teléfono, porque por supuesto Chiruca también tenía habitaciones para dormir y a buen precio. Así es ella.

La reliquia del trozo de envoltorio con sus datos aún lo conservo, por si algún día vuelvo. Nunca se sabe.

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