UNA APROXIMACIÓN A TRANSILVANIA SIN PERDER UNA GOTA DE SANGRE EN EL INTENTO
Los dominios rumanos de Vlad Tepes
- Ruth Worthing -
- Día 23/02/2012 - 01:01 h
Caída ya la tarde de un viernes invernal, lanzamos entre cervezas y pinchos el tema que nos preocupaba: ¿dónde nos vamos de vacaciones en Semana Santa?, ¿dónde nos vamos por cuatro días y cuatro duros?. Está claro que para poder descubrir un país con tranquilidad se necesitan semanas. Sin embargo, el tiempo es un bien preciado que en ocasiones llega a ser considerado un producto de lujo, inalcanzable. Vamos, lo que viene siendo 'el tiempo es oro'. Aun así, no íbamos a renunciar a descubrir un nuevo país por disponer de pocos días... y aún menos dinero.
Foto: FLICKR / ALEKSANDAR COCEK
El castillo de Bran, que fue hogar del rey Vlad, se recorta sobre la colina
LAS CLAVES DEL VIAJE
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Gracias a algunas aerolíneas de bajo coste -Vueling y Ryanair- teníamos un amplio abanico de destinos potenciales, pero todos más que vistos: París, Milán, Londres... puff. "¿Alguien ha viajado con Wizzair?, ésta vuela a Bucarest". "Mmm... ¿Rumanía?, ¿Transilvania?, ¿en cuatro días?, ¿20 euros por trayecto?. Ok: Challenge accepted (misión aceptada)". Dicho y hecho se confirma que se viaja donde hay oferta. El precio es el que decide.
| En la ciudadela de los caballeros teutónicos de Râşnov existe un pozo que alcanzó los 140 metros de profundidad y tardó 17 años en terminarse. Desafortunadamente para los soldados, su libertad significó la muerte |
Así se comenzó a gestar nuestro periplo: Bucarest-Bran-Rasnov-Brasov-Sinaia-Bucarest. Resta decir que aparte de la riquísima historia y conglomerados de culturas (los Imperios Otomano y Austrohúngaro invadieron durante siglos el país de los Cárpatos), uno de los atractivos que tenía el viaje era el señor Vlad Tepes, más comúnmente conocido como el Conde Drácula. En Bran se encuentra el castillo donde presumiblemente 'residió' el famoso personaje histórico que sirvió de inspiración al irlandés Bram Stoker para escribir su archiconocida novela y así comenzar la leyenda de los vampiros de Transilvania. Los amables lugareños de Bran todavía le dan las gracias, sin duda es su mayor fuente de ingresos.
Bran está a dos horas y media de coche desde Bucarest, teóricamente hablando, porque la red de carreteras del incorporado país a la UE aún deja mucho que desear. Así que mejor ir despacito y con buena letra. A esto hay que sumarle la anti-destreza de los conductores rumanos y poca-nula educación vial. Una pizca de emoción al viaje, contemplémoslo así. ¡Toda una gesta épica! (Nota aclaratoria: no conducía yo, conste.)
Como curiosidad histórica comentaré que aunque el Conde Drácula popularmente vivía en Transilvania, en realidad era el Príncipe de Valaquia, una región colindante. Bran está localizado justo entre ambas regiones. Imagino que al señor Stoker se le complicó la cosa cogiendo notas.
La entrada al castillo es simplemente fascinante. Los vendedores de artesanías en trajes regionales de Transilvania forman un pasillo bajo la pendiente que sube hasta el Castelul Bran. Una impresionante construcción medieval erigida por los húngaros a principios del siglo XIII que sirvió para poner de manifiesto la creatividad arquitectónica de los vecinos del noroeste.
DE LEYENDA EN LEYENDA Y A BASE DE ESCALOFRÍOS
Desde aquí y a sólo diez kilómetros de distancia nos encontramos con Râşnov, donde aún existe la fortaleza de la antigua ciudadela construida por los Caballeros Teutónicos en el siglo XIII. La fortificación alberga la siguiente leyenda que es cuanto menos interesante: durante su construcción, y debido a la falta de agua, dos soldados turcos apresados fueron encomendados a cavar un pozo a cambio de su libertad. El pozo alcanzó los 140 metros de profundidad y tardó 17 años en terminarse. Desafortunadamente para los soldados, su libertad significó la muerte. Sin embargo, el pozo aún permanece riéndose del tiempo. Ante él, envuelta por los susurros del viento, sentí un escalofrío. (Quiero pensar que el que en pleno abril hicieran 15 grados también tendría algo que ver...)
Comimos en esta misma ciudad en un restaurante local. Probamos sarmale (rollitos de arroz cocinados con tomate y nata) y mamaliga (una pasta de maíz acompañada de queso de cabra). Estos platos típicos 'sorprendentemente' también existen en la cocina húngara y turca. Eso sí, a pesar de la legenda popular, nadie nos sangró. Nada de vampirizarnos las carteras. La comida resultó muy económica, tan sólo cinco euros por persona. (El chiste es malo, I know, pero no he podido evitarlo.)
Nuestra siguiente parada y última de la jornada fue Brasov, de nuevo a otros diez kilómetros de distancia. El hotel estaba convenientemente ubicado en el centro y sobre las 20:00 salimos a dar una vuelta por sus calles. Lo mejor sin duda es la Iglesia Negra, llamada así por un incendio que hubo en el siglo XVII, una preciosa catedral gótica del siglo XV. No menos impactante es la Iglesia de San Nicolás, del siglo XIII, que tiene el especial atractivo de ser cristiana ortodoxa y la cual visitamos a la mañana siguiente.
Desde Brasov nos alejamos de la región de Transilvania y seguimos nuestro viaje dirección Prahova. La tierra de Drácula no resultó tan amenazante como su vecino más ilustre. El trato al turista siempre resultó amable. Vamos, que los colmillos no estaban afilados.
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