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Mónaco

En el territorio donde se alza Mónaco se daba culto a Hércules y quizás de ahí proviene su nombre actual. En la actualidad el Principado monegasco es un país tan exclusivo que es el segundo más pequeño del mundo, tan sólo superado por Ciudad del Vaticano. Se encuentra encerrado entre el Mediterráneo y Francia, en plena Costa Azul.

Sus dos kilómetros cuadrados han visto pasar una historia apasionante. El ocho de enero de 1297 es un día clave, puesto que fue cuando François Grimaldi, descendiente de Otto Canella, anexionó por la fuerza la fortaleza. Para ello, este güelfo se sirvió de una estrategia que consistió en disfrazarse de monje para acceder y una vez dentro, franqueó la puerta a sus soldados. Fue el comienzo de una dinastía que a pesar de haber tenido malos momento, sigue al frente del país más elitista del planeta. Su mero apellido es sinónimo de glamour.

Fue en 1886 cuando Carlos III, en honor a sí mismo, bautizó como Montecarlo el antiguo barrio de Spélugues y le dio forma al Mónaco actual. Posteriormente llegaría el primer Rally de Montecarlo, en 1911, y el primer Grand Prix automovilístico en 1929. Desde entonces su ascenso como referencia indiscutible en el mundo del lujo y la moda ha sido imparable.

Desde la Constitución de 1962, el Príncipe comparte su poder con un Parlamento unicameral, el Consejo Nacional de Mónaco. En la actualidad, esta ciudad-estado participa activamente en las Naciones Unidas, a las que se adhirió en 1993. En cuanto al clima, es de carácter mediterráneo, suave y soleado a lo largo de todo el año.

Ni que decir tiene que el turismo es uno de sus fuertes. Una curiosidad: por regla general sus ciudadanos tienen prohibido el acceso al Gran Casino. Queda reservado para visitantes.

Mónaco para estar de lujo

Visitar el Principado de Mónaco supone sumergirse en un mundo de excesos y derroches casi sin parangón en Europa, pero que es, a la vez, una experiencia sorprendente y deslumbrante para aquél que se atreva a adentrarse en el corazón del lujo en estado puro. La ciudad destila desmesura por sus cuatro costados, con yates imposibles y coches de alta gama por doquier. Pero Mónaco no es sólo un lugar para caprichosos multimillonarios, sino que es una mediterránea piedra preciosa con unas vistas al mar embrujadoras.

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