LA MILLA DE ORO DE BILBAO, SAN SEBASTIÁN Y ZARAUTZ EN VERSIÓN GASTRONÓMICA

Triángulo a base de pinchos y zuritos

Una escapada a Bilbao es sinónimo de triunfo. Más cuando se cuenta con una guía de la tierra. En mi caso se trató de Garbiñe, Inmaculada en castellano. La cita fue en las famosas Torres de Isozaki, cerca del impresionante museo Guggenheim y la ría. Con el estómago como brújula.

Foto: FLICKR / CRISTINA

Un brindis por la selecta gastronomía popular bilbaína

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • C
  • En Bilbao se ha vuelto imprescindible visitar el museo Guggenheim: sólo el edificio ya merece la pena
  • A
  • Si es día de fútbol, lo ideal es acercarse a San Mamés e incluso buscarse una entrada. El ambiente no tiene parangón
  • R
  • Los pinchos con zuritos son lo más típico. Eso sí, no comamos por los ojos que luego nos pasamos con el género

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Todo este espacio ha sido reurbanizado de forma que se ha recuperado para la ciudad amplias zonas de recreo. El concepto de habitabilidad cobra aquí sentido pleno y auténtico. No hay que explicarlo, se vive y punto. Nos perdimos por el casco viejo, qué delicia, y admiramos la cúpula de la parroquia de nuestra señora de Begoña.

Uno se siente un pequeño Hemingway con ganas de arrancar a escribir. La imaginación vuela en la curva de Estafeta

Caminamos por la Gran Vía. Señorial siempre. La iluminación lucía especialmente bonita y cuidada. Era época navideña. El paseo nos atrapó, suele pasar en Bilbao. El mobiliario urbano lo firmaría cualquier ciudadano en su jardín privado. Consecuencia: es de buen gusto. La ruta a pie acabó como el que no quiere la cosa en las inmediaciones de 'la catedral'. Me refiero a San Mamés. Domingo de fútbol. El ambiente de los partidos forma parte de los muchos atractivos turísticos de Bilbao. Debería estar incluido en los itinerarios tipo. Para rematar, cogimos el Puente Colgante y nos fuimos a Las Arenas a tomar unos pinchos con zuritos y bailar un poco.

La jornada siguiente buscamos un nuevo lado del triángulo. Rumbo a Pamplona. Su plaza consistorial, desde donde meten el chupinazo, se me apareció más pequeña de lo que se ve en la tele. Cuestión relativa al gentío, supongo. La imaginación vuela en la famosa curva de la Estafeta, esta vez sin toros. Uno se siente un pequeño Hemingway con ganas de arrancar a escribir.

Por la tarde, para rizar el rizo triangular, paramos a tomar café en la ciudad señorial como concepto: San Sebastián. Bañada por el mar Cantábrico, enamora a golpe de vista con su famosa Playa de la Concha enmarcada entre el monte Igeldo y monte Urgull. Recorrimos su barrio pesquero, entre el club naútico y el acuario. Me llamó especialmente la atención el Kursaal, auditorio y palacio de congresos, obra de un arquitecto de prestigio, el navarro Rafael Moneo. El nivel de cuidado y calidad de diseño de los espacios públicos marca el nivel de progreso de un pueblo. Máxima nota para Donosti.

El fin de fiesta fue en Zarautz, villa turística y surfera conocida como 'La Reina de las Playas'. La gastronomía en esta esquina del mapa es puntera, toda una religión. A la altura de la plasticidad de sus parajes y acantilados. Como abducidos, regresamos a la cultura de los pinchos y los zuritos y en su mercadillo medieval volvimos varios siglos atrás. Me sentí un personaje secundario de una película de Robin Hood. Quizás Little John, porque de tanto comer y beber más nos parecíamos al orondo fiel escudero de Robin. Pero en definitiva, era de lo que se trataba... No es cuestión de andar con remilgos con la comida en Zarautz. Es como no querer tiznarte de negro en una mina de carbón.

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