LA AVENTURA DEL DESOVE Y LA ECLOSIÓN DE LAS TORTUGAS MÁS BUSCADAS EN COSTA RICA
Luces rojas en Tortuguero
- Francisco González -
- Día 18/12/2011 - 01:01 h
Serían aproximadamente las diez de la noche, la selva estaba totalmente oscura. Aquí anochece sobre las cinco y media de la tarde y se cena a eso de las seis. Caía una lluvia torrencial sobre el Parque Nacional de Tortuguero en Costa Rica, pero mi mujer, Brigitte, y yo vamos preparados: zapatos de 'trekking', chubasquero y linterna. Muy importante esto último.
Foto: FLICKR / ANDREW CODRINGTON
Las huellas de las tortugas en la arena denotan la carrera por la vida que aquí tiene lugar
LAS CLAVES DEL VIAJE
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El guía nos avisa que la lancha ya había llegado y nos podíamos subir; nos acomodamos, el capitán arranca motores y empezamos a subir el canal en dirección a una de las desembocaduras, hacia el mar Caribe.
| Se nos prohibió alumbrar a las tortugas porque confundirían la linterna con el sol y no irían hacia el agua. No nos atrevíamos ni a abrir la boca. Mejor así. En realidad estábamos de sobra, hurtando su intimidad |
Al principio la verdad que tienes cierta sensación de miedo, lo reconozco, porque ir con una lancha fueraborda por mitad de un río lleno de troncos, caimanes y cocodrilos, hacerlo en mitad de la noche y a bastante velocidad no es que te dé mucha seguridad. A los quince minutos más o menos, el capitán detuvo la lancha. En la orilla nos estaba esperando otra guía del parque, que nos hacía señales con una linterna para indicarnos su posición. Una vez en tierra nos encontrábamos ¡andando en mitad de la selva! en fila india, gracias a que la guía y dos más llevábamos linterna. Inestimable ayuda, pero no suficiente para evitar golpazos con ramas y piedras. Inevitables.
A medida que nos adentramos en la selva, el sonido de la lluvia y de los animales que allí habitan se hace más y más fuertes. Es el sonido de la vida. Algunos de nosotros nos estremecíamos. A lo lejos comenzó a oírse el runrún de las olas. Al fin nos aproximábamos a la playa.
Una vez junto a la orilla el guía nos dio unas ligeras y concretas instrucciones. La primera: no estaba permitido el uso de linternas, sólo ellos podían hacerlo y además serían siempre de color rojo. La segunda: teníamos que esperar a que otro compañero suyo, guarda del parque, nos avisara para poder pasar a la playa. Así que allí nos quedamos esperando, totalmente a oscuras, lloviendo y con sólo una pequeña luz roja muy tenue. Los minutos empiezan a parecerse a horas. Cinco, diez, quince... sobre la media hora por fin viene el otro guarda, comunica la posición a la que nos tenemos que dirigir y nos ponemos en movimiento. Así es la naturaleza, las cosas no se pueden programar. Estamos a su merced y eso acentúa el componente de aventura.
Vamos palpando con las manos y pies todo lo que podemos para no caernos ni chocarnos entre nosotros. En un momento dado, se para la guía y nos alumbra con la luz roja. Contenemos las respiración. Unas huellas en la arena que salían del mar. A mí, a primera vista me pareció la marca de una moto de cuatro ruedas. Problemas de ser de ciudad. Nada que ver. Era la huella de una tortuga marina, para ser exacto de una tortuga verde de en torno a unos 120 centímetros. Nos acercamos a ella. Ya había hecho el agujero en la arena y había empezado a desovar. Mecánicamente echaba unos huevos del tamaño de una pelota de golf. Allí mismo, ante nosotros. Me emocioné.
Acto seguido segregó una especie de baba para proteger los huevos de las hormigas. Obviamente no la podíamos tocar, no podíamos sacar fotos. Y por supuesto tampoco alumbrarla a la cara, ya que se estresarían demasiado y podrían volverse al agua sin terminar de desovar y sin tapar el nido. Por lo cual no nos atrevíamos ni a abrir la boca. Mejor así. En realidad estábamos de sobra, hurtando su intimidad.
Este tipo de tortuga pone unos 120 huevos, de los cuales sólo sobreviven uno o dos. Acto seguido otro guía nos avisa que cerca de allí han empezado a eclosionar los huevos de otro nido que otra tortuga puso ¡hace 60 días! Cuando llegamos había unas 40 tortuguitas de no más de cinco centímetros intentado llegar al mar lo más rápido posible.
El guía nos indico que no podíamos alumbrarlas porque confundirían la linterna con el sol y en vez de ir hacia el agua irían hacia ella. Tampoco podíamos cogerlas y llevarlas al mar porque eran cruciales esos 20 metros que recorren sobre la arena, para que 25 años después puedan reconocer la playa cuando vuelvan a desovar. Quise ser invisible para ellas y recé para que todo fuera bien.
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