CÓMO SALIR DE MARCHA Y NO MORIR EN EL INTENTO

Kioto no está para borracheras

Kioto no casa con la imagen del clásico lugar de movida nocturna y ambiente frenético. La antigua capital imperial se expande hacia adentro, nada de estridencias. Es antigua, en el mejor sentido del término. Me propuse darle una oportunidad a la noche de Kioto a ver qué se cuece. Un grupo de amigos estábamos en el lado del río del templo Yasawa, uno de los más populares de la ciudad, para tratar de sacarle jugo a lo que se pudiera cocer.

Foto: FLICKR / HIADA

Los restaurantes de la zona de Pontocho tienen estos ventanales con vistas al río Kamo

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • N
  • La zona de Gion siempre es un buen lugar para pulsar el ambiente nocturno, sin grandes pretensiones
  • D
  • Kioto no es una ciudad muy cara, la posibilidad de pago con tarjeta está garantizada casi siempre
  • R
  • En la calle Kawaramachi-dori encontrarás algunos de los mejores restaurantes de la ciudad

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Nuestro punto de destino estaba al otro lado del río Kamo, en la calle Pontocho. De camino nos encontramos en la calle Hanamikoji-dori con un pequeño local especializado en sushi. Decidimos entrar. Estábamos fáciles. Una pequeña barra con un total de ocho sillas. Ocupamos casi todas las plazas. Pedimos una jarra de cerveza, perfecta de sabor y heladez, y una pieza de sushi para cada uno. Ante la exquisitez no pudimos resistirnos. Arrancamos a pedir más. La última fue de congrio, estaba increíble, le dimos un merecido aplauso al cocinero. Sin duda el mejor sushi que he probado en mi vida. La noche se ponía de cara.

Todo el mundo estaba excesivamente ebrio. Daba hasta miedo, era inquietante

Seguimos nuestro camino a través de la calle Shijo-dori, la principal vía de Gion, el barrio más tradicional de la ciudad. Los soportales iluminados tenuemente, de la forma como los occidentales imaginamos que es la vida para los nipones, se suceden en una imagen de postal. Estéticamente irreprochable. Como ambiente nocturno deja bastante que desear. En alguno de sus callejones transversales se escuchaba música y fiesta. Decidimos no entretenernos y apostar por un lío mayor.

Por fin llegamos a Pontocho. Más que una calle es un callejón, pero tremendamente largo. Teóricamente es el lugar indicado, todo un emblema en la ciudad. Sus innumerables locales aportan una terraza con vistas al río Kamo. También los dejamos correr. La apuesta era encontrar un movidón en un refugio tan propio para el gozo del espíritu como es Kioto. Tan simple como comprobar que en todos lados cuecen habas.

Apostamos por la que se asegura es la mejor discoteca de la ciudad: 'Sam's Club', en la calle Kiyamachi, paralela a Pontocho. Es una cuarta planta. Subimos por un ascensor y nos encontramos que estaba un poco vacía. Tanta organización para nada. Nos comentó el portero que era pronto y que pasada medianoche se llenaría. Bajamos por el ascensor de vuelta a una Kiyamachi repleta de japoneses borrachos, muchos vomitando en el canal que dividía la calle en dos. El lugar estaba sucio, no sólo por los vómitos, sino porque la gente tiraba bastantes cosas. ¡Hasta alguna bicicleta! Penoso que la gente degrade incluso a Kioto. Si éste es el peaje que hay que pagar para que haya movida nocturna, prefiero que corten la luz cuando anochece.

Nos metimos en un bar cercano que estaba en un sótano y disfrutamos de unas cervezas. La cosa se complicaba, puesto que pedían una entrada de 2.000 yenes para entrar en el 'Sam's Club' y no había ambiente de tirar la casa por la ventana. Si el turismo es mochilero hay que ejercer de tieso.

Me sorprendió el número de peleas que había en la calle. Más que peleas a puñetazos, eran peleas de discusión que nunca concluían en las manos. Sin duda a estos japoneses les sienta muy mal el alcohol. Nos advirtieron que la zona de Pontocho era más para gente joven y la Gion más para adultos. Como tenemos más edad que un bosque, los que vivíamos en el lado de Gion nos fuimos a investigar por allí.

Volvimos a esos callejones donde escuchamos la música anteriormente, pero ya no quedaba nada. Siguiendo el rastro de gente borracha llegamos a un edificio donde ponía "club en la segunda planta". Cuando llegamos allí, la fiesta había terminado. Todo el mundo estaba excesivamente ebrio. Daba hasta miedo. No eras borracheras divertidas, sino inquietantes. Parecían de enfermedad. Nada que rascar por Gion. Nuestra aventura fiestera acabó con un fracaso morrocotudo. A Kioto no le pegan estas cosas.

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