LOS TRANSPORTES DE CAMBOYA DAN TANTO JUEGO...
Pollos y mascarillas por dármela de aventurero
- Chema Rosales -
- Día 04/08/2011 - 09:50 h
Los trayectos en la mayoría de los viajes no dejan de ser meros trámites que hay que pasar. No en Camboya, donde la aventura salta en la mano. Incluso cuando se trata de una ruta manida como la que cubre la distancia entre Phnom Penh y la playa de Sihanoukville. Si la opción es clásico autobús, conviene echar mano a los horarios con un montón de antelación.
Foto: FLICKR / JONAS HANSEL
Cinco niños saludan a la cámara con la alegría típica del pueblo camboyano
LAS CLAVES DEL VIAJE
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Siempre recordaré mi viaje desde la capital de Camboya hasta la playa. La idea original fue ir en autobús pero las opciones son múltiples y variopintas. La posibilidad de alquilar un taxi y encajarse unos pocos dentro, en plan Tetris, está a la orden del día. Lo acostumbrado es arrancar a preguntar precios, momento que aprovechan los taxistas para hacer el agosto; en mi caso pedían el oro y el moro (alto para los precios locales). Tras una ronda de varias negociaciones paralelas optamos por una camioneta repleta de gente local. Muy buen precio: unos cuatro euros por cabeza para un viaje de cinco horas.
| Cuando nos dio por contar... íbamos 18 en la camioneta |
A punto de entrar en la furgoneta, un taxista rompe el mercado y tira la casa por la ventana. Siempre hay que esperar hasta el último minuto para atrapar la mejor oferta... Por sólo un euro más por cabeza nos lleva hasta la playa. Las alternativas generan dudas: ya metidos en harina decidimos no dejar tirados a nuestros hermanos camboyanos y aguantar en la camioneta compartida. De paso saboreamos ese euro ahorrado. Todo cuenta, oiga.
No fuimos conscientes de toda la gente que había metida hasta vernos dentro. Estaba a reventar. Delante había cuatro personas, en la fila del medio seis, en la nuestra los cuatro con todas las maletas y en la cuarta fila otros cuatro más. ¡18 personas! La distancia entre fila y fila no pasaba de la anécdota.
Vaya viajecito: los primeros cien kilómetros, una auténtica penitencia. Además de estar como en una lata de sardinas, los asientos regalaban un hierro saliente en mitad de la espalda. Necesidad urgente de un fisioterapeuta a los primeros 20 kilómetros. Queda claro que hay que estar preparados para este tipo de experiencia si uno desea meterse en la piel de lo cotidiano en el país y en realidad es un acomodado occidental. Es bueno conocer los límites.
La siguiente etapa de esta auténtica prueba de supervivencia fue cuando un niño se montó con un pollo. El animal estaba agonizante. Tenía una mala cara... no le quedaba ni un día de vida. Sin duda otro nuevo integrante de la gripe aviar, pensamos del tirón. El pánico empezó a cundir con las sospechas, no es cuestión de bromear con estas cuestiones. Cuando se pusieron conductor y demás integrantes de la fila de delante las consabidas mascarillas, nos dimos cuenta de que la situación era seria. Con una rápida reacción me puse la gorra en la cara para taparme. Uno de mis amigos escondió su cabeza como una tortuga en su camiseta. Los otros dos viajeros occidentales se taparon con chalecos a modo de mascarilla.
Así estuvimos durante una hora. Hasta que después de una dura negociación de una avezada tripulante, el pollo se fue al maletero. En realidad la gestión no sirvó para mucho, ya que los posibles virus gripales podían estar ya dentro del coche. En total fueron cinco horitas de sufrimiento, tiempo más que suficiente para valorar si merece la pena sentirse aventurero en determinados momentos.
Fue el peor desplazamiento que recuerdo en toda Asia. Hay que añadir que en la parada para comer me decanté unos plátanos a la barbacoa (que lo hacían en un pincho de madera negruzco, ya que lo reutilizan sin ningún problema para el siguiente comensal) y un huevo duro. La cuestión es que no me sentó nada bien esta comida. Lo dicho. Hay que conocer los límites de uno.
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