DE GARITO EN GARITO POR LA CAPITAL CAMBOYANA

Los retretes tienen masaje de premio en Phnom Penh

Phnom Penh, la capital de Camboya, es un destino que no se puede descartar bajo ningún concepto si se anda por el país asiático. La ciudad sintetiza como ninguna la combinación entre espiritualidad, autenticidad y estridencia que se respira en esta esquina del continente. Todo resulta excitante. Para llegar desde la mitificada playa de Sihanoukville, basta con agarrar un autobús público. Si se anda con resaca de la clásica fiesta playera, la cosa puede ser una tortura. 

Foto: FLICKR / PHILIP ROELAND

Dos pequeñas saludan a la cámara a través de una reja de seguridad en una modesta vivienda

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • E
  • La temperatura media anual se va a 26 graditos, luego ropa fresca
  • S
  • La mano de obra infantil y los niños calllejeros generan un foco de posibles problemas
  • A
  • Asiste a un espectáctulo de danza y música jemer para sumergirte en la cultura local

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El trayecto suele amenizarse con su canal karaoke a un volumen difícil de olvidar. Tal fue mi caso. Hicimos una paradita para comer en un puesto de escasa higiene. El tentempié habitual es un huevo duro. Simple y limpio. El que me tocó en suerte estaba casi crudo por dentro. Lo iba a tirar, pero la niña que me lo vendió puso cara de pena, así que le eché un poco de pimienta y para dentro. Pero antes de montarme en el bus no pude resistirme y me compré otro a ver si por casualidad estaba duro de verdad. Para mi desgracia NO, otra vez me lo dio crudo. De nuevo operación pimienta. Hay que tener cuidado con lo que se come en los puestos callejeros: si se va de valiente la factura estomacal puede ser de aúpa.

Lo de los karaokes es un lujo asiático en toda regla... aunque la primera vez da algo de susto

Sea como sea, todo forma parte del viaje. Una vez en la capital toca conocer. Lo primero, el mercado ruso, donde hay una multitud de variedad de ropa, comida, motores, basurilla de la guerra... o sea, lo que viene siendo de todo. Tras caer en alguna compra sin sentido, se agarra un carricoche para torcer el gesto y visitar un campo de exterminio. La historia a veces enseña lecciones terribles.

Durante el gobierno de Pol Pot tuvo lugar en estas cuatro paredes un genocidio de 20.000 intelectuales. Para ahondar en el tema, conviene acudir al tétrico Museo de la Tortura del Genocidio, ubicado en la antigua prisión donde torturaban a los acusados para sacar información antes de matarlos. Lamentablemente Phnom Penh tiene mucho más en esta línea. El taxista se pone serio y recuerda que tiene familiares que no sobrevivieron la dictadura. Todo el mundo en Camboya los tiene...

Tanto dolor concentrado parece que desaparece cuando el Sol no está. La noche de Phnom Penh aporta muchísimo. Para cenar, el Club de Polo es un gran sitio para vivir una experiencia genuina. Todo el mundo va muy elegante, el servicio es buenísimo. El gran detalle es que cuando estás en el baño mientras cambias el agua al canario tienes a un empleado haciéndote un masaje en la espalda... todo un gustazo, un lujo asiático. La primera vez da susto, está claro. Pero luego se acostumbra uno rápido.

El club dispone de un escenario donde sale la gente a cantar karaoke como si fueran auténticos profesionales, muy metidos siempre en el papel. Se estilan auténticas coreografías con cada actuación. ¡Estos camboyanos son increíbles! Las cervezas están a buen precio y el espectáculo está incluido. Poco más se puede pedir. Para continuar la marcha, el lugar indicado tiene nombre propio en Phnom Penh y se llama The Hearth of the Darkness. El ambientazo y el carrusel de auténticos personajes se da por supuesto. La decoración con motivos de la cultura khmer aporta un toque auténtico. Los guadaespaldas son habituales para

Una visita obligada antes de dejar la ciudad, se tengan o no fuerzas, es el Palacio Real y la Pagoda de Plata. Todo el conjunto es sorprendente. La rivalidad con el Palacio Real de Bangkok en Tailandia está a la orden del día.

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