JUGAMOS AL KARAM BOARD EN EL GOLD FORT DE SRI LANKA
Galle se ríe del tsunami
- Carmen Casso -
- Día 04/08/2011 - 09:50 h
Galle no sólo es una localidad con un nombre maravillosamente musical. También es una preciosidad de ciudad situada en el extremo más occidental del sur de Sri Lanka. La historia reciente ha escrito un capítulo horrible y siniestro que parece antediluviano cuando uno se topa con la vitalidad y el colorido de lugar bello en su decrepitud. En sus arrugas.
LAS CLAVES DEL VIAJE
- A
- Pasea por las calles de Gold Fort, una barriada de vías estrechas con poco tráfico
- N
- Toma una copa en el hotel Galle Fort, una mansión holandesa del siglo XVII rehabilitada
- D
- La moneda es la rupia srilankesa (1 euro equivale a unas 124 rupias), y está prohibida su exportación
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| Me invitaron a tomar té. No teníamos reloj ninguno, algo que me pareció un detalle de otra época |
El diciembre de 2004 Galle resultó prácticamente devastada por aquel tristemente famoso tsunami que se llevó por delante miles de vidas humanas y animales. Un puñado de años después parece mentira que eso pasase viendo la sonrisa perennemente instalada en el personal. Casi parece que sonríen por decreto. Pero no, nada es forzado aquí. Aun tras la desgracia se encuentran los motivos para no perder el brillo en los ojos. Quizás basta con querer encontrarlos.
Galle resulta paseable, mucho. Su ambiente es una mezcla perfecta entre su herencia colonial y el sabor del trópico. Todo parece que va despacio. De largo lo más agradable es caminar por el malecón y perderse en las calles de Gold Fort, una barriada de vías estrechas con poco tráfico, lo que se agradece. Esta zona está plagada de tiendas de ropa, antigüedades, artesanías, pequeños restaurantes... algunos establecimientos son un poco trampa para turistas, pero se ven venir desde lejos. Al menos los vendedores no son muy insistentes, lo que es un buen punto. Ganas de comprar chucherías acaban entrando irremisiblemente.
Me las explicaban entre risas y con cero conocimiento de inglés. Da igual, todos aceptaron hacerse un montón de fotos y hasta me invitaron a tomar té. No teníamos reloj ninguno, algo que me pareció un detalle de otra época. Nada que ver con tanta prisa como la que ahora gastamos. Al asomarme a la playa había niños jugando y alguna que otra vaca de paseo...
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