SRI LANKA DA UNA LECCIÓN DE LA RELIGIÓN BIEN ENTENDIDA

El menú de las vacas en el templo de Dondra

La llamada lágrima de la India lo tiene todo. Menos mal que esta verdad como un templo no se encuentra absolutamente extendida, porque si no a más de un viajero de los antiguos se le quitarían las ganas de excursionar a este rincón del sur de Asia en busca de experiencias únicas sin masificación a la vista. En cualquier momento pegará el gran pelotazo. Mientras tanto, regocijémonos.

Foto: FLICKR / PHIL CHAMBERS

Como toda localidad costera que se precie, en Dondra hay un faro a pie de mar

LAS CLAVES DEL VIAJE

  • D
  • No llevar mucha cantidad de dinero, es fácil gastarlo
  • S
  • Atención al cruzar las calles con las motocicletas
  • N
  • Trasnochar en la discoteca más mítica: Apocalypse Now

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En el extremo más al sur de Sri Lanka se encuentra el cabo de Dondra, un punto desde el que es posible la contemplación del Índico como muy poca gente tiene la fortuna de disfrutar. El océano y el cielo tienen aquí más que otro color, otra textura. Todo es más límpido.

Parecen dos equipos de niños que juegan al mismo juego. Los espacios comunes son eso, comunes

Quizás lo suyo sea acercarse al Dondra lighthouse, que no es ni más ni menos que el faro más al sur de la isla. Allá que fui y bien que mereció la pena. La construcción es de evidente herencia británica. Marca tendencia y lo hace con gusto. Es como un monóculo en el rostro de un viejo paisano de raza hindú. Queda bien. Se permite subir a lo más alto del faro. Desde allí, se mire adonde se mire, la cosa resulta fotogénica a más no poder. La vista es brutal. Verde y azul a partes iguales, salpicado por el oro del sol y de la arena de las playas.

El faro aún está en funcionamiento, muestra de que las cosas que se hacen bien no tienen caducidad. A poca distancia está el pueblo, bien chiquito pero agradabilísimo para el paseo. Antiguamente existía un espectacular templo en honor a Vishnú, pero los portugueses lo echaron abajo. Bestias ellos. Hoy día permanecen dos templos literalmente pegados, ambos de diferentes confesiones. Buena muestra de la tolerancia del lugar. Uno es budista y otro hinduista.

La sonrisa de los fieles de ambas doctrinas es igual de amplia y limpia en Dondra. Parecen dos equipos de niños que juegan al mismo juego. Los espacios comunes son eso, comunes. Así da gusto creer en lo que cada uno desee.

Te permiten entrar en ambos templos sin problemas; eso sí, descalzo a pesar de que el suelo tenga una buena capa de suciedad. Es lo que tiene tanta relajación. Resulta tan fácil mimetizarse con el entorno y entender lo sencillo que puede llegar a ser profesar una religión sin incordiar a los demás. Pocos minutos para sentir que se admira el espectáculo siempre cambiante de la gente que va y viene. Lo más llamativo es ver cómo las vacas están a la expectativa para trincar lo que sobra de las ofrendas. Frutas por doquier son devoradas por estos cuadrúpedos. Algunas huelen bastante mal y orinan y defecan donde les pilla y les da la gana.

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