JAPÓN PASA DE SAMURAI AL ROCK AND ROLL
Momento rockabilly en Takayama
- Iban Martín -
- Día 04/08/2011 - 09:50 h
Los shinkansen o trenes balas son una delicia. Japón es accesible de punta a punta a velocidad de vértigo. La vertebración del país a golpe de vía férrea resulta de gran ayuda para el visitante. Sin embargo, estos rápidos y puntualísimos expresos quedan relegados por un rudimentario tren, de aspecto parecido a los de los años 40 cuando se va camino de los Alpes japoneses, concretamente a Takayama.
Foto: FLICKR / LUCA MOGLIA
Una pareja de japoneses pasea agarrada por el pleno centro de Takayama con sus casas de madera
Nos explicaron que no había otra manera de llegar, ya que todo el trayecto era a través de la montaña. Lógicamente los shinkansen no podían acceder. Gran c
LAS CLAVES DEL VIAJE
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ontraste. De todos modos la cosa tenía su gracia. Además de la originalidad del tren en sí mismo me llamaron la atención sus asientos. Cuero negro y reposacabezas con forma de las astas de un ciervo. Estética japonesa cien por cien. Las vistas son maravillosas, por lo que no es un problema hacerse las casi cinco horas de trayecto desde Tokio.
| Nos enseñó una réplica en madera de su moto. Como buena artesanía japonesa, era exacta a la original |
Nada más llegar a Takayama, dejamos las cosas en nuestro templo particular. Digo templo porque el albergue en sí era un templo de monjes en todo lo alto de Takayama. Por supuesto había que quitarse los zapatos y no alzar la voz. Sin lugar a dudas me quedo con este sitio en todo mi viaje a Japón, incluso mejor que los clásicos ryokanes que hay en las grandes ciudades como Kyoto y Tokio. No siempre se tiene la oportunidad de dormir en un templo budista. Y se duerme de miedo, lo aseguro.
Estuvimos recorriendo todo el día este bello paraje enclavado en los Alpes japoneses. Se suceden los puentes espectaculares, las cascadas y las casas tradicionales de antaño. Aún quedan casas samurai en buen estado. A media tarde decidimos hacer una parada y tomar algo. Avituallamiento. Cuál fue nuestra sorpresa cuando entramos en una especie de tasca y surge un verdadero motero japonés ofreciéndonos bebida y comida. El tipo en sí era un enamorado de las motos y la música rock and roll. Iba ataviado de rockabilly de manual y se mostraba todo el tiempo muy extrovertido. Al contrario que la mayoría de los japoneses, tímidos por naturaleza.
Nos enseñó una réplica en madera de su moto. Como buena artesanía japonesa, era exacta a la original. La moto estaba aparcada fuera, totalmente 'tatuada' con forma de serpiente. Las horas fueron pasando como si nada. Con la compañía de nuestros amigos, sake y birra japonesa, pronto fuimos unos cuantos sentados en la barra brindando sin parar y contemplando cómo se transforman los japoneses con un poco de alcohol... Sacan lo mejor de sí mismos e incluso ¡se atreven con el español!
Este momento iba a durar poco. Lo que suele suceder cuando hay felicidad. Nos acordamos de que nuestros monjes nos recalcaron que si llegábamos después de las diez de la noche no nos abrían el templo y nos quedaríamos fuera. Pues dicho y hecho, nos pusimos a correr como verdaderos locos y conseguimos llegar a las 21 horas y 59 minutos a nuestros aposentos... Me recordó a los tiempos en los que salía de fiesta y mis padres me ponían hora para llegar a casa. Nunca está mal recordar momentos de la infancia y más si es en los Alpes japoneses. Fuimos una especie de Cenicienta nipona.
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