LOS ENCANTOS DEL PARQUE DE ETOSHA EN NAMIBIA
El Edén del sur de África
- Chema Rosales -
- Día 04/08/2011 - 09:50 h
En Namibia todo es grande. La inmensidad del horizonte es el gran compañero en los desplazamientos. Después de algunas horas de viaje y una multa por saltarnos un stop pendiente de pago en la mochila, llegamos al Parque Nacional de Etosha, el tercero más importante de África en cuanto a vida salvaje se refiere. Sólo lo supera el Masai Mara keniano y su vecino tanzano, el Serengueti. Era nuestro momento para ver fauna salvaje. Más adelante pagaremos.
LAS CLAVES DEL VIAJE
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En la misma entrada ya nos sorprendimos con una manada de impalas. Un poco más adelante nos quedamos admirados con unas jirafas, más adelante aparecieron más impalas, también gacelas saltarinas. Pinta más que bien. Impresionados con todo, continuamos nuestro camino hacia Namutomi.
| Al ir a dormir teníamos debajo de la tienda unos chacales buscando las sobras de las barbacoas |
Namutomi fue un antiguo fuerte de la guerra entre alemanes y hereros (una etnia local) a principio del siglo XX. Ahora, perdido su carácter militar, el fuerte es una mezcla de complejo turístico de nivel y centro comercial, en el que abundan restaurantes, bares y tiendas.
Contratamos un guía oficial para tener mayores posibilidades de ver animales, aunque ya habíamos visto algunos durante el camino, e incluso una leona en el waterhole del campamento. Además de la multitud de mangostas rodeando las mesas del restaurante casi pidiendo comida a los turistas. Entre la leona y las mangostas nos despistamos, y Colleen, nuestro flamante guía, nos estaba ya esperando para empezar el game, que le llaman.
Etosha está llena de waterholes donde los animales van a beber, de manera que cuando te acercas a esos puntos aumentan las posibilidades de avistamiento. Empezamos a andar viendo multitud de gacelas saltarinas, jirafas, ñus, avestruces, etcétera. Al llegar a un punto de agua nos encontramos con una leona acostada. De repente se levantó y se dirigió a beber agua mientras en el horizonte jirafas, gacelas e impalas permanecían inmóviles mirando al depredador. Parecía como si el tiempo se hubiera parado. La leona terminó de beber y se dirigió para nosotros hasta situarse tan sólo a cinco metros. Pasamos miedo, ya que nuestro vehículo es al aire libre, sin ventanas, sólo tiene un toldo para cubrirnos del sol. Por suerte, la leona siguió su camino, seguida por unos turistas que casi consiguen enfadarla, algo que nunca se debe de hacer. La habilidad cazadora de una leona hace un juego de pocos segundos el llevarse a cualquier persona del coche al otro barrio. Pero, por suerte para ellos, dejaron de molestarla.
Seguimos nuestro camino y nos encontramos una manada de elefantes. Impresionante, qué grandes, qué fuerza, qué energía. Había muchas crías y algunos machos se peleaban entre ellos. Vimos cómo cuando todos se iban dos elefantes rezagados seguían bebiendo agua y vino a buscarlos el líder del grupo, que mediante cabezazos los echó de la charca para seguir el camino junto al grupo.
La jornada no había acabado, pese a lo mucho que ya llevábamos visto y disfrutado. En las siguientes horas seguimos viendo cebras, grandes kudus, otro grandísimo antílope con un cuerpo rallado, emisarios (aves de gran tamaño que prácticamente no se despegan del suelo), orix, chacales, dik dik, etcétera. Y para culminar el día, vimos un leopardo, uno de los animales más esquivos de la sabana. Allí estaba, tranquilamente, bebiendo agua. Increíble. Qué animal más bonito y elegante. Lo seguimos con el coche hasta que se perdió por la maleza.
Había sido un día lleno de novedades y había que relajar la mente con la cena, un buen filete de avestruz para recuperar energía y una post-cena con unos digestivos JB cola en el bar del campamento escuchando las historias de Colleen, nuestro guía. Nos contó que un alemán se fue a hacer fotos por la noche a un grupo de leones que bebían agua del waterhole del campamento y de repente al unísono saltaron la valla de seguridad y sólo dejaron los huesos, las fotos revelaron lo sucedido. Por cierto, que me quedo con el precio de las copas: menos de dos euros y en vaso grande.
Al ir a dormir teníamos debajo de la tienda unos chacales buscando las sobras de las barbacoas. Pero no creo que me quiten el sueño ya que mañana seguiremos de safari, o de game, como lo llaman por aquí. Conviene estar descansado.
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