UN ACERCAMIENTO AL ESPIGADO PAÍS, EL MEJOR EJEMPLO DE LA SONRISA DE ÁFRICA
Gambia como un anuncio de pasta dentífrica
- Andrés Esteban -
- Día 03/02/2012 - 01:01 h
Todo empezó con la idea de hacer una escapada en verano tres amigos y yo. Así que, antes de ponernos a buscar por nuestra cuenta, decidimos pasarnos por una agencia a ver qué nos contaban, y de paso coger ideas para nuestro destino. Para sorpresa nuestra, nos comentaron un bonito y desconocido destino al que no pudimos resistirnos: Gambia. Ensartado dentro de Senegal, este pequeño país (el menor del norte del continente) es la síntesis perfecta de la felicidad. Es la sonrisa al poder.
LAS CLAVES DEL VIAJE
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Una vez en territorio gambiano, el primer día decidimos apuntarnos a una excursión para ir conociendo la zona y perder el miedo a lo desconocido: resultó ser bastante agradable. Nos enseñaron los típicos sitios turísticos, que para nosotros en ese momento eran alucinantes: desde la charca sagrada de cocodrilos hasta la maravillosa fábrica de telas tintadas, pasando por una empresa alemana de licores, un colegio y la multitudinaria capital, Banjul.
| Abdulahi nos llevó al poblado de su hermana, estuvimos con su familia, con su gente, en su mismo entorno. Conocimos a uno de sus sobrinos, que al vernos se asustó porque nunca había visto a un hombre blanco |
Dada la buena experiencia del primer día, volvimos a apuntarnos a otra excursión, dejando un día por medio para disfrutar de la maravillosa playa que se encontraba a la espalda de nuestro hotel. Esta vez estuvimos en un mercado de artesanía e instrumentos, dimos un paseo en barco por el río Gambia (auténtica espina dorsal de su espigada geografía) y visitamos la playa de los pescadores. Yo nunca había visto tanto pescado, ni tantos pescadores juntos. Parecía una coreografía. Gambia vive de la agricultura (debido a la excelente fertilidad de sus tierras), la pesca y el turismo.
Siempre, al volver al hotel, nos encontrábamos un grupo de guías locales que se ofrecían con sus coches todo terreno para mostrarnos las entrañas de su país. Así que, ya por curiosidad o ya por su insistencia, decidimos preguntarles y fue el gran acierto del viaje: ahora empezaba lo bueno. Y ese bueno tenía nombre, nuestro guía: Abdulahi. Un hombre con una tremenda humildad, un buen humor admirable y una tarifa muy económica (por pocos dalasis, la moneda local), todo hay que decirlo. A partir de entonces, los cuatro días restantes no tuvimos que preocuparnos por nada más que por estar a la hora prevista en la puerta del hotel y Abdulahi se ocupó del resto, dejarnos maravillados del interior de su país y de sus gentes.
Nos llevó al poblado de su hermana, estuvimos con su familia, con su gente, en su mismo entorno. Conocimos a uno de sus sobrinos, que al vernos se asustó porque nunca había visto a un hombre blanco. También nos llevó a un complejo turístico en proyecto de construcción, donde trabajaba un amigo suyo, en medio de un paraje natural alucinante. Allí estuvimos comiendo con ellos a los pies de un inmenso árbol. Nos enseñó algunas de las grandes ciudades y pequeños pueblos, que agarrados de su mano se veían de otra manera.
Esto fue lo que me llevé de Gambia, la amabilidad de un hombre, el buen rollo de sus gentes y sus bellos entornos naturales.
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